En estos laberínticos espacios donde se mueve la política nacional de los últimos meses; donde la oposición democrática se encuentra circunstancialmente en un punto muerto, los pronósticos no son nada alentadores si consideramos algunos elementos conjeturales muy atrevidos referidos a lo que pueda ocurrir en el futuro inmediato. Los análisis y predicciones políticos casi siempre van acompañados de una buena dosis de pedanterías que, las más de las veces, terminan en un barranco, abrazados de los dictámenes de un corazón parcializado; así las cosas son más propensas a los traspiés.

Luego de los hechos más impactantes de estos diez meses del año, como fueron en su momento la proclamación de Juan Guaidó como presidente encargado de la Presidencia de la República, su alto respaldo tanto interno como internacional, el despertar de una población inerme, abandonada e incrédula, fue mucho lo que se logró avanzar. Tanto, que el régimen se tambaleó en más de una oportunidad. Se mostraba frágil frente a una oposición que lo acosaba insistentemente, se acoquinaba frente a cualquier posibilidad de peligro. Ahora, cabe hacerse la siguiente pregunta: ¿cuál es la razón principal que produjo esa parálisis; mejor dicho, por qué esa obstrucción a esa fuerza ciclónica de oposición? ¿Qué pasó? Simplemente, porque como consecuencia de los rendimientos conseguidos hasta la fecha, no queda otra cosa trascendental que no sea la salida de Nicolás Maduro del gobierno; es decir, el cese de la usurpación. No hay nada de por medio que satisfaga a nuestros compatriotas que no sea la salida de Nicolás Maduro. Este punto sobresale por encima de cualquier otro por la sencilla razón de que tanto la transición como las elecciones presidenciales serían consecuencia directa de la salida del usurpador —digamos que se da como efectos de la fuerza de gravedad—.

¿Qué hacer entonces? ¿Qué no aceptar? Rechazar de manera determinante, tajante, irreversible, que el régimen nos imponga su agenda y nos comprometa a aceptar elecciones parlamentarias, por ejemplo. Afincarse, asirse, día a día al apoyo internacional. Tanto o más importante son las gestiones que se hagan fuera de nuestras fronteras que las tareas que se emprendan dentro de nuestro territorio. Allá y no aquí, es donde se encuentran las estrategias que pondrán al régimen en el aprieto de tener que abandonar Miraflores y llamar de inmediato a elecciones presidenciales, que es lo que reclama 93% de los venezolanos. Al mismo tiempo, debemos considerar la tesis que sustentó el embajador ante la OEA, Gustavo Tarre Briceño, el mismo día que se logró el apoyo mayoritario de la Organización de los Estados Americanos tras convocar el Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR) para estudiar la situación de Venezuela. A su salida, dijo nuestro embajador, que se abocaría a trabajar con sus colegas diplomáticos para lograr el apoyo para la aplicación del artículo 8, que entre otros elementos establece el empleo de la fuerza armada. A esos extremos tan peligrosos como indeseables nos ha conducido el régimen.

Termino recordando que son muchos los juicios perturbados, que esta oposición que hoy lidera Juan Guaidó ha hecho mucho más que las fuerzas que el 23 de enero de 1958 derrocaron al dictador Marcos Pérez Jiménez, y mucho más, también, que las que echaron de Miraflores a Hugo Chávez el 11 de abril de 2002. Las circunstancias hoy son otras, los tiempos son otros, los personajes también son otros. Entre Pérez Jiménez y Hugo Chávez hay una diferencia profunda con el actual gobernante nacional y su camarilla. No hay grado de comparación, y eso evidentemente pesa y pesa mucho. La situación del régimen sigue siendo sumamente comprometida, considerablemente compleja, a veces dramática. Maduro es un obstinado e irreductible en aparentar ser fuerte, pero el tiempo lo triturará sin compasión. Será una muerte lenta, pesada, pero muerte al fin y al cabo.

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