Cuando Donald Trump ganó la presidencia hace tres años, circuló por las redes sociales una foto de un sonriente Hugo Chávez disuelta entre las cejas y cabellera de Trump, con la leyenda “¡Volví! ¡Saludos desde Guáchinton!”. El jocoso mensaje era claro respecto a las similitudes del estilo de liderazgo de ambos, el del populista autoritario.

El parecido no deja de impresionar a quien haya vivido la experiencia del chavismo en Venezuela y ahora la del trumpismo en Estados Unidos. Aunque el contexto y los escenarios no sean exactamente iguales, el trasfondo de por qué ambos líderes llegaron allí es bastante parecido.

Al momento de la elección de Donald Trump como presidente, todas las encuestas revelaban un enorme descontento sobre cómo se hacían las cosas en Washington, con una inequidad creciente y una clase media –especialmente la clase trabajadora de raza blanca– que perdía privilegios (pensiones o montos insuficientes de jubilaciones, más limitado acceso a los servicios de salud, desplazamiento de empleos por causa de la automatización, la robotización y en alguna medida, los acuerdos de libre comercio, etc.). El nivel de descontento hacia los políticos era parecido en Venezuela con la llegada de Chávez al poder. Quizás mayor. La gente manifestaba hastío por el desempeño de los partidos tradicionales en el gobierno, a lo cual se añadió una campaña de medios de comunicación muy influyentes contra los partidos y sus dirigentes.

En Estados Unidos, antes de Trump, la masa descontenta había cifrado sus esperanzas en una alternativa aparentemente nueva y diferente, al escoger a Barack Obama como presidente, quien, efectivamente, hizo crecer la economía en forma sostenida, a pesar de haberla recibido en recesión, y promovió e hizo aprobar una reforma del sistema de salud, con la ampliación de la cobertura pública de los seguros médicos, que benefició a 24 millones de ciudadanos, de los 300 millones de habitantes del país. No obstante, el descontento prevaleció, girando hacia la izquierda –con ofertas más radicales y menos reformistas entre los demócratas–, y hacia la derecha –con un Trump más xenófobo, racista, aislacionista y fundamentalista–.

En Venezuela, antes de Chávez, se pasó primero por Rafael Caldera, quien a pesar de ser uno de los pilares del puntofijismo dominante del escenario político venezolano por más de 40 años, resurgió renovado por el impulso del “chiripero”, un conjunto de fuerzas de centroizquierda sin presencia previa en el Palacio de Miraflores, que lo ayudaron en su recorrido por el país y a ser electo presidente por segunda vez. Como Obama en Estados Unidos, Caldera asumió la presidencia en medio de una crisis financiera que había comenzado en el período de gobierno anterior, que hizo que en su primer año de ejercicio se destinara el equivalente a 12% del producto nacional bruto a asistir a las instituciones bancarias. Caldera logró, en el promedio de sus cinco años, equilibrar la economía, pero ello no pareció suficiente para calmar los ímpetus de cambio radical de liderazgo que demandaba el país.

En ambos casos, las reformas puestas en práctica no satisficieron a la mayoría, que sintió que había que hacer más. El terreno estaba abonado para el nuevo mesías de Sabaneta, en Venezuela, y luego para la esperanza blanca norteamericana, en Estados Unidos. Uno y otro demostraron una inmensa capacidad para comunicarse con “el pueblo” a redimir frente a “la burguesía” enemiga aliada al imperialismo, en un caso, y contra el “deep state” que controla el país desde los pantanos de Washington, en el otro. Trump prometió drenar ese pantano.

El modo y forma de comunicación fue desconcertante, en el caso de Chávez, y lo sigue siendo en el de Trump. En ambos, no hay ahorro en adjetivos insultantes a los adversarios ni en el ataque directo a los medios de comunicación.

Ni medios ni políticos supieron ajustarse a las arremetidas de Chávez y su apoyo popular. El reporterismo objetivo se tornó militante ante los crecientes ataques de Chávez a la prensa. El comandante no era un político tradicional temeroso de la crítica de los medios. Los atacó con fiereza, y con todas las herramientas del poder del Estado, los fue arrinconando hasta lograr su marginalización. Hasta su muerte, la dirigencia política, con sus excepciones, fue tímida al enfrentar argumentalmente al presidente. A mano alzada, la oposición aprobó su salida hacia Cuba para su tratamiento del cáncer que finalmente lo mató y después se lamentaba por los decretos que supuestamente firmaba desde La Habana, el nuevo asiento capital de la república. La dirigencia democrática evitaba a toda costa pasar por Washington en sus giras al exterior, por temor a que se les acusara de estar en conchupancia con el imperialismo. Cuba sí, yanquis no.

Los medios norteamericanos tampoco tuvieron claro desde un principio cómo afrontar a un político como Trump. Sus excentricidades fueron vistas como noticias que aumentaban el rating y los beneficios económicos. Trump tuvo mucho más exposición gratuita en los medios que sus contendores republicanos y que Hillary Clinton durante su campaña electoral. Además, era consciente de que era noticia y alimentaba esa sensación. Llamaba por teléfono a los programas dominicales nacionales de opinión, y le atendían la llamada sin haber sido invitado previamente. Hoy califica a la prensa independiente como “enemiga del pueblo”. La misma que dedicó interminables horas y kilómetros de espacio escrito al tema de los famosos correos electrónicos de Hillary Clinton, uno de varios factores que contribuyeron a que la demócrata perdiera la elección, sobre los cuales finalmente no se comprobó que hubiera cometido delito.

Una vez en la presidencia, Trump se ha dedicado a reproducir lo que en Venezuela se llamaba con Chávez los “trapos rojos”, para desviar con alguna declaración escandalosa las tendencias negativas de noticias que no le favorecen en la opinión pública. A sus opositores demócratas les ha costado acorralarlo políticamente. Aunque no por falta de esfuerzo. Por un lado, los medios siguen mostrando la tendencia a darle crédito noticioso a las provocaciones escandalosas del presidente, desviando la discusión sobre temas sustantivos. Por el otro, las informaciones que por tradición constitucional y por ley solicitan los demócratas desde el Congreso sobre las acciones del Ejecutivo casi nunca obtienen respuesta, poniendo a prueba los controles y equilibrios entre los poderes establecidos en la Constitución.

Como Chávez, Trump estira la cuerda de la legalidad institucional hasta donde se lo permiten amigos y adversarios. Durante la investigación especial que se le abrió desde los primeros días de su presidencia, se comprobó que había violado la ley electoral mediante el pago de su silencio a dos mujeres que alegaban haber tenido encuentros sexuales con el entonces candidato. El abogado personal de Trump, Michael Cohen, está preso por tal circunstancia. El nombre del presidente ni siquiera fue mencionado en el juicio porque según una resolución del Departamento de Justicia, ningún presidente puede ser juzgado mientras esté en ejercicio de la primera magistratura. La misma resolución sirvió de base para que el fiscal especial designado para investigar la injerencia rusa en las elecciones de 2016 decidiera no acusar penalmente al presidente por obstrucción de la justicia y dejarle la tarea al Congreso. Trump había cometido durante el proceso indagatorio diversos actos interpretados por demócratas y expertos independientes como de obstrucción o intento de obstrucción de la investigación, independientemente de que al final no se comprobó ninguna vinculación entre el equipo de campaña de Trump y Rusia en las elecciones.

Los cerros que nunca bajaron con Chávez, sino para respaldarlo, son para Trump la población rural, blanca y sin educación universitaria que todavía le da una base de respaldo de alrededor de 40%. La mayoría de los votantes republicanos también lo prefiere, lo cual crea temores entre los parlamentarios de ese partido en contrariar al presidente, quien no duda en identificar a sus críticos como traidores a su causa. Esto es de gran significación en el proceso de destitución al presidente iniciado en la Cámara Baja, con mayoría demócrata, debido a que es el Senado quien enjuicia al presidente después de las acusaciones aprobadas por la Cámara de Representantes. Y el Senado está compuesto mayoritariamente por esos republicanos temerosos de salir destronados de sus actuales posiciones por la voracidad de ataques que sufrirían por parte de Trump.

Como Chávez, Trump ha intentado politizar todas las instituciones del Estado norteamericano. Desde que llegó a la presidencia, quiso desprestigiar a los organismos de inteligencia, que unánimemente coincidieron en que los rusos habían intervenido en su favor en la campaña electoral. El presidente no tiene empacho en polemizar públicamente con sus adversarios políticos en eventos o frente a audiencias militares o policiales.

El Partido Republicano está contento con Trump porque hizo una reforma tributaria que le rebaja sustancialmente los impuestos a los más ricos –él entre ellos– y porque ha cubierto numerosas vacantes de jueces federales con nominados conservadores ratificados en el Senado por la mayoría de ese partido.

Las instituciones las hacen los hombres, y por ende, estas hacen a los países. A pesar del ingenio de los creadores de la experiencia democrática norteamericana, la cesión de los valores que la sustentan puede poner el experimento en peligro, aun después de más de 200 años de vigencia. Nadie se imaginó hace 10 o 15 años que el chavismo llevaría a Venezuela adonde está hoy. Y qué difícil está siendo rescatarla.

@LaresFermin