A pesar del confinamiento al que nos ha sometido la pandemia del covid-19, el fallecimiento de Ruth Bader Ginsburg, juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos, no ha cesado de reunir pequeñas multitudes que desean rendirle un último homenaje a quien, desde esa tribuna, por lo menos en lo que va del siglo XXI, fuera la voz más firme en defensa de las libertades civiles. Precisamente por eso, he observado con sorpresa el consenso que, en una nación tradicionalmente dividida en muchos aspectos, ha habido en el reconocimiento encomiable de sus principios, de su labor y de sus logros. Difícilmente ha habido obituarios más elogiosos que los que, sin caer en la lisonja, en estos días se han escrito sobre ella. Cuesta entender cómo una mujer que no estaba dedicada a la política, al arte o a la literatura, con un trabajo realizado principalmente en la soledad de su despacho, podía generar grandes pasiones.

Aunque era una mujer de apariencia frágil, que escasamente superaba el metro y medio de estatura, supo defender con entereza los elevados valores en que creía. En un tribunal marcadamente conservador, estando casi siempre en minoría, se caracterizó por la coherencia de sus votos disidentes que, con el tiempo, se convirtieron en leyes, o en las opiniones de la mayoría de la Corte. Su compromiso con la igualdad de género, el derecho a un igual salario por igual trabajo, el derecho de las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo, los derechos de los migrantes, los derechos humanos, o la preservación de las leyes electorales, sin cambios imprevistos de las mismas, a fin de garantizar el derecho a votar en condiciones justas y equitativas, son parte del legado invaluable que nos deja. Su defensa de la libertad en todas las dimensiones, así como su compromiso con el debido proceso y el derecho a la integridad personal, son parte de ese legado.

No pedía privilegios para las mujeres, sino que les dieran las mismas oportunidades que a los hombres. Expandió el significado de la igualdad en la letra de la Constitución, haciendo de ella un concepto vivo, en permanente revisión, para brindar la misma protección a todos los miembros de la sociedad.

Su silla no quedará vacía por mucho tiempo, pues el actual presidente de los Estados Unidos de América desea llenar rápidamente esa vacante, asegurando una holgada mayoría conservadora en el más alto Tribunal de ese país. Lo que no se podrá sustituir es el lugar que, desde hace años, ella ocupaba en el corazón de los hombres y mujeres que se sintieron tocados por su espada de la justicia y por su sentido de la dignidad. En una sociedad globalizada, en que las ideas son lo primero que se cuela por las fronteras de los Estados, gracias a ella tenemos una sociedad mejor o, en el caso de los venezolanos, tenemos marcado el horizonte al que queremos llegar.

No es la primera vez que se recuerda con respeto a alguno de los jueces de la Corte Suprema de los Estados Unidos, que es, en esencia, un tribunal constitucional, encargado de velar por la separación de poderes, el Estado de Derecho, y el respeto de los derechos civiles consagrados en la Constitución. Ruth Ginsburg quería ser recordada como alguien que utilizó su talento para hacer su trabajo de la mejor manera posible, y para ayudar a cicatrizar las heridas de la sociedad. No será difícil recordarla con respeto y aprecio. Lo extraño es que, en nuestro propio país, teniendo al lado una Sala Constitucional, no seamos capaces de recordar el nombre de ninguno de sus integrantes, porque no vale la pena recordarlos, o porque, de hacerlo, es para compararlos con figuras mezquinas e insignificantes, incapaces de aportar nada bueno a la sociedad.


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