La dictadura espera la invasión desde hace tiempo. Sus principales dirigentes saben que sus días están contados, si desde Washington activan las órdenes de captura, de lo contrario seguirán masacrándonos de manera impune. La victimización del hecho le conviene. Arman sus fuerzas con el delirio de la inmortalidad, la heroicidad de un pueblo que resiste los embates del obsceno poder imperial. Esa trastada publicitaria le viene como anillo al dedo a quien está en apuros. En sus sesiones de análisis deben contar con un arsenal de estrategias que le sirvieron a Cuba desde los lejanos tiempos de la crisis de octubre.

En política no solo se utilizan nuestras potencialidades. Siempre se tienen que estudiar las vías del adversario. No es responder de manera espasmódica, es tener la capacidad de ponerlos en aprietos. Disponen de una bien fraguada telaraña que salvaguarda sus tropelías con notoria habilidad. Cada yerro nuestro es un nuevo anillo de seguridad, que se teje con manos percudidas de corrupción, los continuos desaciertos son golosinas para una corporación mafiosa que saben que allí está su permanencia.

A veces cuesta entender cómo siguen dirigiendo al país desde Miraflores con semejante desprecio público. Para un analista internacional en alguna oficina de un centro de investigación. No existe una explicación lógica de la permanencia de estos energúmenos en el poder. Han sabido crear mecanismos de control tan eficaces que llevamos veintidós años esperando el amanecer de la libertad.

Son varios los instantes en los que parecía que estaban colgando del pescuezo, pero al final consiguieron salvarse ante la frustración general. En los agitados instantes de 2002 las furiosas ambiciones de poder impidieron salir de este infierno. Luego el show gubernamental con el retorno de Hugo Chávez. Al final el pueblo venezolano pagó con lágrimas de sangre los errores cometidos. La represión recrudeció desde que el muerto besó un crucificio hablándonos de reconciliación.

La gran invasión que padece el venezolano es la penuria. Son barcos increíbles que bombardean hambre en el estómago del venezolano. Las ráfagas de necesidad son armas disuasivas que aplastan al pueblo. En nuestros sectores más humildes se vive una pandemia. Se sobrevive con muy poco.

¿Qué futuro nos dejará esta desgracia? Niños mal nutridos que carecen de lo mínimo para desarrollarse adecuadamente. Se está formando una realidad llena de limitaciones. La pesadilla sigue cortando oportunidades. Debemos luchar por esos seres que solo figuran en algunos discursos llenos de demagogia.

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@alecambero


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