Profundas diferencias suscitadas entre China y Estados Unidos en los meses que precedieron al episodio del COVID-19 han provocado la percepción generalizada de que una guerra comercial sin precedentes se desataría entre los dos grandes puntales de la economía mundial. Esto se ha reforzado, sin duda, luego del inédito episodio de la crisis sanitaria global y el rol central que la nación asiática ha tenido en ella.

Esta rivalidad subyacente reforzada por la creencia en los círculos de poder en Washington de que el protagonismo de China no ha sido producto de la casualidad, y que su responsabilidad  ha sido agravada por la equivocada política de desinformación que se instrumentó en Pekín, han destapado múltiples tesis acerca de la posibilidad de una severa fractura en la relación comercial entre ambos países, de un desacoplamiento de los dos gigantes , hasta de una crisis global de la que surgiría un nuevo orden formal en las relaciones económicas y comerciales planetarias.

Para el público desinformado es evidente que las estridencias del discurso anti-China de Donald-Trump alimentan todo tipo de desencuentros. Por su lado, la personalidad férrea del líder chino Xi Jinping, unida a sus ansias de eternizarse en el poder, no son  signos de que esté dispuesto a hacer concesiones en favor de Estados Unidos,  ni mucho menos a  reconocer ante sus 1.400 millones de súbditos que su manejo oficial de la pandemia ha sido equivocado.

Ocurre que la interdependencia entre los dos titanes planetarios es tal que uno y otro se ven constreñidos a mantenerse como un matrimonio desavenido pero, al mismo tiempo, interesado. Esto suena a una sobresimplificación del desencuentro, pero tanto China como Estados Unidos saben el precio que deberían pagar si las diferencias se ahondan hasta el punto de generar una crisis, de la cual salir será una tarea ciclópea.

El caso es que, en efecto, cada una de las dos economías es sensible a los avances, o a las distorsiones que se generan en la otra. China ha estado creciendo en lo económico a una velocidad sideral en los últimos veinte años y ello ha ocurrido parcialmente a costa de la primacía americana en la escena global. Pero no es menos cierto que esta gravitación en los asuntos mundiales es altamente dependiente de las compras externas –particularmente norteamericanas–, del aporte de insumos externos provenientes de una miríada de mercados con importante influencia gringa, de la presencia de las inversiones transnacionales dentro de su frontera  –muchas originarias de Estados Unidos– y de la estabilidad de su moneda que se manipula a voluntad para beneficio de Pekín. Otros aspectos pueden resultar irritantes para ambos lados, como son los que tienen que ver con el respeto ajeno de los avances tecnológicos y de las telecomunicaciones. Estos son cruciales para ambos lados de la ecuación, pero su resolución solo se hará por la vía de la negociación franca y dentro del respeto de la normativa internacional en materia de derechos intelectuales.

El caso es que el desacomodo de la economía mundial, lo que será el corolario de esta pandemia, es una realidad insoslayable para países grandes y pequeños. Los dos grandes titanes deberán poner todo su empeño en acomodarse a esta realidad. No es perjudicando los intereses fundamentales de su más importante cercano socio que se salvaguardan los objetivos propios.


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