Estamos ya en plena temporada navideña. Nuevamente celebramos el nacimiento de Jesús. Estamos a pocos días de terminar este duro año 2019. Un sabor agridulce nos acompaña. La alegría de celebrar nuevamente la encarnación de Dios, con todo el profundo significado de vida que representa, nos coloca en una situación espiritual trascendente y enaltecederora.

La alegría de una vida plena, de una vida que se convierte en trascendente, a partir del nacimiento del Niño Dios, nos ofrece una fortaleza capaz de superar los obstáculos que esa misma existencia contingente nos depara.

Al recordar ese acontecimiento trascendental de la humanidad, valoramos además, de forma significativa, que nos debemos a una familia de cuya esencia provenimos. Para los cristianos, la Navidad es el momento más apropiado para el reencuentro de la familia. Tiempo de compartir, de sentir el calor del hogar en el que forjamos nuestras vidas, nuestros sueños y esperanzas. Momento de sentir el palpitar del corazón de quienes forman parte vital de nuestra existencia. Es, por lo tanto, un momento de alegría y esperanza en la fuerza que la familia y el amor genera en cada uno de nosotros.

Esa alegría, propia de una celebración como esta, se nos presenta, esta vez, en la Venezuela de la hora presente, cargada de angustias, desencuentros, miseria, muerte y angustia por el futuro. Es la parte agria del sabor que tenemos en esta Navidad venezolana.

Es más que evidente la tragedia de una nación que ha fracturado a sus familias, hasta el punto de ver partir hacia lejanas tierras a más de 5 millones de compatriotas.

No hay familia, en la Venezuela de esta hora, que no tenga en otros confines del planeta a uno de sus miembros. No todos podrán estar en la mesa de esta Navidad. Y más allá de reconfortar nuestro espíritu, en el nacimiento del Mesías aflorarán también las lágrimas del hijo, del hermano, del padre o la madre, del amigo ausente.

Aunque alguien pueda recordarnos el aforismo según el cual no solo de pan vive el hombre. Tampoco podemos olvidar, en esta Navidad, el hambre galopante que afecta a millones de familias en la amplia geografía de nuestra Venezuela.

En más de un siglo no habíamos tenido registro de una hambruna, como la existente. Paradójicamente, en el momento en que en las principales ciudades venezolanas se establecen unos refinados establecimientos comerciales, conocidos como los bodegones, es el tiempo en el que el mayor número de personas carecen de alimentos y medicinas para vivir.

No otra cosa puede esperarse de la destrucción de la economía nacional y del saqueo, brutal e impune, de las finanzas del Estado venezolano, que nos ha conducido a la desaparición del salario.

A todos los venezolanos nos angustia llegar al término de otro año sin concretar el cambio político que nos permita rescatar la democracia, y con ella el camino a la recuperación de unos elementos básicos, en la calidad de vida de la nación.

En estos días todos hacemos un balance del esfuerzo hecho. Surgen la angustia y la confrontación, ante la evidente dificultad por recuperar ese añorado cambio en la conducción del Estado.

En ese balance es menester destacar la lucha y la entrega puesta de manifiesto en este año, sin dejar de lado un examen de conciencia de nuestros errores, pequeñeces y desviaciones. Ese examen es fundamental para proponernos una tarea más exigente y más cercana al deber ser, de una lucha que nos exige autenticidad y entrega a la causa de la libertad y dignificación del hombre venezolano.

De momento ponemos mas el acento en evidenciar nuestras miserias, que en potenciar nuestras capacidades y fortalezas, en la larga lucha que libramos para expulsar del poder a la camarilla delincuencial.

No podemos perder el foco en la verdadera causa de la tragedia. No es otra que la naturaleza criminal, bárbara y por ende deshumanizada  de la camarilla gobernante.

En medio del sabor agridulce de estos días de Navidad, es menester  retomar fuerza espiritual para perseverar en la tarea de construir “la civilización del amor”.

Su logro solo será posible con la unidad de la sociedad venezolana, que apoyada por la comunidad internacional, deberá continuar la lucha hasta conseguir el final de la barbarie hecha poder.

Es menester recordar la inviabilidad de una situación como la que estamos padeciendo. Cada día se nos presentan mayores signos de deterioro y destrucción. Llegará la hora en que la situación no será sostenible, ni para quienes se encuentran en los oscuros aposentos del poder.

Entonces vendrá la hora de la libertad, pero también la de la reconstrucción espiritual, institucional y material de la nación.

De ahí la importancia de mantener el espíritu altivo, de perseverar en la lucha y de extraer lecciones, en estos días de la Navidad venezolana.