A Pepito le encargaron como tarea que haga un ensayo sobre la política. Llega  a su casa y después de preguntarle  a su madre, hermana y abuelo, no recibe respuesta porque no saben. Por fin llega con su padre y recibe la siguiente repuesta: “Mira, no sé qué es la política pero te voy a poner un ejemplo: Yo soy el poder, tu madre la justicia, la sirvienta es el pueblo  tú eres la juventud y tu hermanito es el porvenir.

En la noche el hermanito tienes ganas de ir al baño y le pide ayuda a Pepito, este va a ver a la madre y la encuentra dormida, va a ver a la sirvienta y la encuentra con su padre. Entonces dice: “Ahora ya encontré lo que es la política: La justicia dormida, el poder está sobre el pueblo, la juventud desconcertada y el porvenir echo caca”

Chiste anónimo

Durante muchos años en Venezuela se entendía por política una actividad totalmente institucionalizada, No había ningún problema, Los actores políticos más significativos aceptaban las reglas de juego que pautaban institucionalmente la acción política de todos.

Derechas e izquierdas coincidían en los mismos referentes: Estado y partido y una lectura más o menos instrumental de la democracia, que nadie reparó en las consecuencias que tal lectura tendría en la crisis vivida al final de los ochenta y en la que estamos atascados  con mayor profundidad.

El advenimiento del chavismo hizo que la política dejara de ser lo que por ella entendíamos durante el largo período 1958-1998. Especialmente porque el pacto de las normas y los procedimientos que había marcado todo ese período quedó destruido.

La llegada de Chávez y ahora con Maduro, la política remite exclusivamente al aparato del Estado, personalizado en la figura carismática del líder populista que lo es “Todo” y desarrolla una concepción militar de la política. El relato y la narrativa chavista se escriben en jerga militar; con el prejuicio de que la FAN es la organización más eficaz y racional para la construcción del orden. Esta ha sido una Infeliz idea, porque la FAN ha sido uno de los productores fundamentales de la crisis.

Esta manera de entender la política y asumir la construcción del orden como guerra pasó de ser una pretensión autoritaria a una dictadura, primero con el mismo Chávez y materializada de manera definitiva bajo el mando de Maduro.

En ese contexto la oposición también ha desplegado su propia concepción de la política. No es una concepción monolítica, hay matices que se expresan de forma distinta.

Tomaré de manera analítica a María Corina Machado y Juan Guaidó, cuyas ideas sobre la política parecen contrastar, aun cuando el objetivo sea el mismo: cambiar el orden vigente de la dictadura para dar paso a un régimen democrático.

Veamos rápidamente la idea que nos brinda María Corina Machado. Su planteamiento se inscribe dentro del paradigma neoconservador, con ello no quiero satanizar como haría la izquierda extrema tal planteamiento, ella misma lo ha dicho: es una propuesta que pretende sustituir el poder político por el poder social, desplazando al Estado como código del orden social y político por el mercado como el nuevo código del orden.

Si uno oyera o leyera con cuidado el discurso de la señora Machado, tenemos que subrayar, a pesar de hablar de democracia, pluralidad y ciudadanía, un cariz personalista que no simboliza corrientes de opinión social sino las suyas. Así, ella misma, de manera latente y muchas veces, ha dividido la sociedad, casi con el mismo relato chavista: los duros  (ella) vs los blandos (los que dialogan), los que  quieren un cambio (ella) vs los que colaboran con el gobierno (los que dialogan en Barbados), de nuevo los patriotas (ella y los que le acompañan) vs los vendidos (los que dialogan en Barbados), los que piensan en la  negociación y en el acuerdo como salida de la crisis (los dialogantes en Barbados) vs de nuevo los seguidores de un viejo cliché: la violencia es la única partera de la historia (ella y los que le acompañan, que dicen que hay que arrebatarles el poder por la fuerza)

Por supuesto, no voy a cometer la desmesura de señalar que hay un tono igualmente autoritario en el discurso de Machado, pero siempre sospecho de todos aquellos que creen que la única situación autorizada es la que ellos encarnan.

En el caso de Juan Guaidó es más difícil. Él debate con varios “líderes” que pretenden estar en una “situación autorizada”, es decir, aquella que les confiere por su supuesto liderazgo el derecho de decir, de sugerir y hasta de dar órdenes, por ejemplo: “Guaidó, retírate de la mesa de negociaciones de Barbados”, cuestión que se le lee y se le escucha con frecuencia a Antonio Ledezma; o la expresión: “Hay que arrancarles el poder por la fuerza al chavismo”, que igualmente se le lee y se le escucha con frecuencia a María Corina Machado.

Digo que no es fácil por la particular situación que vive el país: las condiciones de recepción de los discursos políticos son febrilmente emotivas y volátiles donde es más fácil ser popular que decir la verdad.

Creo, pero es una opinión muy personal, que el liderazgo opositor radical (me refiero a María Corina Machado, a Ledezma y a todos aquellos que piden, ya de manera abierta, una intervención de fuerzas extranjeras que le “arrebate el poder al chavismo por la fuerza”) curtido en eso del “decir” maneja bastante bien lo que Bourdieu llama “mercado lingüístico” y dice lo que cierto estado de ánimo producido por las penurias y desencanto de 20 años de mal gobierno quiere escuchar

Juan Guaidó no es un gran orador, no es Chávez que seducía, no es María Corina, ni Ledezma, tampoco es Leopoldo López, que son oradores políticos de un gran manejo retórico.  Guaidó no es ese tipo de orador. Pero su discurso presenta dos elementos claves en todo locutor que, sin tener, repito, una gran oratoria, desarrolla un enorme potencial performativo: competencia lingüística  (que es algo que por lo menos todo político debería tener, pero que los venezolanos nos estamos desacostumbrando por la cantidad de disparates en el habla que suele poner en su boca el liderazgo chavista. Guaidó tiene “corrección lingüística” y ya eso es un gran beneficio, pues ya estamos hartos, por ejemplo, de los millones y millonas) y competencia comunicativa que le permite, sin ser un líder carismático del tipo Chávez o Pérez, de esgrimir “actos de habla” que se convierten en cosas y en acción.

Es decir, Guaidó esgrime un discurso que es escuchado y entendido, al mismo tiempo, cosa que parece fácil pero no lo es y de allí que “el cese de la usurpación, gobierno de transición y elecciones libres” se haya convertido en el lema de 80% del país.

Con respecto a su visión de política, se puede señalar que no se leen ni se escuchan en su discurso disquisiciones expresas de naturaleza ideológicas, del tipo “Yo soy liberal”, característico de María Corina Machado, a quien hay que reconocerle que en un país donde cuesta tanto decir que se es de derecha, ella lo dice con propiedad, argumentos y sin rubor. Guaidó se inscribe dentro de la corriente socialdemócrata, no tanto porque lo ha dicho, sino por su militancia en una organización que se expresa como socialdemócrata y Guaidó, ciertamente, es un hombre de partido.

Aboga por un la construcción de un nuevo “Estado de Compromiso”, (que revestiría, una forma de “Estado de Bienestar”, sin desembocar en las formas populistas que esta forma de Estado suele derivar en América Latina y que ya sucedió en Venezuela, durante los gobiernos de Pérez I y de Chávez), de allí que hace un esfuerzo por convocar a todos los partidos, gremios, Iglesia, empresarios, Fuerza Armada, trabajadores, etc. (el compromiso incluye sectores de la disidencia chavista y del ciudadano de a pie que dice todavía ser chavista).

La base de ese gran acuerdo sugiere una gran dosis de realismo político: que se basa en  la confianza entre todos los actores con los que se acordaría.

La propuesta de este nuevo acuerdo o pacto social, devenido en “Estado de Compromiso”, que incorpore al acuerdo a la mayoría de los actores política, social y económicamente significativos se traducirá en una ruptura con soluciones de fuerza que pudieran desembocar en un nuevo autoritarismo y en una nueva eventual cancelación de la política.

Esta propuesta que bien pudiera llamarse “La propuesta Guaidó” implica la recuperación de la política como compromiso democrático, lo que evitaría el choque ciego de las fuerzas que están en conflicto.