En la Segunda Guerra Mundial hubo organizaciones de resistencia y otras de oposición a las invasiones de Hitler y su III Reich. Las primeras actuaban desde la clandestinidad y daban golpes de mano contra posiciones alemanas e italianas cada vez que les era posible, robaban armas y pertrechos, eliminaban a soldados y oficiales enemigos y en fin, volaban instalaciones militares y mantenían en jaque a los nazis golpeándolos con contundencia mortal cuando tenían la oportunidad de hacerlo.

La Francia del general Charles De Gaulle está llena de hazañas realizadas por los partisanos de esa nación.

Durante la dictadura de Pérez Jiménez, allá por los años cincuenta, yo era un alumno de 16 años en la Escuela Militar de Transmisiones.

Venia de una escuela más importante, la escuela de la resistencia venezolana a la dictadura militar.

A esa temprana edad ya sabía que resistir no era lo mismo que simplemente oponerse, que resistir implicaba afrontar riesgos que como opositor no afrontaría. Por ejemplo, Acción Democrática y el Partido Comunista de entonces eran partidos de la resistencia, mientras que URD y Copei eran de oposición.

AD y el PCV ponían los presos, los torturados, los exiliados y los muertos; los otros dos partidos se arriesgaban a que la ira del dictador, de pronto, detuviera por algunas horas o días a algunos de ellos.

Desde entonces he sabido perfectamente lo que es ser miembro de la resistencia.

Durante los años sesenta yo formaba parte de la Dirección General de Policía (Digepol) y luego continúe mi carrera profesional en la Disip. Entonces, hubo partidos de oposición a los gobiernos de AD y luego de Copei, pero también hubo un movimiento de resistencia a esos gobiernos, las guerrillas urbanas y rurales constituidas en las llamadas FALN o Fuerzas Armadas de Liberación Nacional.

Los muertos de entonces fueron puestos por esa resistencia, tuviera o no razón de ser, mas no por los que se decían opositores, políticos como Jorge Olavarría, Arturo Uslar Pietri, Jóvito Villaba y tantos otros cuya lista sería demasiado larga para caber en este escrito, que pegaban cuatro gritos por allí y de pronto eran llamados a declarar en la Digepol y hasta allí llegaba el riesgo que corrían. Incluso cuando eran sorprendidos in fraganti en reuniones con guerrilleros o terroristas, como fue el caso  del dirigente nacional de URD Alirio Ugarte Pelayo, quien fue sorprendido en un allanamiento en el cual yo participé, reunido con Adolfo Meinhart Lares, terrorista de entonces, solicitado por las autoridades.

Al doctor Ugarte Pelayo lo interrogué yo mismo, pero, pese a que había elementos probatorios más que suficientes para enviarlo a la cárcel, la democracia bobalicona no lo condenó ni siquiera a un día de prisión.

Sencillamente, era de oposición, no de la resistencia.

Leonardo Ruiz Pineda y Alberto Carnevali, por mencionar dos de aquella época de hombres con criadillas y mujeres con ovarios, eran de la resistencia y pagaron con sus vidas.

Isabel Carmona de Serra, Regina Gómez Peñalver, Lola Gómez de Fleming y tantas otras, pagaron cárcel y torturas por ser de la resistencia.

José de los Santos Gómez y Segundo Espinoza eran de la resistencia y pagaron con cárcel y torturas el serlo.

Erasto Fernández era de la resistencia y lo pagó con cárcel y torturas. (“A Erasto Fernández, Toton, lo colgaron como una piñata…”).

José Vicente Abreu “el Cámara” escribió El Manifiesto de Guasina (“ …yo vengo del sureste, hermano, de un campo donde la muerte hervía su propia cara en un grasoso casco de soldado’’) en esa cárcel al aire libre que está ubicada en una isla del Delta del Orinoco, junto a cientos de otros miembros de la resistencia, no pocos de los cuales dejaron allí la salud o los huesos.

Más recientemente, Oscar Pérez y sus compañeros de lucha están muertos porque estaban en resistencia, no en oposición, y por ello pagaron con sus vidas frente a un enemigo que no respetó su rendición. El capitán Caguaripano y algunos otros militares, que no todos, estaban en resistencia y por ello hoy los han recluido bajo cien candados para evitar que su ejemplo libertario cunda entre policías y militares.

Y así, sería larguísimo seguir dando nombres de hombres y mujeres de nuestra patria que murieron o sufrieron cárcel, torturas y destierro, por ser de la resistencia y llevarlo a la práctica con todo lo que tenían a mano.

Lucharon con ideas, con manifiestos, con panfletos, pero también con fusiles, pistolas y revólveres, con bombas y con todo lo que les servía para golpear y, si era necesario, eliminar al enemigo. Conspiraron con militares activos y retirados, robaron armas y tomaron cuarteles.

Personalmente, formé parte a comienzos de 1953 de la toma del Cuartel La Planta, donde operaba el Batallón Bolívar, frente a Villa Zoila, bajo las órdenes de quien para entonces era el teniente de infantería Arnaldo Rafael Castro Hurtado, quien al retorno de la democracia llegaría a alcanzar el grado de general de división. Por ese acto de resistencia, a los 18 años de edad, pagué 11 meses de privación de libertad, además de ser expulsado de por vida de las Fuerzas Armadas.

Entonces se ofrecía Resistencia así, con mayúscula. Al final, terminamos echando al dictador en su Vaca Sagrada el 23 de enero de 1958 en la madrugada.

Sé que se me va a criticar el que haya incluido aquí a la resistencia de las FALN, pero no me importa, los combatí a muerte y ellos a mí, porque cuando se está en resistencia contra un gobierno, del tipo que sea, se está en guerra y en las guerras, los que las libramos, tenemos que respetar al enemigo que, al igual que nosotros, se está jugando la vida por sus ideas, y ellos, los que integraban las FALN, se la jugaban y en ocasiones la perdían, y eso merece respeto.

¿Más claro o así esta bien?


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