Horacio Biord Castillo

Hoy pienso más las palabras. El pensamiento es como contrapeso del poder y de la sociedad. Aquel tiende a volverse perverso y esta a aletargarse. En todo caso, lo más importante es el desarrollo de la conciencia; para lo cual la lectura es decisiva”.

                                                                                                   Rafael Cadenas

En la presente fecha, como siempre, nos sentimos orgullosos y satisfechos de rememorar a todos quienes utilizan el castellano-español para sus respectivas producciones literarias y en sus distintos actos de habla.

Hemos venido aprendiendo –porque se nos vuelve indetenible este hermoso proceso—que los libros son objetos mágicos; que nos permiten ensanchar la imaginación.

Con seguridad coincidimos que leer no es únicamente” consumir” o desmontar signos lingüísticos; sino crear, elucidar, proponer, recomponer; y como un hecho curioso, a menudo somos los lectores quienes le revelamos a los autores qué fue lo que en realidad escribieron; cuán densa o superficial es su aporte escritural.

Aunque, no toda lámpara tiene su genio; de lo que sí estamos seguros es que lo que brota también depende del espíritu, la mentalidad y las sensibilidades de quien fricciona el candil. De quien se involucra en los textos con devoción.

Cuando nos disponemos a leer – a restregar al faro— para desafiar al genio estructurado de palabras que allí se aloja, nos abandonamos a la multiplicidad de inquietudes de la mente, y accedemos a concentrarnos; a seguir el curso de una idea, de una argumentación; a confrontarla con nuestras propias consideraciones.

Hay libros que ayudan a acrisolar miradas de los hechos. Hallamos párrafos, descriptores de la realidad, que nos reinstalan en elusivas situaciones. Hay obras literarias que nacen para ser vividas.

Miguel de Cervantes –quien se despidió tal día, como hoy– pudo haber creído, quizás, que estaba contando apenas una fábula divertida de un hombre que enloquece, después de devorar muchos libros; y que se lanza a vivir aventuras, que solo ocurren en su imaginación. Sin embargo, cada vez que hacemos relecturas del Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha encontramos en sus páginas toda clase de enseñanzas; redescubrimos en la hermosa literatura renacentista española del siglo XVII uno de los más complejos retratos de la humanidad.

Escritores y lectores nos estamos haciendo siempre la misma pregunta: ¿quién decide lo que conviene leer, y quién lee para pensar y decidir?

José Balza, elogiado Individuo de Número de la Academia de la Lengua, es considerado en la actualidad el más destacado y legítimo representante de la narrativa latinoamericana, señala:” El crítico es un lector natural superior; es más, necesita serlo durante un largo período o intermitentemente durante su vida. De esa forma, la escritura de los otros se vuelve parte de su metabolismo. No hay crítico sin un vasto pasado literario…”

En el libro de mi autoría Hombres en la historia contemporánea del Delta, Balza nos explica que siempre ha sido muy disciplinado para escribir; que lo asume como un grado de sacerdocio con la vida y la belleza. Se atreve a enjuiciar de este modo: el lenguaje no perdona; o te hace decir tonterías, o te lleva a lo más hondo de la realidad de las personas.

Según nos ha detallado, él escribe en horas de la mañana; no obstante, puede sentir el eco de algo, un suceso, cosas que comentan; y entonces, obedece de inmediato al llamado. Se pone a trabajar donde quiera que se encuentre; para lo cual hace uso de una servilleta, un cuaderno, la tableta.

Nos confiesa que todavía dibuja; por lo que le encanta viajar con lápices, pinceles y una acuarela.

Suficientes críticos literarios han advertido que Balza se ha hecho tan versátil y prolijo que ha llegado el momento de estudiar la narratología balziana por etapas, géneros, giros estructurantes, contenidos referenciales, motivaciones. Valga decir que su corpus de expresividades literarias ha construido –en sí misma– una cartografía multiforme.

Con idéntico propósito, destacamos al admirado doctor en historia Horacio Biord Castillo, quien se nos proyecta y materializa, por su extensa obra a lo largo de muchos años y circunstancias, como un venezolano excepcional; además, por su paciencia impregnada de la grandeza del sabio, que no llega jamás a barruntar a nadie con odiosa erudición; contrariamente, le apasiona aprender de todo – de todos—y a cada instante.

La dinámica de su vida intelectual está signada por la constante y fecunda interlocución; porque está consciente que constituye una vía expedita para dar y recibir conocimientos. Comporta una densa lección para el aprendizaje societal cada reflexión del actual presidente de la Academia Venezolana de la Lengua: “…El buen decir es el decir no necesariamente complaciente, pero sí adecuado al momento y las circunstancias, a los contertulios y su perspectiva contextual, a sus historias. No es buen decir el decir de manera atolondrada, sin parar, sin discurrir, sin meditar. A veces, aunque parezca paradójico, es mejor callar que insultar, mejor callar que decir sandeces o rebajar de tales maneras la condición del hablante, del entorno, la majestad de las instituciones y de los cargos.”

Me ha dicho en reiteradas ocasiones el licenciado en Letras Biord Castillo que le ha tocado recorrer gran parte del país y ha notado ciertos fenómenos lingüísticos que antes pensaba que eran muchísimo más confinados a ciertas regiones, y ahora percibe y analiza que no, que son sumamente amplios. Y que están relacionados con pobreza, exclusión, marginalidad y educación que no es de calidad.

Se pregunta y nos interpela con la siguiente interrogante: ¿qué haremos ante tal fenómeno?

Coincidimos en que, como él lo sostiene: “Es necesario llegar hasta los estratos sociales menos favorecidos e incidir en la optimización del uso del español como la lengua mayoritaria del país. Si no, los problemas que hoy observamos se acrecentarán y no habrá solución a injustas situaciones de opresión social e inequidades”.

Cada ejercicio crítico-reflexivo suyo va precedido de enjundiosas argumentaciones.

Hoy se reafirma con propiedad –en nuestra comunidad de hispanohablantes– que hay un lazo indesligable entre el libro y la historia de la humanidad. Uno y otro se entrecruzan como engranaje efectivo para la   transmisión de valores y saberes; para la recreación, la expresión estética y el goce imaginativo de las diferentes civilizaciones.

 

 

 


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