Abordar el artículo de hoy me exige hacer una referencia introductoria sobre Domingo Maza Zavala (1922-2010), economista, docente de la Universidad Central de Venezuela, diputado del Congreso Nacional, miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas, columnista de El Nacional, y miembro del Directorio del Banco Central de Venezuela (1997-2004). Mi relación con él, que siempre fue de carácter profesional, se inició poco después de la crisis bancaria venezolana de 1994, cuando me desempeñaba como segundo vicepresidente del BCV.

A partir de su incorporación al Directorio del mencionado organismo, nos tocó participar en múltiples reuniones de trabajo para tratar asuntos que luego se llevarían a la consideración del ente máximo. En varias de ellas me sorprendió que, después de las presentaciones y recomendaciones que eventualmente hacían dos unidades técnicas diferentes del organismo, pero con posiciones contrapuestas, él iniciara sus comentarios dándole la razón a ambos grupos. Llegué entonces a pensar que adoptaba una postura elusiva para no comprometerse. Pero lo cierto es que, más adelante, al momento de decidir cuál propuesta se llevaría a la consideración del Directorio, él respaldaba la recomendación que contaba con la aprobación de la instancia administrativa superior (Presidencia, Primera Vicepresidencia o Segunda Vicepresidencia de la institución, según fuere el caso).

Un análisis más a fondo de su conducta me llevó a concluir que su posición en aquellas reuniones eran siempre producto de los buenos análisis y recomendaciones que hacían las dos unidades involucradas, pero que obligaban a la más alta instancia del ente a escoger la que consideraba más conveniente a los intereses y políticas del país y la propia institución.

Esa exactamente es la situación que me toca vivir hoy al tratar acá el conflicto existente entre las posturas que tienen Juan Guaidó y Henrique Capriles con respecto a la participación de la oposición en las elecciones del próximo 6 de diciembre. Ambos líderes lo han dado todo en sus luchas contra la dictadura y también han incurrido en errores, pero nadie puede negar el tesón que han puesto en sus actuaciones y el desprendimiento con que han actuado.

Partiendo entonces de la buena fe con que ambos actúan y los mejores logros que quieren alcanzar en beneficio del pueblo venezolano, me arriesgo a afirmar que tanto Guaidó como Capriles tienen razón en sus respectivas posiciones políticas. La conclusión anterior también la apoyo en las opiniones bien razonadas de dos respetables columnistas -Trino Márquez y Fernando Mires-, quienes en esta ocasión divergen en sus posturas con respecto a la actitud asumida por Capriles.

Sin hacer mención explícita a Henrique, en un artículo del 4 de este mes, titulado “Cuidado con la maniobra electoral del régimen”, Márquez apunta: “La decisión de Maduro representa una jugada maquiavélica legítima. Así es la política (…) Lo malo es que ha colocado a la oposición ante un nuevo disparadero. Para algunos dirigentes y analistas esa forma retorcida de invitar a participar en las elecciones parlamentarias no debe despreciarse (…) Craso error. La oposición no debe acudir a las próximas votaciones por la simple razón de que se le estaría entregando la Asamblea Nacional al régimen en unas condiciones tales de debilidad, que no se contaría ni siquiera con el respaldo de la Unión Europea, instancia que ha pedido que la cita se aplace hasta que existan las condiciones mínimas para realizarla”.

Mires, por el contrario, en artículo publicado en su post, el 3 de este mes, titulado “Capriles, o el regreso de la política” señala que: “Entonces hay que decirlo hasta que se entienda: la política no se basa ni en la unidad ni en la armonía, tampoco en la hermandad y en el consenso (…) Tener miedo a las divisiones en la política es tener miedo a la política (…) La oposición venezolana, como todas las oposiciones en cualquier lugar del mundo, no es una entidad singular sino plural (…) Guaidó representaba una estrategia militar sin ejército (…) Capriles representa, se quiera o no, un intento por salvar a la oposición y con ello a la política (…) Probablemente habrá fraudes. Pero también habrá lucha contra el fraude”.

Aunque estoy de acuerdo con el punto de vista de Márquez y parte de los señalamientos de Mires, “por ahora” me inclino por la posición mayoritaria de no ir a votar. En mi postura he tomado en cuenta los riesgos que implica hacerlo en plena pandemia y el hecho de que, en estos momentos, esa es la opinión de la mayoría de los opositores.

Pero no hay que perder de vista que la posición adoptada por Capriles lo coloca en sintonía con los últimos señalamientos de la Conferencia Episcopal, de la cual nada se ha dicho en los muchos artículos y notas que he leído sobre la actual confrontación entre los dos líderes opositores.

De fuente confiable he sabido que Capriles pidió a importantes líderes y figuras de su partido (Primero Justicia) que lo apoyan, que no hicieran explícito su respaldo, a fin de evitar posibles medidas de expulsión de la organización. Se trata sin duda de una acción que amerita especial atención. A lo anterior hay que sumar su más reciente declaración del 7 de este mes (“A nuestra amada patria Venezuela”), en la que destaca, entre otros aspectos, que: “Con este documento, queremos informarle a nuestro país cómo comienza una opción que proponemos en el contexto actual (…) Los argumentos y razones van mucho más allá de un falso dilema de votar o no votar (…) Se trata de luchar para lograr condiciones que permitan expresarnos libremente a través de ese derecho sagrado que tenemos que es el voto (…) alguien tiene que asumir que el liderazgo político debe hacer lo que el pueblo necesita que se haga y no lo que dictan algunas matrices de opinión (…) Decimos que hay que hacerle frente al régimen en todos los territorios, sabemos que hay un cronograma sobre el tema electoral que se va desarrollando y no debemos quedar fuera, pero siempre estará primero la vida de la gente (…) Hoy nos toca luchar por unas condiciones mínimas, porque sabemos que la condición electoral está en toda salida democrática que busquemos. Y para conseguirlo tenemos que ser protagonistas del cambio, no espectadores del hundimiento del país, mientras aguardamos a que ‘algo’ pase”.

En ese sentido hay que recordar que en la írrita elección presidencial que se llevó a cabo en mayo de 2018, en la cual no participó la mayoría opositora pero sí lo hizo Henri Falcón, resultó “reelecto” Maduro. Poco antes de anunciarse los resultados el candidato opositor declaró que no reconocía el proceso, razón por la cual exigió hacer nuevas elecciones. Como era de esperarse, el requerimiento quedó en el aire.

En cuenta de lo anterior, Capriles se ha adelantado a señalar que “en caso de que la Unión Europea no acepte ser observador electoral, el proceso en Venezuela queda muy comprometido”.

Ratifico una vez más mi posición sobre lo aquí tratado: sigo apoyando a la mayoría opositora que está con Guaidó, sin perder de vista que las benditas mayorías también se equivocan, tal como ocurrió con los venezolanos que en su momento eligieron a Hugo Chávez y Nicolás Maduro.

@EddyReyesT


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