En este artículo quiero mencionar dos relatos cortos cuyas trama gira alrededor de una piedra. En el orden en que los leí aparece primero el cuento del japonés Haruki Murakami titulado «La piedra en forma de riñón que se desplaza día tras día». Es el penúltimo de los 24 cuentos que agrupó en un libro con el título Sauce ciego mujer dormida, publicado en 2008 por Tusquet Editores, México, con prólogo del propio Murakami y que yo vine a leer hacia finales del año 2013.

En el mencionado cuento, un joven con aspiraciones a escritor, conoce a una mujer en una fiesta e inmediatamente queda fascinado con ella. La mujer le esconde su profesión y propone al joven que la descubra. La mujer inspira a nuestro escritor a terminar una obra sobre otra mujer que es, de algún modo, perseguida por una piedra con forma de riñón. En el cuento, la mujer fascinante desaparece de la vida del joven escritor sin que este pueda jamás localizarla. Por mera casualidad y luego de un corto tiempo y mientras escucha en la radio de un taxi una entrevista que le realizan, descubre que la profesión de la mujer es de limpiacristales en rascacielos. Por su parte, en la obra que escribe el joven protagonista del cuento, la piedra con forma de riñón también desaparece.

Seis años después de leer el mencionado cuento de Murakami encontré un relato corto de la norteamericana Louise Erdrich, titulado The stone (La piedra), publicado en The New Yorker el pasado 9 de septiembre

(https://www.newyorker.com/magazine/2019/09/09/the-stone).

Para entender el entorno de este cuento hay que saber que Louise Erdrich es una reconocida autora si bien norteamericana, con sangre nativa (aunque en el tránsito hacia nuestros antepasados, todos tenemos sangre aborigen pero no necesariamente de la misma geografía) que ha llegado a ser finalista en los Pulitzer y receptora de varios premios literarios. También es miembro de la Turtle Mountain Band of Chippewa Indians, una tribu de Anishinaabe, conglomerado del noreste de Norteamérica, reconocida federalmente y también conocida como Ojibwe y Chippewa. Pues resulta ser que en el idioma ojibwe, los nombres (sustantivos) son animados o inanimados y la palabra para piedra, asin, es animada. En palabras más llanas, en dicho lenguaje las piedras tienen vida.

El relato de Erdrich versa sobre encontrar sosiego en una entidad que no es humana. En una entrevista que le hacen allí mismo en The New Yorker afirma que una piedra puede convertirse en algo familiar relacionado con circunstancias propias e íntimas. Al final entre la mujer del cuento y la piedra se establece una relación cuya manifestación es ritualística, por decir lo menos. Concluye Erdrich: todos realizamos pequeños y extraños rituales que no entendemos.

Ahora bien, en un artículo publicado el 25 de septiembre de 2017, en la revista digital Psichology Today titulado «The Anxiety-Busting Properties of Ritual» (Las propiedades destructoras de ansiedad del ritual), Nick Hobson PhD en Psicología, nos explica la razón por la cual las acciones «ritualizadas» constituyen un ansiolítico natural.

En general, se acepta en la investigación en neurociencia que el trabajo principal del cerebro es hacer predicciones sobre el futuro y orientar el comportamiento de acuerdo con esas predicciones (a favor de esta teoría puedo citar uno de mis trabajos favoritos, el de Daniel Gilbert, sobre pronóstico afectivo, en su libro titulado Stumbling on Happiness, publicado en el año 2006). Un cerebro que puede predecir hace que un humano se sienta seguro y feliz. Un cerebro que no puede predecir hace que un humano se sienta amenazado y ansioso.

Los rituales parecen ser particularmente buenos a este respecto. Los especialistas han sabido por mucho tiempo sobre las propiedades ansiolíticas de los rituales: traen orden y estructura a un mundo inherentemente desordenado y caótico. Los rituales son un escudo efectivo que nos protege del ataque de eventos inciertos.

La certeza que los rituales crean a través de su estructura básica se fortalece con el tiempo. Cuanto más los repetimos, más significativos se vuelven, tanto para nosotros como para otros con quienes podríamos compartirlos. Y el significado, como todos pueden dar fe, es una poderosa fuerza psicológica que puede responder a casi cualquier fuente de incertidumbre y ansiedad.

Todos podemos estar de acuerdo en que la vida en estos días no es fácil, pero lo cierto del caso es que la volatilidad, la incertidumbre, la complejidad y la ambigüedad (VICA) de nuestro mundo tienen pocas posibilidades contra el poder de los rituales.