¡Hasta con el trámite de pasaportes roban! Esa es la exclamación que retumba en todas partes del mundo, donde se habla de la tragedia venezolana. Y no hay razones para desvirtuar esa sentencia a flor de labios, que salen de las palabras con que enjuician al malandraje que asalta, roba, trafica y negocia el destino de más de 30 millones de personas y arriesga la estabilidad y seguridad de todo un continente.

La OFAC (Oficina de Control de Activos Extranjeros) adoptó sanciones contra unos personajillos que se embanderaron con los pendones de la falsa revolución, para usar esos trapos como licencia para robar, «en donde los pongan». El dúo Dugarte-Vizcaino estableció una red dedicada a tramitar pasaportes y todo tipo de documento de identidad, para el que solicitara, mediante pago extraordinario “por los servicios prestados”. Una millonada tenían que cancelar las víctimas por conseguir ese añorado pasaporte. Pero hasta ahí no llega la cosa, en esas dependencias se dotaban de documentos a individuos relacionados con el entramado terrorista que azota al mundo y que encontraron en Venezuela esa madriguera que los mantiene a salvo de los organismos policiales que los persiguen.

Del Saime pasamos a otro relato que tiene que ver esta vez con gasolina. Tenemos el caso, por ejemplo, que en los más de 100 kilómetros que separan a Maracaibo del eje fronterizo con rumbo a Colombia se colocan las llamadas “mariposas”, que no son sino los contrabandistas que ofrecen la gasolina a precios astronómicamente superiores a los costos con que se elabora ese combustible en Venezuela. Diariamente en nuestro país la ciudadanía que trata de surtir sus vehículos tiene que padecer colas endemoniadas. La situación es de tal magnitud que las mafias que “gobiernan” el estado Zulia ahora anuncian el infeliz plan de vender la gasolina según el número de la placa de la unidad. Las caravanas de vehículos lucen interminables, son colas maratónicas, mientras los camiones cisternas van cruzando la frontera con el cargamento del líquido que llevan años negociando, especialmente militares aliados con bandas civiles, en perjuicio de los venezolanos decentes.

Toca el turno al sensible tema de la comida. Están aún frescas en la memoria de los venezolanos las imágenes de esos centenares de contenedores repletos de alimentos podridos abandonados en los patios de varios puertos del país. Aquello fue, sencillamente, un episodio que resumía la capacidad de estos mafiosos para hacer negocios inescrupulosos, sin reparar en las consecuencias de sus andanzas. Ese malandraje se las arregló para comprar con dólares preferenciales, comida con sobreprecio, con base en facturaciones alteradas y en la mayoría de las transacciones se adquirían miles de toneladas de comida que estaban al borde de su vencimiento. O sea, ¡ni para animales eran aptos esos alimentos! Lo cierto es que el propósito era acumular ganancias en cuantías inimaginables, sin reparar que lo que se comprara estuviera bueno o si esa comida llegase a la mesa de las familias que pasan hambre, en el país de las cosas más absurdas, como esta que recordamos.

A esa película terrorífica se agregó el capítulo, no menos espeluznante, de la historia de los robos en los mercales, en los abastos Bicentenario y más recientemente con las cajitas CLAP. “Los chicos revolucionarios” se las ingeniaron para comprar alimentos en México, su plaza preferida, así fraguaron negociaciones que les depararon dividendos fabulosos que usan para pagar coimas “a diestra y siniestra”.

Pasemos revista a los negociados con las medicinas y con los equipos hospitalarios que se han debido adquirir, pero que no se compraron, porque sencillamente los fondos previstos para tales fines fueron a parar a las cuentas bancarias de los agentes revolucionarios, que ahora se dan la gran vida con esos recursos, mientras en Venezuela mueren a diario decenas de personas, entre ellas niños por falta de medicamentos o porque no hay servicios operativos con tomógrafos, insulinas, diálisis o quimioterapias. Todo ese drama es a causa de que ese malandraje se robó los dineros presupuestados para que nuestros centros de salud lucieran bien equipados.

Últimamente se trafica, pero con oro. La comida que “se paga a precio de oro” en territorio venezolano dio muchas ganancias y sigue ocasionándola para sus operadores. No obstante, es evidente que el tráfico con este metal precioso es muy rendidor, sobre todo cuando se les dan permisos a las bandas de garimpeiros para que perpetren los crímenes ecológicos que consumen en la Guayana venezolana. Se da el caso de bandas que trafican oro que pasan por Roraima, más de 1.200 kilos, con unas ganancias que superan fácil los 50 millones de dólares. Eso es apenas el sencillo, lo grueso del oro sale directo a Turquía y de allí hacia otros mercados que se benefician con la desgracia venezolana.

¡Así se roba en Venezuela!