Era inevitable que recrudecieran nuevamente las protestas en Venezuela. Las profundas y disímiles crisis que afectan al país son sus inequívocos detonantes. Si alguien tiene dudas acerca de las motivaciones subyacentes, sólo tiene que mirar a su entorno más cercano y, de manera desprejuiciada, hasta su propia realidad para dar con los múltiples entuertos y agravios. Una rápida evaluación de éstos últimos nos explicará la magnitud y fuerza de la irrefrenable algarabía.

El día a día de la gente se ha hecho cada vez más irreal, más evanescente. Se come poco; la higiene del baño sólo se cumple uno que otro día y a cuentagotas; el salario apenas alcanza para cubrir muy pocas de las múltiples necesidades; el suministro de gas ha desaparecido en muchos pueblos y ciudades del país, obligando a la población a utilizar la poca leña que se consigue o desechos de madera en mal estado; los servicios de luz y agua son hoy peores a los que había hacia mediados del siglo pasado, y el sistema de salud experimenta restricciones sofocantes que imposibilitan su propósito fundamental.

Junto con lo anterior, las molestias individuales se allegan de una y mil maneras; más tarde ellas se hacen grupales y terminan constituyéndose en masa popular: gran conjunto de gente que por su número puede influir en la marcha de los acontecimientos. Es en esa fase que nacen las acciones de calle de los grupos protestantes y, en paralelo, las actuaciones represivas de los diferentes organismos de policía y seguridad del Estado, acompañadas casi siempre de turbas revolucionarias armadas. Inevitablemente las protestas se avivan, expandiéndose progresivamente y con particular obstinación por todo el territorio nacional. En su edición del pasado martes 29 de septiembre, este medio de comunicación informó que el día anterior, ante el colapso de los servicios públicos, se habían registrado 76 protestas en 19 estados del país.

La situación no es todavía crítica, pero está a pasos de serlo. ¿Qué ocurre cuándo se da ese infausto movimiento? En su obra maestra Masa y poder, el ensayista, novelista y dramaturgo Elías Canetti (1905-1994), premio Nobel de Literatura de 1981, quien tardó veinticinco años en escribir ese libro, hace señalamientos muy reveladores:

“Nada teme más el hombre que ser tocado por lo desconocido (…) Sólo inmerso en la masa puede el hombre redimirse de este temor al contacto (…) De pronto, todo acontece como dentro de un cuerpo (…) Se piensa que el movimiento de unos contagia a otros, pero no es sólo eso, falta algo más: tienen una meta (…) la meta pasa a ser (…) el lugar donde hay más gente reunida (…) El acontecimiento más importante que se desarrolla en el interior de la masa es la descarga (…) Se trata del instante en que todos los que pertenecen a ella quedan despojados de sus diferencias y se sienten como iguales (…) Preferiblemente la masa destruye casas y cosas (…) La destrucción de imágenes que representan algo es la destrucción de una jerarquía que ya no se reconoce”.

Después de esas pocas líneas transcritas quedan 490 páginas por leer, todas demostrativas, bien documentadas. Ya en la última de ellas, Canetti escribe:

“El poder es mayor, pero también es más fugaz que nunca (…) Quien ha trepado demasiado rápidamente a la cumbre, o quien ha logrado de otra manera apropiarse del mando supremo sobre tal sistema, por la naturaleza de su posición vive agobiado por el miedo de mandar y debe intentar librarse de él (…) Esté o no realmente amenazado por enemigos, siempre se sentirá amenazado. La amenaza más peligrosa proviene de su propia gente (…) Para su liberación del miedo de mandar es necesario que también mueran muchos de quienes combaten por él (…) Pero antes de que la catástrofe lo alcance a él mismo, conduce a la perdición de innumerables otros”.

Las consecuencias del ya largo proceso de desgaste se hacen ineluctables. El dictador vive hoy en un palacio con pilares endebles. Ahí pasa las noches en vela, fagocitando preocupaciones y pidiendo a sus huidizos protectores una pequeña extensión de su estadía ya vencida. Pero no hay vuelta a la hoja del destino: el día de la liberación llegará más temprano que tarde. ¡Prepárate Nicolás!

@EddyReyesT


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