Incurrimos en un triple anacronismo si hablamos hoy de caudillismo partidista. El caudillismo es un fenómeno rural muy típico del siglo XIX que se extendió hasta Gómez o López Contreras. El término está relacionado con los partidos modernos; después de los años cuarenta del XX, experimentó grandes cambios con la existencia misma de la Copre en los tiempos de Lusinchi, porque fuesen implementadas o no sus recomendaciones, dicha comisión ejerció una poderosa e irresistible influencia en la opinión pública por lo que a nadie, asombrosamente, extraña la analfabetización política e ideológica tan propia del socialismo en este siglo XXI.

Por supuesto que, en ese tiempo, hubo cogollocracia, pero fue combatida desde fuera y dentro de las organizaciones partidistas, pero el país le compró el discurso a los sectores liberales, como si éstos fuera la viva expresión de la democracia y, en lugar de las aspirinas, preferimos un disparo en la cabeza. «Hay que acabar con los partidos» fue la consigna que les extendió a los comunistas la alfombra para acabar con todos, y solamente empoderar al partido unido del gobierno, PSUV. Y todavía hay quienes acusen a las organizaciones políticas de una vulgar cogollocracia, como si el anacronismo estuviese vivito y coleando. Ciertamente hay problemas de democracia interna en todos los partidos democráticos o que proclaman la vida democrática como fórmula de vida. En buena medida se debe al interés de los de siempre de ejercer un control absoluto, sobre todo si hubo beneficiarios netos y directos de los recursos del interinato.

Ahora bien, no podemos olvidar la naturaleza del régimen que hasta constitucionalmente los trata con un eufemismo absurdo, niega todo tipo de recursos del Estado, persigue a sus dirigentes, los infiltra y convierte las elecciones internas en un enorme riesgo personal y una ocasión para profundizar en la judicialización. Aunque hay que aprender del partido desde la perspectiva de Rómulo Betancourt quien no dejaba de celebrar los comicios internos en las peores condiciones, excepto los períodos de una peligrosísima clandestinidad que, no obstante, cuidaba de la conducción institucional de la organización. ¿Que ya está superado el modelo leninista del centralismo democrático? Es verdad, pero la perversión leninista aún se nota en el partido oficialista por excelencia, pero también en sectores de la oposición.

El individualismo ultraliberal tiene sus peligros porque no cree en la organización social y política de la población. La ironía está en que gana una determinada persona unas elecciones y, por muy minoritario que sea su partido, éste cobra un protagonismo y copa todos los espacios a pesar de la inexperiencia y casi desconocimiento de sus dirigentes. Es un modo leninista de manejar las cosas. Un sectarismo sin límites, que lo vivimos y fue cada día incrementándose, con la llegada de Hugo Chávez al poder, con un disfraz de mansa oveja, llevando al sector político y a sus seguidores hacia un sectarismo creciente exponencialmente, llevando hoy en día casi a la extinción el andamiaje político que conocimos.

La principal lección que hoy se plantea es aprender y no repetir los errores que nos llevaron a esta situación, que destruyó el sistema democrático que tanto nos costó construir. Insistir, resistir y persistir son las acciones que nos permitirán llegar al restablecimiento de una línea de mando democrática y participativa, Debemos entender que todos somos necesarios, que cada ciudadano es parte del trabajo y, por tanto, de la reconstrucción del país, que nuestras ideas pueden ser compartidas y adaptadas a cada modelo y pensamiento político, siempre en pro del crecimiento y de la estabilidad del ciudadano quien, en resumidas cuentas, es nuestro principal objetivo.

X,IG:@freddyamarcano


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