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La unidad entre los actores políticos de oposición al régimen imperante ha sido accidental en el tiempo, resultado inacabado de un esfuerzo integrador que en ocasiones ha mostrado fortalezas y debilidades, también aciertos sin duda mejorables y que hoy por hoy sigue teniendo reflejos de actualidad –el afán declarado por quienes se dicen convencidos de su pertinencia–, aunque algunos ya comienzan a considerarla innecesaria e inútil a la finalidad que les mueve. Para nosotros el poder político –como bien recordaba Ramón J. Velásquez– siempre será el producto de un conjunto de alianzas y de acuerdos entre los diversos sectores que integran un país, por lo cual toda pretensión unificadora de criterios y voluntades será invariablemente oportuna en cualquier circunstancia.

La diversidad del pensamiento político es una realidad inexorable que, sin embargo, no es óbice para que los actores identifiquen puntos de encuentro, que sin ninguna duda los hay; nadie ha dicho que deben discurrir al unísono desde el punto de vista ideológico ni que su marcha hacia el ejercicio del poder público forma parte de un todo indivisible. Obviamente, el factor aglutinante de los actores políticos –a pesar de sus diferencias– tiene que ser el espíritu democrático y los valores de la ilustración que sostienen la República civil. Es allí donde adquiere sentido práctico la unidad interior llamada a presionar –con el apoyo de la comunidad de naciones– la salida del régimen que ha conculcado esos valores fundamentales. Y para ello sigue siendo imprescindible el gran acuerdo entre todos los sectores de la vida venezolana –incluido el chavismo verdaderamente dispuesto a cumplir con la Constitución y leyes vigentes, tal como hemos dicho más de una vez en este mismo espacio–.

Pero vayamos al fondo de esta discusión. Las maneras de pensar y de actuar, tanto como los niveles de educación formal, la pertenencia a determinados estratos sociales y los sentimientos fraguados en los individuos que integran una nación establecida, describen modos de ser característicos que a pesar de las diferencias que se puedan apuntar, coexisten razonablemente en un momento dado, igualmente coinciden en muchos temas. Hablamos de nuestra naturaleza humana al referir esos elementos diferenciadores que hacen de cualquier individuo un ser único, distinto a los demás, que tiene su propia manera de actuar y de razonar, así como sus personales instintos, sentimientos y emociones. Cada cual interpreta y valora su situación individual y a partir de allí desdobla sus nociones de libertad, también sus creencias políticas y religiosas. Nos aproximamos pues al comportamiento humano relacionado a factores sociales, culturales y hereditarios que no podemos cambiar.

La reflexión o consideración detenida y profunda de cualquier materia del conocimiento, es para Teilhard de Chardin “…el poder adquirido por una consciencia de replegarse sobre sí misma y de tomar posesión de sí misma como de un objeto dotado de su consistencia y de su valor particular; no ya solo conocer, sino conocerse; no ya solo saber, sino saber que sabe…”. La autorrealización podría ser resultante de itinerarios sucesivos de vida interior –la meditación que convida a la imaginación, a la creatividad, al sentido común–. Aristóteles habla del impulso natural del hombre para vivir en sociedad, para mejorar y ampliar conocimientos, para alcanzar la felicidad. Todo indica que el ser humano persigue aquella finalidad que le resulta útil a sus aspiraciones. El hombre busca su gloria y la admiración de sus semejantes –nos dice Hobbes al hablar de la naturaleza humana–, también el placer que le confiere el poder ejercido sobre los demás. Kant se centra en la razón como medio para llegar al conocimiento; el hombre es capaz de estructurar sus deseos mundanos al igual que sus obligaciones morales. De todo esto y algo más derivan las pasiones, actuaciones y posturas que observamos en los hombres y mujeres de nuestros días aciagos; con eso tenemos que trabajar, apelando a la comprensión de las posibilidades y de las particularidades que estamos viviendo en Venezuela.

Si el liderazgo político es capaz de identificar como objetivo compartido “forzar” al régimen a una salida aceptable de su ejercicio del poder público –necesariamente negociada, tarde o temprano, para lo cual será inevitable ceder en radicalismos y probablemente convenir vías de escape–, la reinstitucionalización del país y el pleno restablecimiento del Estado de Derecho dejaría de ser una entelequia para quienes ya no creen en convocatorias, tampoco en nuevas ofertas ni en propósitos de enmienda de aquellos que de manera reiterada han sido inconsecuentes con el empuje del ciudadano –no olvidemos las multitudinarias marchas de respaldo y el sacrificio de vidas humanas de los últimos lustros–. Obviamente, hay excepciones dentro del liderazgo opositor, esto es, comparecencias valientes y honestas, aunque hasta ahora dotadas de insuficientes medios para imponer una tendencia; cabe sin embargo reconocerles –y agradecerles– su tesón y espíritu de lucha.

Restablecer la confianza del ciudadano común exige ese paso firme hacia la unidad de propósito, una manera de enjugar las dudas y sospechas que se ciernen sobre el liderazgo opositor en su conjunto, aunque haya en él honrosas excepciones, como hemos dicho. Estamos persuadidos de que el electorado y la comunidad de naciones quisieran ver a los líderes opositores del presente venezolano, articulando un acuerdo unificador de voluntades, conceptos y acciones conducentes a la recuperación del país; en la unión está la fuerza, sin duda, en tanto que las jugadas individuales producen desgaste y restan eficacia a la actuación. Precisamente para eso es la unidad del liderazgo mayoritario –quede claro que no es posible alcanzarla en términos absolutos, tampoco para todas y cada una de las causas que motivan a sus integrantes–. Hágase pues la reflexión; Venezuela clama por una acción contundente, pronta y definitiva que le devuelva la soberanía nacional.


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