Recuerdo que cuando era niño escuchaba historias de cómo los cubanos se las “ingeniaban” para tener acceso a productos y servicios que el comunismo les había arrebatado. En los tiempos del llamado “período especial” se hablaba, por ejemplo, de las “bicilavadoras”, que básicamente consistía en una bicicleta a la cual se le adaptaba un motor de lavadora rusa con la finalidad de aumentar su velocidad y así paliar un poco al grave problema de transporte público de la isla. También de las planchas sin electricidad, de los calentadores autóctonos y hasta cámaras fotográficas eran improvisadas “made in Cuba”. La “inventiva” cubana se extendía sobre todo al campo de la alimentación, en el que la escasez de comida obligaba a hacer literalmente de tripas corazones. Se producía pasta dental con bicarbonato, carne con concha de plátano y refresco a base de hierbas.

Todo bien hasta aquí, nadie podría criticar a un pueblo que, sorteando todo tipo de obstáculos, es capaz seguir adelante. Pero una cosa es tener voluntad de continuar y otra muy distinta es acostumbrarse a vivir en semejantes condiciones. Lamentablemente para los pueblos que viven sometidos a la miseria, el tiempo es su peor enemigo. Se pierde la brújula, la gente se olvida de que no es normal vivir sin servicios públicos, que no es normal ir de mercado en mercado buscando productos o medicinas que escasean, que no es normal que tengamos que readoptar procedimientos abandonados hace siglos y que a eso se le llame “ingenio”. Quizás mi opinión sea impopular, pero mientras en Cuba se “inventaba” el helado de arroz, en otras naciones del mundo, y no hablo solo de naciones desarrolladas sino de la propia Latinoamérica, habían científicos trabajando en nuevas vacunas, estudiantes desarrollando software para la agricultura y escuelas formando ciudadanos con derechos.

Cuando vives en comunismo se te olvida que eres un ciudadano con derechos, porque lo importante para ti es resolver tu día a día. Es así como cuando el Estado dueño de todo no es capaz de proveer los servicios más básicos, lo esencial para el ciudadano domesticado en comunismo no es exigirle al Estado rendición de cuentas, sino “resolver”. Es esa cultura del resuelve la que se ha instalado en Venezuela desde hace años, una tendencia que aumenta a medida que la situación se hace más crítica. Personalmente, no me siento orgulloso de eso, lo podría entender como parte de un mecanismo de supervivencia, pero cuando se instala como parte de la “normalidad” no hace sino preocuparme.

Veía esta semana en redes sociales a una abuela que mostraba cómo con una botella de agua de plástico era capaz de improvisar un dispensador de agua. También cómo las bicicletas se hacen populares frente a la escasez de gasolina. Ni hablar de lo que sentí al leer que la sangre de res pasaba a formar parte de la dieta diaria del venezolano como sustituto de la proteína, carne o pollo. Aunque sentí alivio por la abuela y orgullo por los profesionales que van a sus empleos así sea en bicicleta, no dejo de pensar que detrás de la cultura del resuelve hay derechos que desaparecen, que se dejan de exigir, como desaparecieron el derecho a la salud, a una educación de calidad, la paz y la tranquilidad. Los venezolanos nos merecemos más que simplemente sobrevivir y con trabajo lo podemos lograr. No nos acostumbremos a esto o ellos habrán ganado, si no veámonos en espejo de los cubanos, quienes tienen 60 años “ingeniándoselas”.

@BrianFincheltub


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