«El mundo recompensa antes las apariencias de mérito que al mérito mismo».

François de La Rochefoucauld

 

Engolosinado con una celebrada frase de Winston Churchill —«A menudo me he debido comer mis palabras y he descubierto que eran una dieta equilibrada»—, debí comenzar estas divagaciones con una retractación, pero distrajo mi atención la temporada de premios Nobel, iniciada con la concesión del suculento laurel (suculento en términos crematísticos), destinado a recompensar hallazgos e innovaciones en el campo de la medicina, a un virólogo británico y dos colegas norteamericanos por el descubrimiento del virus de la Hepatitis C, reconocimiento justo, supongo, y  algo tardío: sus  investigaciones y descubrimientos se produjeron en los ya remotos  años setenta del siglo XX. Esta información y la lectura de un corto ensayo de Jorge Luis Borges, publicado en 1936 en la revista argentina Hogar y compilado en Textos cautivos (antología a cargo de Enrique Sacerio-Garí y Emir Rodríguez Monegal, 1986), a propósito del Premio Nobel de Literatura conferido a Eugene O’Neill, dramaturgo norteamericano cuatro veces ganador del Pulitzer, concitaron mi interés en un palmarés cocinado secretamente en fogones de Estocolmo y Oslo. En eficaz y lúcida prosa, Borges califica de insidiosa una disposición testamentaria del filántropo rey del TNT, según la cual el premio (al menos el de literatura) ha de otorgarse sin consideración a la nacionalidad del autor, pues esta se resolvería mediante un insensato internacionalismo. «Yo no sé —alega— si dentro de cien años la República Argentina habrá producido un autor de importancia mundial, pero sé que antes de cien años un autor argentino habrá obtenido el codiciado premio, por mera rotación de todos los países del atlas» —5 compatriotas suyos lo obtuvieron en disciplinas ajenas al oficio de las palabras (dos de medicina, dos de la paz y uno de química)—.

De los 200 candidatos nominados al Nobel de Literatura 2020 —entre ellos nuestro Rafael Cadenas— solo 5 llegaron como finalistas a la Svenska Akademien y, al parecer, no a las casas de apuestas londinenses. La agraciada, como es de dominio público desde el jueves 8, cuando esto escribía, fue Louise Glück —«Me he convertido en una anciana. / He acogido con agrado la oscuridad / que tanto temía»—, poeta neoyorkina, ganadora de un Pulitzer en 1993 y del National Book Award de 2014, y excepción a la aleatoria regla del fabulador de El Aleph —regla válida igualmente para el Nobel de la Paz, dada la proliferación de conflictos tercer mundo adentro—. A veces, carambolas del destino, el galardón va a dar a manos de un investigador nacido en la periferia de los centros de desarrollo científico y efervescencia creativa, alegrando la vida de sus connacionales, con la misma intensidad y emoción provocadas por un medallista olímpico o una reina de belleza. Para muestra, un cercano botón: un día como hoy, hace exactamente 40 años (11 de octubre de 1980), Venezuela festejó, tal si fuese un éxito de la fisiología vernácula, el premio Nobel del Dr. Baruj Benacerraf, médico nacido en Caracas en 1920, vinculado a una conocida familia de banqueros de origen sefardí. Estudió el galeno de marras en las universidades de Columbia y Richmond, y se nacionalizó estadounidense en 1943. Su quehacer profesional no se relacionaba en modo alguno con las penurias sanitarias de su patria circunstancial. ¡Pero era un Nobel! Y pongámosle de momento un parao al rollo de premiaciones debidas al sentimiento de culpa de un dinamitero escandinavo, y desenrollemos de una vez el motivo de la contrición anunciada no más al comenzar a redactar las divagaciones de este domingo, Día Internacional de la Niña, de los tíos (y tías), de salir del closet —Coming Out Day— y del desvelo de Colón —¡tierra!, gritaría el de Triana hace más de medio milenio, en fecha como la de mañana lunes—.

La pasada semana acogí con entusiasmo la idea del presidente (i), aprobada por la  Asamblea Nacional, de convocar a una consulta popular a fin de «realizar elecciones libres, justas y verificables y rechazar los comicios parlamentarios pautados por el régimen de Nicolás Maduro para el 6 de diciembre», pero ahora se me antoja inoportuna y cuesta arriba, no porque coincida con María Corina y su aséptico vente tú, opuestos por principio a toda iniciativa de Guaidó, sino porque jugarse el resto en un desafío a la cuarentena y el confinamiento, tiene sentido, creo, solo en un envión definitivo contra la dictadura, y no en victorias pasajeras en eventos no vinculantes como el plebiscito del 16 de julio de 2017, el cual, a pesar de la masiva participación ciudadana, no impidió la farsa prostituyente, no motivó a la FANB ni a los funcionarios a defender y respetar las decisiones del Parlamento legítimo; y, last but not least,  fracasó en lo concerniente a la renovación de los poderes públicos de acuerdo con lo establecido en la Constitución de 1999, a la realización de elecciones libres y transparentes, y a la conformación de un gobierno de unión nacional para restituir el orden jurídico e institucional —aquí y ahora a punto de desaparecer de aprobarse, ¡y se aprobará!, el monumental esperpento antibloqueo—.

Tal vez tenga razón Ricardo Combellas y el auténtico poder representativo de la voluntad popular, es decir, el congreso «en desacato» deba ceñirse al artículo 333 de la carta magna y concretar (yo diría concertar) un Gobierno de Emergencia Nacional, a fin de «apalancar la transición hacia elecciones verdaderamente libres —y esto es de suma relevancia para restablecer la confianza del pueblo en la dirigencia democrática—, como medio de atacar resueltamente los gravísimos problemas de penuria que padecen las grandes mayorías, y enfrentar las muy cuestionadas y antidemocráticas elecciones legislativas que adelanta el régimen». A guisa de corolario de sus opiniones, vertidas en este medio (“La consulta popular”, 21/09/2020), el exdiputado constituyente afirma: «La consulta popular en discusión no es una salida, sino más bien una puerta sellada del laberinto en que inútilmente se ha encerrado la oposición». Y volvemos al tema de los premios.

Nobel es anagrama de noble e Ig Nobel, en inglés, lo es de Ig Noble (innoble). Ig Nobel se llaman los premios creados por la revista humorística Annals of Improbable Research, a objeto de recompensar «las más absurdas e insólitas investigaciones científicas, muchas de ellas sustentadas y realizadas por sus autores completamente en serio». En alguna oportunidad, entregaron a los ganadores un billete de 10 billones de dólares zimbabuenses, homenaje al ganador del Ig Nobel de Economía 2009, Gideon Gono, director del Reserve Bank of Zimbabwe, quien perpetró semejante exabrupto monetario con la excusa de combatir la hiperinflación; y, hace 7 años, se acordó exaltar con el Ig Nobel de la Paz a Aleksandr Grigórievich Lukashenko y a la policía a su servicio. El mandatario bielorruso había ilegalizado aplaudir en público; sus esbirros, en sintonía con el ucase del proto Maduro, arrestaron a un mocho sospechoso de intentar aplaudir. En la edición 2020, categoría Educación Médica, fueron honrados Jair Bolsonaro (Brasil), Boris Johnson (Reino Unido), Narendra Modi (India), Andrés Manuel López Obrador (México), Donald Trump (Estados Unidos), Recep Tayyip Erdogan (Turquía), Vladimir Putin (Rusia), Gurbanguly Berdimuhamedow (Turkmenistán) y, de nuevo, Lukashenko. Tal vez al usurpador le quede grande esta lista. Juega en una liga menor; sin embargo, en 2016 lo postulé al Ig Nobel de neolenguas revolucionarias por su aproximación al castellano con base en epítetos capaces de anular el significado de los sustantivos. Hoy, gracias su peculiar y epiléptico manejo 7 x 7 de la cuarentena, Nicolás Maduro debería ser incluido en el apartado Medicina de Bolsillo. En general, todos y cada uno de los integrantes del alto mando de la usurpación son acreedores naturales a premios innobles, especialmente el de alquimia coprológica. Las razones son obvias y no es necesario abundar en ellas, ¡fo!

Al menos una mención honorífica en Geometría de la Atomización y un accésit en Politics for dummies corresponden a la oposición. Trisecar sin regla ni compás su vértice dirigente es una hazaña digna no solamente de un Ig Nobel, sino de la Medalla Fields de la Unión Matemática Internacional y el Abelprisen de la Academia Noruega de Ciencias y Letras. Si dejasen de mirarse el ombligo pensando en una improbable cuadratura del círculo y se sacudieran los reflejos condicionados de los modos de entender y ejercer la política con minúscula, practicados a la bartola y con las colgantes al hombro durante los estertores de la república civil y la irresistible asunción del chavecismo —prefiero esta forma a chavismo—, podrían los integrantes de la troika de la discordia —Guaidó, María Corina, Capriles— forjar una armadura en la fragua de la unidad y blindarse con ella para enfrentar al régimen con todos los hierros. Entonces se harían con el más preciado de los trofeos: el de la libertad.


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