En Venezuela se sigue sintiendo la falta de institucionalidad en la vida política. Sin duda alguna, este hecho es un fiel reflejo del poder establecido que ejerce una perversa pedagogía sobre todas y cada una de las organizaciones del país, lo que incluye a la propia oposición. No hay una normativa que oriente y ordene, sino una anomia generalizada y destructiva. Esta situación genera la inexistencia de instancias colegiadas para decidir y evitar la arbitrariedad y el capricho de los seudolíderes que son, en la realidad, quienes se imponen.

Por supuesto, todo ha de depender de la suerte personal del dirigente dominante, de sus caprichos, manías y hasta de sus estados de ánimo. Confunde su mismísima biografía con la del partido, asociacióno gremio que tenga a bien conduzca. Sus gustos personalísimos son compartidos, por ejemplo, la amistad con sus familiares, sus compañeros, compatriotas o miembros de la asociación, partido o gremio al que pertenecen dando toda una garantía para el ascenso. La personalización radical de la vida política es el aporte que Chávez realizó a nuestras descomposiciones cívicas.

Esta personalización de la política -como se ha manejado en Venezuela- se tradujo en la desinstitucionalización del mismo Estado. Así fue planificado desde La Habana, aunque teníamos algunas secuelas de décadas anteriores. Esto ocurre en cualquier ámbito. Obviamente, genera desconfianza, banaliza todo compromiso y destruye la confianza ciudadana en el cambio y en una salida pronta de este mal gobierno que nos ha destruido por más de 20 años, inclusive nos ha despojado hasta de la autoestima. Como consecuencia, la política se hace intrascendente, circunstancial y efímera al apostar sólo por la inmediatez.

Los más recientes estudios de opinión, así lo corroboran, La ciudadanía pierde toda referencia de sí y anda tras un hombre a caballo, como ocurrió en el siglo XIX, El salvador de la patria o un nuevo libertador, como lo intentó manejar este régimen con el difunto Chávez. Una democracia totalmente demagógica, basada en la persuasión que pueda despertar el discurso del líder. Se niega al esfuerzo político creador y compartido, apostando por la figura que pueda engancharla para así desactivarla como agente de la transformación social que cada vez es más urgente.

Debemos hacer cambios en la forma como personalizamos la política, haciéndola más asertiva, para evitar la separación del ciudadano y retomar la credibilidad y legitimación de las organizaciones políticas, que se han dedicado más a su interés propio y rédito electoral, dejando a un lado sus fundamentos. De esta manera, recuperaremos una verdadera institucionalidad que nos llevará a recuperar y fortalecer nuestra democracia. Una democracia que ha insistido, resistido y persistido a pesar de los embates de los individualismos cuyo objetivo ha sido y siempre será su destrucción.

@freddyamarcano


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