1. En unos países la política pugna por regresar más rápido que en otros; pero, en general se ha entrado en una etapa contradictoria de vértigo y al mismo tiempo de animación suspendida. Los osos de la política pareciera que han entrado en el período de hibernación y afuera quedan manojos de nervios vivos, en esfuerzo de conectarse frenéticamente, con mercados, hospitales, farmacias, familia y amigos.
  2. El cierre del espacio público y el distanciamiento social han introducido esa especie de cese de la política, como debate y esfuerzo por derribar, conquistar, compartir o conservar el poder. Se podría decir que las redes sociales son el gran sustituto de lo inmediatamente humano. Tal vez sea así, aunque por lo pronto más bien parecen estar hinchadas del desvarío por saber si sobreviviremos al apocalipsis.
  3. Hoy se ven cosas que no se han visto antes y seguramente varias de ellas se quedarán allí, instaladas como los miedos y las promesas de esta civilización en el siglo XXI. En Venezuela, sin embargo, las calles se niegan al vacío porque la necesidad puede más que el miedo. Cuando se ven avenidas y autopistas con automóviles y motocicletas en largas colas para la gasolina o mercados abarrotados o algunos centros de salud colapsados a la segunda potencia (ya estaban colapsados), se observa que la polis, la ciudad, ha cedido sus espacios a la necesidad rotunda.
  4. El espacio público no es el ágora del debate, de la demanda, la celebración o la protesta, sino el espacio en el cual se vuelca la carestía con su mueca de arrojo y miedo, simultáneamente. En realidad, allí no está la política sino el cimiento de una violencia básica que no disputa el poder y más bien lo sustituye. Hay un orden que pugna por imponerse (en las colas) y quien lo viola es el poder instituido, el régimen (sus policías, soldados, paramilitares, soplones y bandoleros).
  5. Pareciera que la política ha cesado. Solo quedan mensajes marginales por las redes que son como botellas lanzadas al mar con notas a ver si alguien en alguna playa las recoge. En los países con instituciones sólidas, el poder total impuesto en los dos primeros meses del covid-19 no puede contener la necesidad de volver a las calles, fábricas, colegios y espacios públicos en general; pero, en Venezuela, donde no hay nada que se parezca a un orden institucional, la calle se llena de temor y desafío, y el poder tiende a coparlo todo. No debe extrañar que Maduro quiera renovar el encierro cada 30 días; dirá, ya que nada se produce y nada se aprende, y nada se enseña y nada se cultiva, y no pasa nada, pues archivemos el país en el congelador hasta que toda amenaza ceda a la realidad del poder.
  6. En los países institucionalizados la polis renacerá de otra manera y la política también. Es posible que se haga mejor y con nuevos valores. Entre nosotros, no sabemos. Lo que depara la calle, sin debate y con rabia, es un enigma.

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