Xi Jinping durante su visita al Reino Unido en 2015 | Foto AFP

Cinco años atrás el Reino Unido se había convertido en el gran dolor de cabeza de los norteamericanos dentro del contexto de los cada vez más profundos desencuentros que se venían fraguando entre los dos titanes: Estados Unidos y China. Poco importaba la naturaleza de sus desavenencias: robos de propiedad intelectual o gravitación militar en los mares del sur de China o la incidencia del valor de la moneda china en el comercio bilateral con Estados Unidos. Una especie de inclinación natural a otorgar razón espontánea a China en lo diplomático era lo que privaba en el gobierno de David Cameron.

Ello, además, venia todo secundado con diversos y colosales planes de inversiones conjuntas que abarcaban hasta el terreno de lo nuclear. Una interacción viva, proactiva y, en apariencia, tan altamente beneficiosa para el Reino Unido como para los chinos.

¿Cuánto queda a estas alturas de todo ese enorme entramado cooperativo de dos vías el que, además, se veía fortalecido por un comercio bilateral creciente –las exportaciones a China se triplicaron entre 2008 y 2018- y una interacción cultural y educativa nunca vista entre la gran potencia china y un país de Occidente?

A pesar de la determinación manifiesta de los dos lados de estrechar vínculos mayores, la relación bilateral se ha topado en tiempos recientes con dificultades que son vistas diferentemente desde las dos orillas. China se ha apresurado a afirmar, a través de sus más altos agentes gubernamentales, que son las transformaciones ocurridas en Londres las que han dado origen, no solo a un distanciamiento político y al abandono de proyectos comunes, sino a una desconfianza con la que resulta difícil desarrollar un cooperativismo positivo. En los términos más claros Pekín ha levantado un dedo acusador para responsabilizar a su contraparte de violaciones del sagrado principio de la no intervención, lo que considera uno de los pilares fundamentales de la corrección en las actuaciones internacionales de sus naciones amigas.

Es claro que la interferencia británica en los asuntos internos de Hong Kong es lo que está dando origen del malestar, interferencia que vista desde la óptica china ha provocado serios perjuicios en el desarrollo, estabilidad y la prosperidad de la región. Tal situación es considerada inaceptable por las autoridades del gigante asiático por “envenenar” sus compromisos bilaterales, pero, sobre todo, porque tal desconfianza parte de ignorar que una China estable es la mejor garantía de un mundo en paz, dada su vocación respetuosa del destino que cada nación quiera darse.

Pero es también claro que no es el lado chino el que más tiene que perder en esta suerte de guerra fría que apenas se inicia y que ya ha cobrado importantes cabezas como es el caso de Huawei y su red 5G hoy excluida del espectro de UK. China recibe de Reino Unido 70% de sus embarques comerciales globales y la nación insular británica alberga el doble de lo invertido por Pekín en Alemania desde el año 2000.

Así las cosas y con vistas al remezón esperado tras la materialización del Brexit, China se está transformando en el gran dilema de las autoridades económícas inglesas pero, sobre todo, de los estudiosos de los riesgos políticos y estratégicos.

Vienen meses complejos en los que Washington también tendrá una palabra que decir.


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