A principios del siglo pasado, las casas estaban concebidas, para poder ingresar en ellas, con portón y anteportón. En medio los separaba un corto pasillo divisorio conocido como zaguán, que funcionaba como una especie de sala de espera. Allí, en ese zaguán, en sentido figurado naturalmente, se encuentra la oposición venezolana a la espera de que los ganapanes del régimen decidan darle paso como si fueran gente que juega limpio. En ese lugar, la oposición hoy día está inmóvil, encerrada entre la incertidumbre y la angustiante espera de millones de compatriotas que quieren echar la puerta que les cierra el paso hacia la libertad y acceder al siglo XXI, aunque sea veinte años después.

Es el caso que hay dentro de los partidos políticos y la sociedad civil la convicción sensata de que, sin la ayuda extranjera, de la comunidad internacional, será  una labor prácticamente imposible derribar el muro que sostienen los organismos armados del régimen. Los militares, hasta ahora, siguen siendo un sostén de acero que cierra todos los flancos para el avance. Si su incondicionalidad no fuera tanta, casi perruna, Nicolás Maduro no hubiera viajado a Rusia, ni Cabello a Corea del Norte, ni Delcy Rodríguez hubiera tomado el avión para asistir a la reunión extraordinaria de la ONU en Estados Unidos. Es de hacer notar que todos partieron al mismo tiempo.  Esto es una manera de ejemplificar en pocas líneas que las esperanzas de que se respete la Constitución por solicitud de la Fuerza Armada es remota.

¿Qué hacer frente a este panorama? La unidad sigue siendo cada vez más imprescindible, como, por ejemplo, la unidad entre los diferentes partidos políticos, la sociedad civil y diputados a la Asamblea Nacional. Pero en aras de la unidad no es conveniente recoger los despojos que sobrepasaron los límites de lo lícito o tolerable; es preferible entonces ubicarlos en las antípodas que sirven de asiento a los destructores del país. Por supuesto, la iniciativa de Colombia que, con el apoyo de Brasil y Estados Unidos, aprobaron en la Organización de Estados Americanos, la activación del Tratado Interamericano de Asistencia Recíproca (TIAR), es esencial. Del mismo modo, el apoyo irrestricto al actual presidente encargado Juan Guaidó, quien tiene soporte holgado de la evidente mayoría de los venezolanos. Elemental, no dar un solo paso si previamente no está convenido con los países que han hecho causa común con los factores democráticos nacionales. Si a todos estos puntos le sumamos los guarismos de la empresa Datanálisis de la semana pasada, en los que aparece Nicolás Maduro con 93% de rechazo, pues ciertamente se está cerca de traspasar el zaguán; es decir, se oirán los golpes de los nudillos o artejos.  O, como días atrás apuntaba Moisés Naím: “No digo que el quiebre sea inminente, pero la estructura de poder en Venezuela es insostenible”.

De manera que podemos rematar afirmando que el régimen usurpador de Nicolás Maduro tiene tiempo determinado, aunque a veces diera la impresión de lo contrario.  Total, un país infortunadamente sin futuro y de grandes carencias no puede perdurar por mucho tiempo más en manos de los que han destruido lo levantado en los períodos democráticos.  La finitud y el peso de la barbarie, la corrupción, partirán la tierra para sepultar al régimen y el socialismo, es la gigantesca tarea pendiente de la que no solamente Juan Guaidó es responsable…

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