“Nuestro problema no es el coronavirus. Nuestro problema es Maduro. Antes de que la peste nos mate, él nos va a matar a todos de hambre”. Estos son testimonios de venezolanos, con nombre y apellido, recogidos por las agencias internacionales. En alguna forma es la repuesta popular al pedido de la alta comisionada de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos, Michelle Bachelet, de que se levanten las restricciones que pesan para países con sanciones… Venezuela, sin duda, es el más notorio.

La disidencia y la oposición venezolana interpretan que efectivamente es un pedido de ayuda directo para Venezuela. No lo rechazan ni niegan que se necesita, pero al mismo tiempo advierten que las sanciones a Venezuela son por las violaciones de los derechos humanos y afirman que estas cada vez son más. Están preocupados de que una cosa no tape a la otra. La represión ha matado a muchos más, dicen, y eso sin tomar en cuenta a los presos. En este aspecto, Bachelet sigue insistiendo sin éxito para que el régimen de Maduro libere a los presos políticos.

Los sistemas de agua potable y eléctrico han colapsado. Se raciona la gasolina, cuando la hay. La inflación descontrolada supera todos límites históricos de Venezuela y del mundo entero. Todo eso y más, y a lo que se suma ahora el coronavirus, no es por causa de sanciones de hace dos años a lo mucho, sino que es consecuencia de años de desgobierno y voluntarismo, como denuncian en la Asamblea Nacional.

Son los efectos del famoso socialismo del siglo XXI.

El presidente de la Federación Médica Venezolana, Douglas León Natera, acusa de embusteros a los del gobierno por lo que informan sobre el estado de situación. En los hospitales no hay ni agua ni jabón y menos camas, afirmó.

Y esta realidad es denunciada por los médicos, que se indignan ante el hecho de que el comando y manejo del tema haya sido puesto en manos de los militares. “Estos no tienen problemas para lavarse las manos, pero igual las tienen muy sucias”, acusan.

”¿Levantar las sanciones para qué? Para que ellos puedan vaciar las cuentas que tienen intervenidas en el exterior“, advierten. Otros sin perder el humor preguntan por los médicos cubanos: ”Deberían venir por miles para compensar parte de todo lo que nos han robado”.

La indignación es grande y los riesgos más: Venezuela es el tercer país mas vulnerable del planeta, se afirmó en la Asamblea Nacional.

Mientras tanto, Maduro aconseja a los venezolanos tomar un menjunje compuesto de malojillo, jengibre, saúco, pimienta negra, limones amarillos, miel y agua. Dice que esa es la receta que los curará del mal. Hasta la gente de Twitter se espantó y lo quitó de la red. El dictador se enfureció por la censura: el muerto se asusta del degollado.

La receta mágica de Maduro pertenece a un doctor de apellido Quintero, que no es doctor ni médico, que ha picoteado y leído sobre filosofía pero que no se le conoce título. Se diría que es una especie de curalotodo.

Más allá de su ”trayectoria académica”, el señor Quintero no las anda con chiquitas: ha afirmado que el coronavirus  es un arma de bioterrorismo creada en un laboratorio. Anteriormente ya había dicho que a Hugo Chávez le fue inoculado el cáncer que le costó la vida. ¿Inoculado por quién?, ¿por los cubanos? Estos lo tendrían que haber denunciado. Decididamente no es muy confiable el señor Quintero.

El gobierno de Maduro y los militares censuran y desinforman; mientras tanto, en la Asamblea Nacional, único órgano con legitimidad popular, se alerta por la situación de un país que se desploma.

El presidente Guaidó, tras dar un panorama con muchos detalles   ̶ “en Venezuela solo hay 84 respiradores» ̶ , culminó con una apelación: “Dios bendiga a Venezuela”.

Que así sea. Ojalá.