Desde que los humanos decidieron comenzar a construir la historia –su historia-, se vieron en la necesidad de poner “orden en casa”, que es lo que significa economía. Y es eso, en efecto, lo que traduce literalmente la palabra griega Oikonomos (casa-en-orden). Administrar el orden de la acción humana, ordenarlo, implica ir acumulando el trabajo de modo organizado, adecuado, racional. Pero el trabajo que se va acumulando es lo que da origen al valor inmanente a la riqueza, al capital. No obstante, y si bien es cierto que toda época ha producido y acumulado capital, no es correcto afirmar que toda la historia de la humanidad ha sido capitalista, porque la determinación esencial de cada época es culturalmente particular y diversa. La historia misma es eso: la unidad en la diversidad, la historia de las diferentes historias, la razón de cada específica y peculiar manifestación de la locura, como, no sin sensatez poética, lo afirmara Shakespeare. El resto es una ficción. Y, de hecho, sólo con la irrupción definitiva de la sociedad civil, durante la edad moderna, las diferentes formas de conexión social comenzaron a ser percibidas por los individuos como un simple medio para lograr sus fines privados.

Por más que el actual sentido común -siguiendo en ello la ilusión de toda época nueva- pretenda considerar la política como el oficio de unos funcionarios cuya función consiste en la negación de toda función, cabe decir, en la representación del papel útil de lo inútil y del trastocamiento de lo verdadero por lo ficticio, o incluso como la más cercana aproximación a la corrupción y al crimen, la verdad es que en la historia de la humanidad la política ha ejercido un oficio fundamental en y para el desarrollo de la vida en sociedad. La civilidad, el mundo civil, ciudadano, es el resultado de la praxis política, la concreción de la koinonia politiké o la comunidad política: el hogar del zoon politikón. Los individuos aislados solo pertenecen a la imaginación desprovista de fantasía, propia de “las grandes y pequeñas robinsonadas”. Paradójicamente, ha sido durante la época en la que se ha generado el mayor grado de desarrollo de las relaciones económicas, sociales y políticas en la que ha surgido la representación del punto de vista de la existencia de individuos absolutamente aislados entre sí, cultores de la abstracción de lo privado y del “pensamiento débil”. Con lo cual, y roto el espejo del ethos, propio del mundo civil, la praxis política pierde su centro neurálgico para quedar a merced y, deslizándose sobre la alfombra roja de la vanidad, ser sometida por la carroña de carteles criminales, cuyo propósito consiste en desmembrarla para poder usufructuarse de sus restos.

El quehacer político del presente ha sido penetrado, en todos sus ámbitos y como nunca antes en la historia, por una criminalidad que se ha ido transmutando en gansterato. No por el hecho de que en otros tiempos existiera el crimen e incursionara en el ámbito de lo político se trata del mismo escenario. Del mismo modo que la producción de capital a lo largo y ancho de la historia no implica la existencia perennis del del modo de producción capitalista, la existencia histórica de las incursiones del crimen en la praxis política no implica ni la identificación mecánica de la una con el otro ni su condición genérica. Más bien, se trata de una determinación específica, inédita, como nunca antes se había manifestado en la historia. La política en el estricto sentido clásico del término, la política hecha por los políticos en funciones políticas, como servidores públicos, ha sido desplazada de su eje, de su centro de masa, para ir siendo ocupado por poderosos carteles internacionales que, en nombre de las formas políticas tradicionales y de sus viejas banderas de lucha, se enriquecen grosera y grotescamente, sin ningún tipo de escrúpulo y con el mayor cinismo. Y en esa misma medida, planifican no solo la implosión de Occidente, mediante la promoción masiva de la narcodependencia, sino la desaparición misma de la idea general de ethos político.

Buena parte de la dirigencia política, todavía persiste en señalar que el gansterato que mantiene secuestrada a Venezuela es una dictadura. Algunos analistas prefieren referirse a los secuestradores en cuestión como si se tratara de un régimen totalitario o de una tiranía. Y los unos y los otros califican a los sectores políticos que aún se mantienen en pie de lucha -y a la luz de sus respectivos modelos de asumirla- como “la oposición” al régimen. Dice Hegel que comprender quiere decir superar. El único modo de superar un problema es comprendiéndolo a fondo, desde sus raíces. Con el debido respeto, y como consecuencia de la insostenibilidad de la actual situación de crisis orgánica que padece la sociedad venezolana, ha llegado el momento de comprender que los tradicionales esquemas hermenéuticos de interpretación del actual fenómeno político no pasan de ser eso, esquemas, “modelos” que no se compadecen con la realidad efectiva de las cosas, con la realidad concreta. No se trata de la realiter sino de la Wirklichkeit. Ni del Objekt sino del Gegenstand. Es necesario remontarse desde el entender hasta el comprender.

La criminalidad del gansterato es perversamente polimórfica y polisémica -piénsese en la neolengua-, y ha sido durante años introducida progresivamente a través del poder de influencia de los mass media, incluyendo las redes sociales, que están a su servicio. No se puede seguir promoviendo la imagen según la cual el delincuente o el adicto son una suerte de íconos sociales y, mucho menos, sentarse a esperar que ocurra un milagro. El crimen se ha vuelto la norma. Apareció en la llamada “agenda pública” latinoamericana en las últimas tres décadas, promovida, primero, por los restos de los movimientos subversivos y, luego, por el Foro de Sao Paulo. Las afecciones que ha producido en la economía, en el desarrollo cultural y social y en la vida política del continente, son devastadoras y han terminado por erosionar severamente no sólo la estabilidad de prácticamente todos los países de la región -especialmente a los Estados Unidos- sino que los han desordenado (¡oikonomos!) y empobrecido material y espiritualmente, conduciéndolos, además, a la adopción de la violencia como si se tratara de un modo “natural” de vida. La criminalidad no ha secuestrado tan solo a Venezuela: ha secuestrado al ser y a la conciencia sociales del presente.

La llamada “oposición” política no se enfrenta contra (gegen) su término opuesto correlativo. El gansterato hace tiempo que renunció a ese derecho. Como theoria y praxis, la política, ahora, se enfrenta contra “algo” distinto, diferente. La política tiene que recuperar su condición de política, enfrentar al delito y superarlo. La confrontación, en consecuencia, no puede ser asumida según las formas adecuadas a la acción política convencional. Con un ganster no se llega a acuerdos ni convenimientos, ni se compite en elecciones, ni se les pide conformar una coalición para formar un “gobierno de transición”. A un ganster se le pone en prisión, porque quien ha cometido un crimen y ha violado la oikonomía del ser social ha perdido sus derechos ciudadanos. Es el derecho contra el delito, no la venganza sino la penalidad que honra al delincuente al respetarle sus derechos y, al mismo tiempo, reivindica la función de la justicia. El fin de la criminalidad es la reconciliación de la política y del derecho consigo mismos.

 


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