“Cuanto más imposible se muestra la penetración en esta doctrina,

en la que influye la teoría de la purificación conseguida a través de los

misterios, tanto más libre margen ha tenido la interpretación, que es

tan pobre en contenido intelectual como contundente en la distorsión de

lo que fue la intención antigua”.

Walter Benjamin, El origen del drama barroco alemán

 

Como sucede con toda forma de representación doctrinaria, el aristotelismo no le ha sido muy fiel a Aristóteles. Su historia es, por un lado, la de la consagración del gran pensador de Estagira y, por el otro, la de su condena dentro de los estrechos esquemas que la teología filosofante terminó por imponerle. Los brazos del entendimiento abstracto son tan largos como anchos, y su sombra se proyecta de tal modo sobre la realidad que la hace desvanecerse entre la penumbra. Después de viejo, cuando ya se hablaba de él como si se tratara de un santón, Marx tuvo la necesidad de afirmar, no sin énfasis, que si todo lo que sus seguidores e intérpretes -teólogos filosofantes, a fin de cuentas- afirmaban sobre su pensamiento era cierto, entonces tendría que verse en la obligación de declarar el hecho de no ser marxista. Y no se diga de Spinoza o de Hegel. El primero, estigmatizado como ateo y materialista. El segundo, como idealista -en su versión más pedestre e inauténtica-, ferviente defensor del prusianismo y, por extensión, de todo Estado totalitario.

Se trata de los rígidos criterios de demarcación, de las estrechas fijaciones -tan escasamente históricas, por cierto- trazadas por quienes, llevados de la mano de la ratio instrumental, siempre de apresto impecable, con sus batas imaginarias bien almidonadas y planchadas, o con su imprescindible cinta métrica virtual en la mano, se afanan por establecer sólidos bloques de concreto armado, a los cuales denominan períodos de la historia de la cultura. Pues bien, el barroco es uno de esos períodos al cual, con la pedante y precisa pomposidad de rigor que los tipifica, los expertos ubican en el Seicento, es decir, a principios del siglo XVII, aunque sus modalidades -advierten- se extendieron incluso más allá, o sea, a lo largo de los siglos XVIII y XIX. Y es por eso, con base en su amplio espectro, que se han visto en la obligación de subdividirlo, a su vez, por lo menos en tres períodos, con el objetivo de distinguirlo del barroquismo posterior: primitivo (de 1580 a 1630), pleno (de 1630 a 1680) y tardío (de 1680 a 1750). Pero el barroco es considerado, además -para todo indigestado seguidor de manuales y anti-manuales-, como sinónimo de recargamiento y exageración, no exento de engaños y caprichos. De tal modo que se puede hablar de barroco en sentido sustantivo o en sentido adjetivo. Si se habla de él en términos sustantivos, se habla de un determinado período de la cultura. Pero si se habla de él en sentido adjetivo, entonces se está hablando de un estilo recargado -sinuoso, rebuscado y oscuro- de escribir, de pintar, de componer, en fin, de crear. Todo lo contrario a la “claridad y distinción” que exige el Discours de la méthode de Descartes, quien por cierto, paradójicamente, se inscribe en el período señalado por los pulcros expertos como barroco, en sentido sustantivo. Lo simple, instantáneo e inmediato no son “clasicistas”. Son las pestes de la superficialidad del presente.

Por diversos caminos, el historicismo filosófico ha manifestado su desacuerdo con este tipo de criterios definitorios de caracter instrumental. Benedetto Croce, Walter Benjamin y Eugenio d’Ors, han insistido en consideraciones hermenéuticas que ponen en evidencia las sentenciosas y limitadas formalizaciones que presumen los momificadores de oficio de la historia de la cultura. No obstante, la transhistoricidad no es, a pesar de lo que pueda presuponerse, un transcategorial, como tampoco se pueden abstraer las formas estéticas de su contexto específico. Y vale la pena, una vez más, volver a citar a Vico: verdad y hecho se identifican. A pesar de su contraposición, lo clásico y lo barroco no son contradictorios, sino términos opuestos complementarios, inmanentes al movimiento continuo del quehacer humano. Apelar al silogismo medieval, en nombre de Aristóteles, para sustantivar lo “baroco” como una ambigüedad que habitúa confundir lo verdadero con lo falso, mostrándolo como el “superlativo de bizarro” o como el “exceso del ridículo” es, cuando menos, desconocer la condición histórica específica y -justamente por eso- universal de artistas como Bach o Vivaldi, Velásquez, el Greco o Rembrandt. La anacrónica ideologización, propia del entendimieto abstracto, no tiene límites. Apelar a Aristóteles para denunciar “el exceso de ridículo” de Cervantes o de Shakespeare es el más estrafalario de los excesos de ridículo. Como lo es el no reconocer la extraordinaria importancia del barroco en la conformación histórico-cultural de la América Latina.

Decía d’Ors que si lo clásico es tendencialmente apolíneo y masculino lo barroco es tendencialmente dionisíaco y femenino. Pero, en todo caso, resultaría imposible que lo uno y lo otro no se atrajeran recíprocamente, manifestando la condición sublime de lo bellamente humano, su inacabable e infinita Nativitas o Navidad. Nada más barroco que un nacimiento o pesebre; o que una hallaca, que es, en esencia, la manifiesta conformación de un nacimiento. Lo indica el propio significado de la palabra, según los estudios efectuados por dos insignes ucevistas, Adolfo Ernst y Angel Rosemblat: el aborigen Halla –o Aya- traduce ‘mezcla’, y el sufijo español aca indica ‘relación con’: un paquete de mezclas relacionadas. Verdad y certeza, universalidad y particularidad. El barroco devenido lo barroco. Es, en el fondo, el misterio inspirador de las composiciones de Vicente Emilio Sojo o de la Onda Nueva de Aldemaro Romero; las espléndidas construcciones de Carlos Raúl Villanueva; las magistrales piezas de Antonio Lauro o el virtuosismo de Alirio Díaz; el contraste de luces y sombras en la obra de José Ignacio Cabrujas; la voz, camino de Santiago, urdida en alma mater caraqueña de Soledad Bravo; el desafío de la luz devenida color en movimiento de Carlos Cruz-Diez y Jesús Soto; o la incandescencia de las flexiones y reflexiones de Juan David García Bacca. Los tonos crepusculares de Jacobo Borges y la aurora en los poemas de Ramos Sucre. Y, como ellos, tantos y cuántos más. ¿Cómo se puede olvidar que las transmisiones de la Emisora Cultural de Caracas iniciaban con el movimiento allegro del tercero de los Brandemburger Konzerte de Bach? Lo barroco traspasó desde su fundación los límites del ser social venezolano, llevado de la mano -guste o no- de los jesuitas. La prueba de su permanencia ha sido la fuerza unificadora, reminiscente, que ha sabido invocar en los momentos más difíciles de su historia, esos en los que la Doña Bárbara -plásticamente descrita por Rómulo Gallegos- ha pretendido imponer por la fuerza la rigidez y el aplastamiento que tanto repudia la sensibilidad y la inteligencia de su Volksgeist. Virtud y honor de pueblo barroco.

@jrherreraucv

 


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