Cuando un país se aleja de la legalidad va, inexorablemente, camino a la anarquía. Eso es lo que se ve en Venezuela. Un país manejado con base en caprichos, donde la Constitución termina siendo un estropajo que solo es citada cuando se quiere hacer referencia a la “gesta constituyentista” que antojadizamente organizó Chávez en 1999, saltándose a la torera todas las normas legales que eran de obligatoria observancia. “La ley soy yo”, hacía ver Chávez, como también en todos esos dictadorzuelos como Maduro, para quienes los circuitos jurídicos son un fastidio y un estorbo para sus pretensiones continuistas. Por eso todos terminan haciendo lo mismo: modifican esas leyes “a su leal saber y entender”. Montan parapetos institucionales para darle apariencia de legalidad a los fajos de artículos que redactan y aprueban en sus asambleas paralelas.

También instalan sus economías paralelas. Conciben presupuestos en la opacidad. Montañas de recursos financieros que administran entre tinieblas, sin rendirle cuentas a nadie, sin tener que respetar linderos legales que limitan la discrecionalidad a la hora de disponer de los dineros del Estado. “Nada de eso va con las revoluciones”. Por eso tienen sus propios fondos o fundaciones en los que ingresan cuantiosas sumas de dinero de diferentes monedas en circulación. El pretexto para descomunal arbitrariedad es que para poder satisfacer “las necesidades del pueblo” hay que proceder partiendo de la premisa de  que “el Estado soy yo”, como también hacía sentir Chávez. De allí que regalar, robar o malbaratar el dinero de los venezolanos era legal, simplemente porque así lo determinaba el propio depredador de los recursos públicos.

Las fuentes de ingresos también tienen su paralelismo. Ya no son solamente las divisas que ingresan por concepto de la venta del petróleo. Ahora están también las corrientes que arrastran los “cocadólares”. Ese torrente de dinero sucio es lavado en operaciones de legitimación de capitales, al igual que hacen con los recursos acumulados después de saquear instituciones públicas con negociados fraudulentos, como los que consuman con los bonos o papeles de la corrupción soportados en ese perverso dólar paralelo que diseñaron en eso que se llamó Cadivi. También están las ganancias derivadas del contrabando de gasolina, oro y otros bienes que se les escamotean a los venezolanos.

En materia de seguridad funcionan los colectivos que son parapolicías con tareas muy específicas, como linchar, perseguir, asaltar o asesinar a disidentes. Otra herramienta paralela es el ejército que funciona en las instalaciones militares llamadas milicias. Para no hablar en detalles de las Fuerzas Armadas paralelas de alcance internacional, como las FARC, el ELN o los núcleos del terrorismo representados por Hezbolá.

Hay una red de gobiernos paralelos, por ejemplo, para asignar o expropiar fincas, hatos, agropecuarias, joyerías o inmuebles como centros comerciales. También existen los pranatos, suerte de gobierno paralelo en las cárceles del país. Lo cierto es que tienen órganos paralelos para dictar sentencias en nombre de la revolución. Mención especial merecen los tribunales populares donde deciden a quién ejecutan con las brigadas de la Operación de Liberación Popular, que, según datos de la ex presidente Bachelet, se llevaron por delante en los últimos años a más de 7.300 vidas. A la OEA no le podía faltar su ente paralelo, por eso nació, en 1990, el Foro de Sao Paulo.

Las élites de la revolución tienen también sus privilegios paralelos. Así vemos que cuentan con viviendas “bien equipadas” en los terrenos del Fuerte Tiuna o se compran áreas completas en urbanizaciones que nada tienen que ver con las humildes moradas de El Valle o de La Vega, en donde no hay agua, ni luz, ni gas, ni seguridad. También cuentan con una red de bodegones donde pueden comprar exquisiteces con sus propias divisas, porque para los pobres está el CLAP y punto. Y ni hablar de las clínicas que están disponibles para los jerarcas de la revolución, tanto en el país como en el resto del mundo. ¡Ni Chávez se quería operar en Venezuela! Por eso para los pobres están los módulos de Barrio Adentro, en donde lo que hay son pastillitas multiuso. Ah, también acabaron con las pólizas de seguro HCM que la democracia les garantizaba a los trabajadores del país.

Por todo eso es que Maduro y sus acólitos se aferran al gobierno paralelo de la usurpación, que no es otra cosa que una narcotiranía.


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