Víctor Paz Estenssoro (izq.) y Jeffrey Sachs / Fotos Archivo

El desempeño de la idea liberal en nuestra América en el último medio siglo serviría de tema para un seminario vía Zoom, de esos en los que el moderador trabaja para un think tank en Ann Arbor, Michigan, y los ponentes, acreditados intelectuales latinoamericanos,  algunos de ellos académicos de mucha valía, hablan desde Monterrey, Buenos Aires, Sao Paolo, Medellín y Santiago de Chile. Tal vez ya hayan hecho el “webinario” (¡qué palabra tan soez!) y yo ni me he enterado.

Por “idea liberal” entiendo muchísimo más de lo que  suele enumerar el encomio que hace el Financial Times del candidato favorito de la comunidad empresarial en cualquiera de nuestros países, ese que ostenta un máster de la Pompeu Fabra, trabajó seis años en el BID y habla idiomatic English de la Nueva Inglaterra.

Desde que, a fines del siglo pasado, las reformas impulsadas por el llamado “consenso de Washington” infundieron  a los mandarines de la región nociones de álgebra lineal y de hoja Excel encaminadas a abatir la pobreza, hemos visto ya a unos cuantos políticos populistas dejarse aconsejar y convertirse a la fe de las privatizaciones y los equilibrios fiscales. Con resultados a menudo tan catastróficos que han dado muy mala prensa a la palabra “liberal”. “Libertario” les suena mejor a los asesores en comunicación.

Entre las fábulas que los años han ido acumulando en mi cabeza para explicarme por qué nos va a todos tan mal al sur del Río Grande hay una que narra cómo un brillante economista de mi generación, desembarazado ya de todos los marxismos y sabedor de los arcanos de la economía de mercado y el Estado pequeño, captó la atención de un político populista ganoso de un segundo mandato. Para ello le contó al político la historia de Jeffrey Sachs y Víctor Paz Estenssoro.

Sachs & Estenssoro, ¿qué tal?; suena a ropa de marca, a bufete de consultores bursátiles.

Víctor Paz Estenssoro fue un político boliviano como ya no los hacen: combatió como artillero en la mortífera Guerra del Chaco, en los años treinta. Fue condecorado, descolló políticamente en la izquierda, fundó un gran partido de masas y lideró una verdadera revolución social.

En sus 94 años de vida alcanzó a ser cuatro veces, aunque no consecutivas, presidente constitucional de su país. En el curso  de ellas introdujo una reforma agraria —“tierras al indio, minas al Estado”—  creó una poderosa central obrera y nacionalizó la minería y el gas. Fue también implacable con sus adversarios.

Cuando tomó turno al bate por cuarta vez, el país estaba ya para el desguace:  la inflación superaba el 20.000 por ciento  y los precios mundiales del estaño, la secular riqueza boliviana, se habían desplomado.

Su contendor era un hombre de negocios criado en Estados Unidos y que hablaba mal el español: se llamaba Gonzalo Sánchez de Lozada y lo apodaron Goni. Frente al carisma y el prestigio del padre de la revolución social, Goni era una hojuela de maíz Kellogg’s bajo la lluvia. Para colmo, propugnaba un programa de electrocución macroeconómica del tipo FMI. Y tenía como asesor a Jeffrey Sachs, eximio economista, apóstol del desarrollo sostenible.

La leyenda cuenta que Carlos Andrés Pérez,  el hombre que nacionalizó la industria petrolera venezolana en 1976, quiso hacerse elegir por segunda vez en 1998 y que solía hacer llamar a deshoras al renombrado joven economista. Llevado a su presencia, el presidente Pérez le decía: “Todas las encuestas me dan ganador, pero no puedo dormir. Cuéntame otra vez el cuento de  la hiperinflación”.

“En 1919, Austria  atravesaba una gran crisis que…”, comenzaba a narrar el áulico. “No, no, eso ya lo sé—atajaba Pérez—; cuéntame la parte en que Paz Estenssoro gana las elecciones en Bolivia y le roba el programa de ajustes a su adversario. Me gusta como lo  cuentas”.

En efecto, Paz Estenssoro ganó las elecciones en 1985 y de inmediato adoptó las medidas que Goni propugnaba, a contravía de su plataforma de campaña y en contra de todo por lo que había luchado durante medio siglo.

Contrató a Sachs como consejero mayor.  Luego despidió a 23.000 mineros y dejó flotar el dólar. «Bolivia se nos muere: esta dureza es necesaria”, dijo por televisión. La inflación fue abatida, en efecto, y el modelo económico no le estalló en las manos. Más bien fue preservado por los gobiernos que le siguieron.

Como hipótesis de un trabajo doctoral quizá no valga mucho esta bagatela del economista y el antiguo populista, candidato insomne, pero lo cierto es que durante aquella campaña electoral el futuro planificador no dejaba de contar, en cuanta entrevista concedía, la  historia de Sachs y Estenssoro que Pérez encontraba tan edificante y digna de emular.

“Si Paz Estenssoro pudo aplicar un plan de reformas, yo también puedo”, dicen que llegó a decir. Munido de su petrocarisma y la engañosa promesa tácita de entregar una nueva Venezuela Saudita, Pérez ganó las elecciones y emprendió un enérgico y desmañado plan de reformas de lo más consenso de Washington. El joven economista fue su Sachs. Veintidós días más tarde, ardió Caracas. Pérez no pudo terminar su segundo mandato.

En una sola vida, Pérez quiso ser petropopulista mayor y prototipo de reformista partidario del mercado. Pero no todo el mundo tiene el ars de un Paz Estenssoro.

“Una felicidad es toda la felicidad; pretender dos es como si ninguna existiese”, dice el Diablo en La historia del soldado de Igor Stravisnki, con palabras del poeta Charles Ramuz.

 


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