Curiosa la interrogante que encabeza estas líneas, pudiera calificarse de innecesaria puesto que la vida, incansablemente, está en cada uno de nosotros haciéndonos tan grata compañía, y, por ello, en deuda estamos con ella. El vocablo vida es una de las más frecuentes expresiones que a diario manejamos en las conversaciones  familiares y con allegados.

Hace algún tiempo escribimos un artículo sobre el mismo tema, pero como la  materia es inagotable volvemos hoy buscando el surco. Esa palabra vida al igual que la de Dios son dos de las más bellas expresiones que, incansablemente, trajinamos en nuestros consecuentes diálogos. ¿Por qué lo hacemos? La palabra vida porque la sentimos, la poseemos desde su advenimiento. Guardamos con ella interdependencia, razón por la cual creemos que la conocemos muy bien; y, como tanto la amamos, no queremos que nos abandone, y cuando se vaya, se nos hará absolutamente imposible estar sin ella, ya no habrá nada que hacer, hasta aquí hemos llegado, se cierra el camino terrenal y, sin voluntad nuestra, pasamos el puente. Y la palabra Dios, porque él es nuestro gran protector, sentimos su compañía, nunca nos abandona y nosotros espiritualmente confiados acudimos siempre a él, y percibimos que nos escucha. ¡Qué grande y misericordioso es Dios! Siempre le expresamos nuestra gratitud. Gracias a Dios. La insistencia en nombrarlo obedece no a la costumbre sino por la fe que profesamos.

El divino y preciado don de la vida es sagrado, hechura del Creador y lo poseemos desde nuestro nacimiento. Con este simple hecho los seres humanos adquirimos algo que es esencial para la actuación como ciudadanos: la personalidad jurídica, y esta, a su vez, nos confiere la dignidad humana que debe ser respetada y protegida por todos, sobre todo por el Estado. Gracias a esa dignidad las personas contamos con la capacidad civil para ejercer los derechos y asumir las obligaciones propias de nuestra vida en común.

Saludamos el nacimiento como una liberación, como el escape de una oscura prisión hacia la luz pública, hacia la libertad. Esta libertad no ha de ser solo física, sino mental y espiritual, a la cual debemos defender y jamás renunciar. Ello implica la libertad de pensamiento, de acción y de conciencia; son, pues, derechos naturales muy humanos y jurídicos, consagrados en el Derecho, que el Estado y todas las autoridades están obligados no solo a respetar, sino también a protegerlos y defenderlos. Contamos, así, con la libre facultad para estudiar y prepararnos de acuerdo con nuestras aptitudes y preferencias, y elegir la  actividad laboral que nos plazca. Y, ¿por qué no a formar nuestro propio patrimonio?

Pero, volviendo a la interrogante inicial. Ninguno de nosotros solicitó la vida, generosamente se nos concedió; fue un misterioso e invalorable bien obtenido sin costo alguno. Entonces nacimos endeudados, razón por la cual tenemos la obligación moral de saldar esa deuda. Y, ¿quiénes son los acreedores? Muchos. Debemos tomar conciencia de que es imperativo justificar nuestro paso por la vida. Nuestra existencia no puede pasar como árbol sin fruto. Afortunadamente, gracias a la capacidad intelectual, a la fuerza de voluntad y a la perseverancia con las cuales contamos, debemos sentir la necesidad y la obligación de corresponder, haciendo aportes a la sociedad, a nuestros congéneres, a la humanidad, a la madre naturaleza que tan amorosamente nos ha cobijado. Como tras la vida de los seres humanos quedan sus ejecutorias, estamos endeudados con nuestros predecesores. Ellos nos legaron la ciencia, la filosofía, las artes, las obras literarias, las comunicaciones, la tecnología y los inventos.

Entonces, la vida no debe pasar en vano, no debemos malgastarla. Sí emplearla en el cumplimiento responsable de obligaciones y con el buen comportamiento ciudadano. Todo lo cual integra o envuelve un contenido pedagógico trascendente y con efectos multiplicadores. Es una gran enseñanza, una cátedra de pedagogía para el futuro, tan útil como los inventos. Debemos, pues, conducir nuestra existencia a abrir y alumbrar caminos, a servir.

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