El porvenir de la nación puede ser ominoso o puede ser auspicioso, dependiendo, básicamente, de un factor: el continuismo de la hegemonía o su superación por un cambio de raíz.

El continuismo del presente sería aún más destructivo y más siniestro. Por ello es que un cambio hacia la reconstrucción integral del país no es una necesidad meramente política o económica o social, sino existencial.

Los países sí perecen. Quizá no formalmente, pero sí en su vitalidad. La emigración masiva es una de las realidades más dolorosas de un país moribundo.

Y los países también pueden resurgir de la catástrofe y abrir caminos afirmativos hacia el futuro. Esa es la situación de nuestra patria. Esa posibilidad no ha sido abolida.

Lo único que le importa al despotismo es seguir controlando el poder para depredar los recursos nacionales. Por ello sólo representan un porvenir ominoso.

La superación de esta tragedia, por los medios consagrados y exigidos en la Constitución formalmente vigente, es la verdadera ruta para alcanzar un porvenir auspicioso.


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