Pina Bausch. Café Müller

Hace 40 años Pina Bausch bailó con su compañía por primera y única vez en Venezuela. La temporada realizada el 9 y 10 de agosto de 1980 en el Teatro Nacional de Caracas, permanece todavía  hoy como un acontecimiento memorable.

En ese momento, la bailarina alemana vivía los momentos iniciales de su carrera como coreógrafa, que la llevaría a obtener reconocimiento mundial. Discípula de Kurt Jooss, padre de la danza expresionista, e ideóloga del tanztheater, concepción  escénica por ella  universalizada.

Al frente del Tanztheater Wuppertalt, llegó para ofrecer las evidencias del gesto corporal orgánico y violento que en ese tiempo originario indagaba. Dos de las obras iniciáticas de Bausch que se convertirían en muy altas referencias de la nueva danza expresionista, La Consagración de la primavera y Café Müller, se vieron en el escenario de la esquina de Cipreses causando conmoción.

En La consagración de la primavera, el rito estacionario se cumplía bajo impulsos telúricos. Sobre la tierra húmeda se galvanizaban cuerpos y se procedía a la ofrenda a la volcánica naturaleza. La acción solista de la Elegida conducía a la convulsión, el éxtasis y el desvanecimiento. El impulso gregario que originaban las acciones colectivas, se tornaban explosivamente individuales.

A su vez, en Café Müller los recuerdos de una infancia signada por solitarias horas de introspección, determinaban la reconstrucción de un espacio social, íntimo y cerrado, de violenta incomunicación e inevitable desconsuelo. Bausch deambulaba desorientada dando vida a una perturbadora sonámbula, testigo vivencial de encuentros y desencuentros incesantes y dolorosos.

También se escenificaron las obras La segunda primavera y Patio de contacto, en las que la creadora profundizaba en su universo de seres desolados y sin posibilidades de redención.

La consagración de la primavera

Raimon Hoghe, por mucho tiempo dramaturgo de cabecera de Bausch, analizó en el libro Pina Bausch. Historias de teatro danza (1989), los particulares procesos comunicativos de la irreductible bailarina. “Un  rasgo que aparece recurrentemente en sus obras es el intento del individuo por luchar por lo efímero de las palabras y de las imágenes, de las situaciones y las experiencias, y de afirmarse en una realidad que a menudo se le escapa”.  Sus personajes, de acuerdo con este postulado, intentan alcanzar seguridad en medio de un ámbito inestable.

La de Hoghe constituye una indagación de la cotidianidad de Pina, la directora, normalmente enmarcada dentro de un salón de ensayos y rodeada de bailarines. La comunicación operaba entonces a través de la identificación y la complicidad de emociones y ademanes, así como de manifestaciones estéticas corpóreas.

El autor analiza la fuerte inclinación de la coreógrafa por el espíritu dionisíaco en la creación, la necesidad de percibir la fuerza del torrente desde adentro y no desde una dimensión lejana e ideal. “Nunca digo, este es el escenario y aquí hay que representar la obra. El entorno se va creando a medida que prosperan los procesos de ensayo. Me gusta que aparezcan en el escenario cosas tan reales como la tierra, la hojarasca o el agua”.

Hay mucho de infantil en el teatro de Bausch. La clave se halla en su propia voz. “Hay cosas que sólo las podemos hacer cuando somos niños: chapotear en el agua, ensuciarnos, pintarse, jugar. Es estupendo que se puedan hacer estas cosas, a lo grande, en el escenario”.

La más celebre coreógrafa de la segunda mitad del siglo XX -que el pasado mes de julio hubiera cumplido 80 años- nunca se sintió feminista. “Al oír la palabra feminismo, me refugio, como un caracol, en mi caparazón”. Sus mujeres, en este sentido, son intensas y extraviadas, estoicas y vulneradas.

Las palabras no se hicieron  para Pina Bausch. Únicamente el gesto corporal lograba expresarla profunda y plenamente. Su verbo preciso solo era emitido en el momento justo y en las circunstancias necesarias. La brevedad en el hablar evidenciaba, además de su parquedad, la introspección de la que surgía su movimiento.  “Nunca me planteé nada, no hubo teorías. Solo quería bailar”.

Pina Bausch en el Teatro Nacional de Caracas

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