Por Dr. Antonio Pou¹, profesor honorario del Departamento de Ecología, Universidad Autónoma de Madrid

“Lo que tenemos que hacer es eliminar todos los combustibles fósiles y usar solo renovables.” “¿Y entonces, con qué energía vas a construir las renovables? Mira, lo que de verdad tenemos que hacer es eliminar la contaminación.” “¡Pero si es el petróleo, el carbón y el gas, lo que está contaminando! Lo que realmente tenemos que hacer es eliminar totalmente el uso de la energía y vivir como antes.” “Ya, ¿y con qué nos vamos a calentar?” “Pues quemando leña, como siempre.” “¡Pues con los que somos en este planeta nos quedamos sin bosques y sin aire para respirar!”… Y así, podemos seguir discutiendo hasta el infinito.

Cada vez que se reúne un grupo de personas y se habla de temas ambientales o cualquiera de las problemáticas que aquejan a la humanidad, a todos se nos ocurren soluciones simples, aunque sea para asuntos tan complejos que la humanidad aún no sepa qué hacer con ellos. Parece que nos interesa muy poco intentar saber algo con profundidad. Lo que buscamos es dar con la idea brillante que pueda resolver el problema, la fórmula mágica que dé gloria al que la descubre y fama a su tribu.

Pensar interesa mucho menos a la población en general que lo que cabría esperar. Por una parte, pensar cuesta energía y el cerebro consume el 25% de los alimentos que ingerimos. Así que, como conviene ahorrar, más vale pensar poquito y pensar sólo cuando no queda más remedio. Por otra parte, la sociedad pone a disposición de sus miembros paquetes de pensamientos ya prefabricados. Para cada uno de los problemas que se presentan en la vida de cada día, hay ya soluciones consensuadas y etiquetadas. Lo único que tenemos que hacer es sabernos de memoria las etiquetas y aplicar la que corresponde a cada situación.

Lo anterior suena a ironía disparatada, pero en sociedades tan complejas como las actuales es la manera de poder llevar una vida relativamente relajada. El medio urbano contiene una cantidad abrumadora de códigos-etiquetas que hay que saberse para poder vivir en él. Cuanto más boyante sea la economía de una urbe, mayor es la cantidad de asuntos que han sido pensados y resueltos para los ciudadanos.

Por ejemplo, las aceras están llenas de códigos en forma de bordillos, zonas de paso, texturas diversas y sonidos con información para discapacitados, letreros escritos en el suelo, carteles con símbolos, anuncios, semáforos y mucho más. Toda esa parafernalia es necesaria para resolver cientos de problemas con los que potencialmente se pueden encontrar los peatones en cualquier calle. Con saberse qué quiere decir el código y seguir las normas ya vale, ni siquiera es necesario conocer bien el problema que se pretende resolver.

Realizar nuestra vida en el medio urbano presupone saberse miles de etiquetas. Están en nuestras casas, trabajos, teléfonos, ordenadores, coches, parques, ocio, diversión y todo lo demás. Todo está pensado o pre pensado. Sin etiquetas, la vida en la ciudad sería mucho peor que vivir en la jungla, porque a la evolución aún no le ha dado tiempo para incluir códigos urbanos en el paquete estándar de conocimientos con el que venimos a este mundo.

Ese conjunto de códigos creados por la sociedad requiere, en principio, que exista una coherencia entre ellos, que formen parte de un mismo paquete cognitivo, una misma forma de entender la realidad, aunque sea prefabricada. Es, o debería ser, obvio para cualquiera que piense mínimamente, que esa realidad, no es la Realidad. Pero el hábito de vivir inmerso en ella la convierte fácilmente en una realidad absoluta. Por eso los sociólogos hablan de la “construcción social de la realidad”² y hay “paquetes de realidad construida” (a los que me voy a referir como PRCs) a diferentes escalas.

Esos PRCs empiezan por la familia y la tribu (sean o no urbanas) y pueden extenderse a toda la humanidad, como ocurre con diversos aspectos de la civilización occidental. Conceptos, ideas, palabras, formas de hacer o de entender la realidad se usan unas veces para crear cohesión grupal a distintos niveles y otras para diferenciarse. Por ejemplo, hay tribus que inventan o cambian el significado de algunas palabras para que signifiquen lo contrario que para la tribu vecina. De forma equivalente, hay grupos sociales que recuperan lenguajes poco usados y les añaden palabras de nueva invención para crear identidad y diferenciarse del idioma principal y de las normas establecidas.

Con fines similares, cada día aparecen grupos que se inventan historias como que la Tierra es plana o similares. Hasta un cierto punto, los terraplanistas tienen razón, no hace falta en absoluto tener en cuenta la esfericidad del planeta para decorar una habitación ni construir una casa. Claro que con ese PRC no es fácil de explicar por qué los buques parecen hundirse a medida que se alejan de la costa y ahí los terraplanistas lo tienen mal. En realidad, todos somos terraplanistas respecto a alguna parcela de la realidad. Solo hay que recordar las interpretaciones disparatadas que hicieron en el pasado otras culturas sobre fenómenos que hoy nos parecen obvios. Sin duda, dentro de unos decenios o siglos, se nos verá a nosotros de la misma forma (“Parece mentira que con lo avanzados que estaban a comienzos del siglo XXI pensaran que…”).

El que la Tierra es (aproximadamente) esférica y que damos vueltas alrededor del Sol ya se conocía en la Grecia clásica, si no antes. Luego se dejó de usar ese PRC porque no era de gran utilidad en la vida cotidiana. Hoy todo el mundo presume de saber que el Sol es el centro y tildamos a los antiguos de pobres ignorantes, pero solemos ignorar que el centro de la galaxia es una referencia mucho más importante. No solo lo ignora el público general, también se ignora en muchos campos científicos donde les sería muy útil tenerlo en cuenta.

Funcionamos a base de PRCs y los utilizamos hasta para describir una ameba o las relaciones humanas. La percepción de la realidad y los PRCs, varían con el tiempo y las necesidades. Mientras, la Realidad, la absoluta, sigue y seguirá siendo desconocida, porque nuestro cerebro es lo que es y no da para más.

Los PRCs se estructuran en racimos jerárquicos, y constituyen el marco en el que se desarrolla cada cultura. Lo que se sitúe dentro de esos racimos se acepta como realidad y lo que esté fuera se rechaza. Afortunadamente, esos racimos son dinámicos y se modifican, se crean y descrean constantemente, pero suele haber componentes con vocación de persistencia y algunos duran muchos siglos.

La solución de problemas importantes, como lo son muchos de los ambientales, implicaría modificar PRCs. Para abordar asuntos como el del cambio climático, desde un punto de vista objetivo, habría que modificar sustancialmente muchos PCRs de gran importancia socioeconómica, algo que por ahora es impensable. Además, la percepción grupal cree que fuera de sus PCRs impera el caos y peligra su forma de vida y existencia, por lo que frecuentemente se rechaza la mayor (a no confundir con negacionismos conceptuales). Cuesta mucho esfuerzo mental, mucha lucha, mucho dinero y mucho tiempo, el crear un PRC y socialmente se lo protege, aunque sea contrario a lo que dicte la razón o el sentido común.

Cuando, tras una búsqueda exhaustiva, una sociedad, una cultura, no encuentra solución a sus problemas, es probable que ella misma tenga un problema de rigidez estructural en sus PRCs. Arreglarlo suele ser muy complicado, porque los PRCs están soportados por creencias y por sentimientos muy resilientes a los cambios.

Es poco probable que la salida a los problemas de rigidez estructural pueda surgir de los propios PRCs. Por una parte, está la dificultad “técnica” propia del problema. Por otra, está la incómoda situación en el que el PRC percibe que va a ser sustituido por otro, y se revuelve de igual manera que hace el macho alfa ante la aparición de un joven más fuerte que él. Pero muchas problemáticas, como el cambio climático, no dan opción a enfrentarse o no a ellas porque no veamos o sepamos cómo resolverlas. Están ahí y no van a desaparecer solitas. Llegado a un punto, no queda otra que tratar de mitigar los posibles daños que van a producir.

Tal como yo lo veo ahora, con el paso de los años, la única forma verosímil de abordar los problemas estructurales de los PRCs, es incitar a un número suficiente de individuos a que cambien su actitud y esperar que ese cambio se extienda y transforme los PRCs lo suficiente como para abordar el problema que se trataba de resolver. Algunos cambios de actitud pueden ser propiciados por la psicología social, pero el propio campo de conocimiento pertenece a los PRCs que se pretende cambiar. Se necesitan por tanto tratamientos más de fondo, con formulaciones diferentes, adecuadas no ya a cada sociedad, sino a cada individuo.

A mí se me ocurren dos formas diferentes, aunque tan viejas como la humanidad misma, para propiciar procedimientos que puedan dar lugar a los cambios que se necesitan. Obviamente, me va a llevar un tiempo explicarlas y es de esperar que, en el mejor de los casos, solo interesarán a un pequeño puñado de personas. Si eres una de ellas, te cuento mi ocurrencia, a lo mejor se te ocurre algo al respecto. Si solo te mueve la curiosidad, a lo mejor encuentras en estas líneas una visión diferente que te resulte divertida. Si no eres de ninguno de esos dos tipos y no te mueve ningún interés especial, guarda este artículo por si en algún momento te hace falta. Si no eres humano del género Homo y especie sapiens, entonces es que el resto de este artículo no es para ti y te puedes ahorrar el esfuerzo de leerlo.

(Advertencia: no se aceptarán protestas en caso de que mis palabras no produzcan resultados apreciables, porque no son las palabras las que producen los cambios, sino las acciones).

La primera de las formas para buscar soluciones es muy simple, pero no fácil. Se trata de rebuscar entre las culturas actuales y antiguas que hayan sabido solucionar problemas análogos o similares a lo que se esté considerando. La dificultad mayor está en la actitud de superioridad o inferioridad del que busca. Ante todo, hay que tener en cuenta que los humanos desde hace al menos 40.000 años eran ya igual de inteligentes o estúpidos que los de hoy. Eso por supuesto incluye la sub-premisa de que alguien que esté pidiendo limosna en cualquier rincón del mundo puede ser tan inteligente como un premio Nobel. Tanto el uno como el otro, pueden, o no, tener la clave que buscamos. Es decir, si alguien ha resuelto el problema para el que vamos buscando solución, pues ya está. Venga la solución de donde venga.

El primer lugar donde se me ocurriría mirar es en la naturaleza. Lleva muchos millones de años resolviendo problemas y situaciones; sin embargo, nuestra civilización solo lleva unos pocos siglos. Por ejemplo, un problema ambiental de primer orden es ahora la evacuación de residuos corporales humanos, es decir, la mierda. Si los humanos hubiéramos necesitado el papel higiénico para sobrevivir, hoy no estaríamos aquí. El que se generen atascos como los que afectan frecuentemente las redes de alcantarillado, depuradoras y demás, se debe a que hemos creado un problema donde no lo había. Luego, lo que corresponde, es volver al tablero de diseño y empezar de nuevo.

A ese respecto, conviene recordar que la saliva es un disolvente de gran potencia que viene instalado de fábrica. Conviene también recordar que hoy día muchas culturas no usan papel higiénico y no tienen inodoros con chorritos de agua y aire caliente, música relajante y asientos calefactados. Si hay que resolver el problema de los atascos, convendría darse una vuelta por esos países, ver cómo han resuelto los temas de higiene tras el alivio personal y luego habría que visitar a los psicólogos para ver qué se les ocurre con el fin de convencer a las personas y a la sociedad, de que cambien los hábitos. Nos ahorraríamos cantidades importantes de dinero y muchos problemas.

Por cierto, la mierda vale dinero y mucho. Es un fertilizante natural y ecológico que ayudaría a resolver muchos problemas en el mundo agrario y también en el urbano. Existen propuestas y soluciones, aunque no son fáciles de implementar, pero cosas más difíciles se han abordado y resuelto. El problema, de nuevo, son sobre todo nuestras propias actitudes.

Muchos problemas ambientales de poca y mediana importancia, podrían resolverse con ese tipo de aproximaciones, los importantes no. Así que no queda otro remedio que intentar un camino diferente y menos hollado en nuestra sociedad. Esa aproximación no tiene acceso directo, ni tampoco etiqueta que lo identifique, así que para hablar de ello necesito dar un amplio rodeo.

A diferencia de otros mamíferos, los humanos nacemos a medio gestar y no podemos mantenernos en pie. El asunto parece residir en que nuestro cerebro es mucho mayor que el de los otros, pero el hueco por el que tenemos que pasar al nacer es reducido, así que hay que nacer antes de tiempo. Por otra parte, bastante ya hacen nuestras madres para aguantarnos dentro durante nueve meses.

Nuestro cuerpo está lleno de cables que van y vienen al cerebro. Parece que hay cerca de un millón de kilómetros y llevan corriente eléctrica en forma de iones y no de electrones como los ordenadores³. Con una mezcla de procesos químicos y eléctricos, los cables contribuyen al movimiento de nuestro cuerpo, a las funciones vitales, a las de supervivencia y con lo que sobra, se piensa.

Pese a su utilidad y a la fascinación que nos producen los ordenadores, todavía son unas máquinas primitivas. Si hubiese que construir un robot con capacidades similares a las humanas, tendría que ser enorme para poder transportar su cerebro. El nuestro es una maravilla de concepción y miniaturización, pero su diseño usa aproximaciones diferentes a las que producimos con los paquetes de realidad compartida que ahora usamos. Por ejemplo, cuando queremos hacer un nuevo modelo de ordenador le añadimos chips y cables, sin embargo, cuando queremos aprender algo nuevo, el cerebro desconecta neuronas y simplifica conexiones.

El cerebro crece a una gran velocidad y hacia los cinco años su tamaño es el 90% del de un adulto. A esa edad, una parte importante de las neuronas se han unido entre sí formando una maraña estructurada, con miles o millones de nodos de interconexión. Con mucha frecuencia, hacia los cinco años ya se hacen observaciones de la misma profundidad, o más, que cuando se es adulto. Hay muchos libros escritos con las ocurrencias a esa edad, pero quizá la que más me ha llamado la atención ha sido la de un personaje de cinco años, familiar de un conocido mío, que pregunta: “Mamá, ¿la vida es para siempre?” Es evidente que sabe pensar y que tiene inquietudes como un adulto, lo que le falta es información porque aún no le ha dado tiempo para tener experiencias de la realidad del mundo y de la realidad social.

Para producir “caminos” de pensar o de actuar, para poder reproducir secuencias de pensamientos y acciones con gran eficacia, lo que hacemos es podar conexiones de la maraña y dejar despejadas las vías de conexión. De esa forma, partiendo de una maraña que ya tiene todas las posibilidades, por ejemplo, de hablar cualquier idioma humano, seleccionamos las conexiones, las podamos, para establecer el árbol del idioma que “aprendemos”. Por otra parte, viendo tocar a niños prodigio de ocho o diez años con la maestría de personas de veinte o treinta, da la impresión de que venimos a este mundo con ciertas predisposiciones. En principio, heredadas de los padres, pero no siempre, lo cual plantea incógnitas difíciles de resolver.

A base de podar (aprender) vamos estableciendo las conexiones prácticas que necesitamos como adultos para manejarnos en la sociedad y la cultura que nos toca vivir. Hacia los veintipocos años de edad, el cerebro adquiere su configuración definitiva, aunque todavía siguen creciendo neuronas durante toda la vida, a un ritmo muy lento, y seguimos podando conexiones para seguir aprendiendo mientras estemos vivos.

Desde los siete u ocho años, a base de podas, nos hemos ido especializando para hacernos miembros de un sistema social. La educación también nos poda, aunque generalmente no sabe bien el oficio de jardinero, y no es infrecuente que pode al nivel del cuello, dejando talentos estropeados para toda la vida. Lo peor es que esas podas se hacen para dejar a los nuevos miembros de la sociedad bien igualitos, para que puedan reproducir bien los PRCS al uso, y, en su torpeza, poda conexiones esenciales para la creatividad. Cuando tenemos problemáticas que no sabemos resolver (y que nos empeñamos que sean resueltas dentro de nuestros PRCs), nos encontramos sin recursos.

Esas podas sociales drásticas, muchas veces sin sentido, dejan con frecuencia personas adultas con fuerte frustración. A base de distracciones y evasiones, se pasan muchas vidas dedicadas a repetir una y otra vez las mismas secuencias. En las últimas décadas, hemos creado centenares de forma de evasión de la rutina cotidiana, especialmente en el medio urbano. Cuando llega la vejez, las caras de frustración dominan los paisajes hasta tal punto que mostrar caras de serenidad o satisfacción se convierte casi en una falta de respeto hacia los demás.

Volviendo a la resolución de problemas. Muchas podas son reversibles, posiblemente a cualquier edad, aunque a veces sea una tarea larga y costosa. Volviendo también a los años de podas cruciales y drásticas, quizá dentro del tramo de siete a doce, potencialmente podríamos retomar muchos caminos no recorridos. Algunos puede que se empezaran entonces pero fueron abortados antes de experimentar a dónde conducían. Otros podrían haber sido caminos aceptables en otros contextos culturales pasados, o futuros, propios de culturas que aún no han hecho aparición en la faz del planeta y que, un día u otro, la harán. ¿Por qué no ser una de las personas que lo pongan en uso ahora, o preparen su aparición en un futuro?

Hay grandes diferencias entre haber comenzado un camino a los seis años, o cuando adulto, tanto en la experiencia, como la capacidad de visualizar a dónde conduce, la capacidad de elección consciente o la capacidad de valoración. Todo ello proporciona al adulto una seguridad en los procedimientos que ampliamente compensa las incertidumbres y miedos que pueden producirse al tomar otros rumbos que los definidos por el grupo social. Además, nuevos caminos no implican en absoluto que haya que abandonar otros, sino que son ampliaciones del espacio de libertad como humano, un espacio propio en el que explorar, experimentar y buscar soluciones, dentro y fuera de los PRCs.

¿Cómo revivir ese espacio mental de la niñez donde comienzan todos los caminos potenciales? Pues a veces se produce inesperadamente, cuando se pasa por situaciones vitales importantes. Otras, ocurre de forma insensible, a lo largo del tiempo, sin saber cómo. Pero también es posible que sea fruto de intentar recordar conscientemente aquella época de la infancia.

Cualquier recuerdo de aquellos años sirve para empezar. Se puede dedicar algunos momentos del día para intensificar la señal del recuerdo hasta que vuelva a tener la sensación de algo real. A partir de ahí, explorar, un poco más hacia delante en tiempo, o un poco más hacia atrás, para intentar familiarizase de nuevo con aquel espacio-temporal mental. Manteniendo la dualidad mente-de-adulto/mente-de-niño, quizá aparezca algún indicio de camino, o de cuándo dejaste un camino que empezaste a recorrer y ahora ves que necesitas recorrerlo antes de dejar este planeta. Esa exploración es, potencialmente, una vía de realización del significado de la existencia, en el campo de lo individual.

Quizá con ese procedimiento podríamos encontrar las soluciones que necesitamos, o quizá no. Pero lo que es seguro es que, si hubiese un número suficiente de personas que se pusiesen a recordar esos momentos críticos de la infancia y de la vida donde empiezan todos los caminos, los actuales PRCs darían paso, de forma insensible y sin traumatismos, a otros PRCs más aptos para lidiar con los problemas que esta cultura y civilización han originado.  Marcarían además nuevos caminos de avance para la humanidad. Mientras, las soluciones aguardan todo el tiempo en nuestros cerebros, deseando que las desenmarañanemos, a base de podarlos conscientemente.


 

1. El articulista de hoy fue miembro de la delegación española que participó en los tres primeros años del IPCC (el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático de las Naciones Unidas), también integró el Comité Directivo y en el Grupo de Respuestas Estratégicas. Actualmente realiza investigaciones sobre análisis automático de la circulación general atmosférica por medio de imágenes satelitales.

2. Berger, P. L. and T. Luckmann (1966), The Social Construction of Reality: A Treatise in the Sociology of Knowledge. (Publicado en español por Amorrotur desde 1968 hasta la actualidad).

3.  Sally Adee. (2023). We Are Electric.

 

Nota. Ambiente: Situación y retos es un espacio de El Nacional, coordinado por Pablo Kaplún Hirsz

Email: [email protected], www.movimientoser.wordpress.com


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