En medio de la pandemia, somos peones de la guerra de la gran prensa tarifada y “Big Techs” con psicopoder incontrolable, en donde la verdad se fragmenta y refunde en macro y microintereses económicos y políticos, y la razón se obnubila en el torbellino de la pasión ideológica. Pero otra realidad concreta, dura y preocupante ronda en estos albores de 2021.

Submarinos y portaviones

Hace pocos días entraron al mar Rojo dos submarinos nucleares de Estados Unidos e Israel, mientras bombarderos B-52 escoltados por cazas sauditas sobrevolaron el golfo Pérsico y el portaviones nuclear Nimitz con su grupo de choque, con rumbo hacia Taiwán, fue devuelto a vigilar los mares Rojo y Arábigo, y los golfos Pérsico y de Omán. Este despliegue aeronaval es una advertencia a Irán que continúa escalando su chantaje nuclear. Y esa teocracia revolucionaria iraní tiene al otro lado del mundo, cerca de Estados Unidos, una excelente plataforma de operaciones: Venezuela.

A menos de tres horas de vuelo de Irán, en la franja de Gaza, 12 diferentes organizaciones terroristas realizaron por primera vez un ejercicio militar conjunto. Durante 12 horas se prepararon para enfrentar a Israel, al tiempo que enviaron al mundo musulmán extremista, un mensaje de solidaridad, coordinación y unión. Fuera de ese Oriente Medio, Hezbolá tiene como principal centro operacional extracontinental a Venezuela.

También por estos días, dos destructores de misiles guiados norteamericanos transitaron por el estrecho de Taiwán, en lo que China consideró una “provocación” contra su “soberanía nacional” e “integridad territorial” reaccionando además con sobrevuelo de sus aviones de guerra y patrullajes de vigilancia de su flota. El Ejército Popular de Liberación chino ha realizado tres gigantescos ejercicios aeronavales, proclamando soberanía sobre las islas Paracel, que también son reclamadas por Taiwán y Vietnam. En Venezuela, Pekín dota de aviones cazas, carros anfibios, misiles antibuques, blindados para el combate urbano, radares y satélites a la Fuerza Armada Nacional Bolivariana.

Incendios y piedras

Mientras el Pentágono y sus aliados mueven bombarderos, portaviones y submarinos nucleares al Oriente Medio y al Pacífico –el poder está en el control del mar–,  en tierra, en casa, las cosas no marchan tan bien como quisiéramos.  Aunque una cosa es Washington y otra Guatemala, la turba que invadió el Congreso  de Estados Unidos no se compara con la acción similar en el edificio del Congreso guatemalteco, cuando el pasado noviembre enardecidos revoltosos cansados de la corrupción y el cinismo de sus congresistas incendiaron las instalaciones legislativas.  En Venezuela, en Miraflores, un camarero con 19 años de servicio directo a la presidencia fue capturado con 20 gramos de explosivo C4, “11 detonadores no eléctricos; 2 detonadores engargolados y una mecha de seguridad de un metro 162cm”, informó un medio progubernamental. El optimismo, muy escurrido por estos días, nos hace pensar si esto es otro montaje para justificar una purga en las debilitadas filas castrenses o si es una luz de esperanza. En Chile la violencia urbana no cesa y las etnias mapuches, entrenadas por las FARC, remedan las “repúblicas independientes” colombianas. Y el narcotráfico permanece en apogeo en toda la región.

La protesta social está a flor de piel a lo largo del continente, amainada forzosamente por la pandemia, pero presta a brotar a la mínima oportunidad, aunque el virus puede llevarnos a un agotamiento tal, que no nos queden fuerzas sino para sobrevivir. Si la mayoría de analistas coinciden en que el más grande perdedor con la pandemia será el Oriente Medio, no hay ninguna duda que el segundo lugar lo ocupará Latinoamérica. Ahora que llega Biden, que dicen recompondrá las relaciones con China, Rusia e Irán y es probable que se consolide el poder de facto del madurismo, con el apoyo de Pekín, Moscú y Teherán quienes, a pesar de la pandemia, siguen con sus juegos duros militares en los mares del mundo.


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