Sabemos que, como producto de su visita oficial a Venezuela, la alta comisionada de la ONU para los Derechos Humanos produjo un informe fulminante contra la dictadura. Con datos concretos en la mano, debidamente confirmados por su oficina, Michelle Bachelet no solo cumplió con su obligación de hacer un análisis razonable de la situación, sino también de exigir la terminación de los delitos, las arbitrariedades y las omisiones que habían detectado sus funcionarios después de una investigación meticulosa. A pesar de la trascendencia del documento, nada de la terrible situación se ha remediado.

En realidad ni siquiera se ha remendado. Ha empeorado, si consideramos cómo el régimen no solo no se ha dado por aludido sino que, por si fuera poca su indiferencia, ha descalificado a la alta comisionada mediante conductas que constituyen una sonora burla. La más elocuente fue la apología de la FAES hecha públicamente por el usurpador, después de que la funcionaria solicitara su eliminación por tratarse de un organismo de represión al cual responsabilizó de crímenes atroces. El usurpador ovacionó a la FAES ante las cámaras, para que quedara claro su desprecio del Informe Bachelet.

La desnutrición de los niños de temprana edad, igualmente advertida por la alta comisionada, tampoco ha merecido la atención del régimen usurpador. Cifras recientes que ha suministrado Caritas, y otras expuestas por la embajadora legítima de Venezuela en Suiza sin recibir desmentidos, demuestran la continuación de la calamidad. Maduro no ha movido ni una paja para mitigar el hambre de esos niños,  pese a la envergadura de las denuncias sobre su abandono. Quizá la expresión de uno de los voceros más destacados de la dictadura nos lleve a una explicación de tanta dejación de responsabilidades, de tanto irrespeto hacia el sufrimiento del pueblo y ante las instancias internacionales.

El capitán Pedro Carreño, de todos conocido por sus repetidas apariciones en los medios, dijo lo siguiente: “Bachelet es una pendeja que no sabe nada de Venezuela”. Frase preciosa para el entendimiento de la reacción oficialista, para penetrar hasta sus abismos de indiferencia en torno a los dolores de la sociedad y de burla de valores fundamentales. ¿Qué hemos hecho para merecer este tipo de “gobernantes”?