Frente al poderío militar y represor del gobierno de entonces, 1957 fue un año caracterizado por un progresivo convencimiento nacional sobre el peligro de la perpetuación del régimen, y por la sucesión valiente de proclamas, posturas públicas y definiciones políticas. Se vivía una época, como la actual, signada por el miedo.

El régimen había convertido al terror en su herramienta privilegiada de control social. Decenas de líderes políticos, sindicales y estudiantiles habían sido asesinados, mientras otros centenares sobrevivían en el exilio o en las tenebrosas cárceles de la dictadura. La gente temía siquiera abrir la boca, ante el temor a ser delatados por no pensar como el régimen. Sin embargo, ese año los liderazgos políticos, religiosos y sociales, a pesar de sus diferencias, conformaron una Unidad de propósitos que hizo imposible materializar los planes continuistas de los opresores de aquel momento.

Esa Unidad fue la que permitió además atajar y combatir el desánimo de algunos ante el fraudulento triunfo de la dictadura en el ilegal plebiscito de diciembre de 1957. En ese evento, el oficialista Consejo Electoral anunció que 87% de los venezolanos habría dicho “Sí” a la continuación del régimen, cifra que por supuesto nadie creyó. Para muchos, el gobierno se había salido con la suya. Hubo desánimo y desesperanza en algunos que pensaron, erróneamente, que estaban frente a la consolidación de la dictadura. Sin embargo, las protestas estudiantiles y laborales continuaron, y la labor de la dirigencia política no se detuvo. La presión social y política fue tan intensa y sostenida que apenas un mes más tarde el todopoderoso Pérez Jiménez huía del país y se derrumbaba la dictadura.

Ese espíritu de rebeldía democrática del año 1957 es la que recoge Simón Alberto Consalvi en su obra El año que los venezolanos perdieron el miedo (Libros El Nacional, 2007), en el cual se analizan los múltiples factores que, combinados, dieron al traste en 1958 con el gobierno de Pérez Jiménez, conocido como la penúltima dictadura –antes de la actual– que han sufrido los venezolanos.

Como afirma el mismo Consalvi, “de muy poco sirvieron las cartas marcadas, las bayonetas, los tanques, la red de espionaje y el terror. Siempre ocurre lo inesperado, 1957 fue el año en que los partidos políticos variaron sus estrategias, postularon la vía pacífica, electoral, la unidad entre ellos…”.

Una de las posturas más nítidas y de las primeras en manifestarse fue la de la Iglesia Católica. La famosa Carta Pastoral del Primero de Mayo del arzobispo de Caracas, monseñor Arias Blanco, leída en todos los templos del país, se convirtió en un campanazo a la conciencia colectiva, y una muestra valiente de no sumisión al régimen. Allí se hablaba, por ejemplo, de cómo “una inmensa masa de nuestro pueblo está viviendo en condiciones que no se pueden calificar de humanas”, para luego enumerar lo que llamó “hechos lamentables que están impidiendo a una gran masa de venezolanos poder aprovechar, según el plan de Dios, la hora de riqueza que vive nuestra patria…”.

No es coincidencia que 62 años más tarde la Iglesia asuma el mismo rol de aguijonear el espíritu libertario de los venezolanos. El último comunicado de la Conferencia Episcopal, emitido el pasado 13 de enero y titulado “Carta fraterna de los obispos venezolanos”, es de una contundencia consustancial con su rol y responsabilidad. Así, por ejemplo, en sus numerales 10 y 11 se afirma:

“Ante la declaración de normalidad que las autoridades y medios de comunicación del gobierno proclaman y difunden, denunciamos su falsedad y cinismo. Es inaceptable que un país con inmensas riquezas haya sido empobrecido por la imposición de un sistema ideológico que, lejos de promover el auténtico bienestar, ha vuelto la espalda a sus ciudadanos, por lo que hoy sufrimos el aumento de la desnutrición infantil, la destrucción del aparato productivo y el crecimiento de una especulación agobiante y la corrupción intolerable. (Numeral 10)

“Para quienes hoy están al frente del gobierno, lo que cuenta no es el bien común sino el interés desmedido de riqueza y poder hegemónico, capaz de resquebrajar todo intento de vivir en auténtica democracia. Vivimos en un régimen totalitario e inhumano en el que se persigue la disidencia política con tortura, represión violenta y asesinatos, a esto se añade la presencia de grupos irregulares bajo la mirada complaciente de las autoridades civiles y militares, la explotación irracional de recursos mineros que destruye amplias extensiones del territorio venezolano, el narcotráfico y la trata de personas”. (Numeral 11)

Y el llamado de nuestros obispos es claro, sin ambages ni tintes medios:

“Ante la realidad de un gobierno ilegítimo y fallido, Venezuela clama a gritos un cambio de rumbo, una vuelta a la Constitución. Ese cambio exige la salida de quien ejerce el poder de forma ilegítima y la elección en el menor tiempo posible de un nuevo presidente de la República”. (Numeral 5)

“Exigimos a los miembros de la Fuerza Armada guiarse por la sana conciencia de su deber, sin servir a parcialidades políticas, respetando la dignidad y los derechos de toda la población, como juraron ante Dios y la patria. “¡En el nombre de Dios, pónganse del lado verdadero de la Constitución y del pueblo al que pertenecen y juraron defender!” (Numeral 6)

Cicerón decía que no saber lo que ha sucedido antes de nosotros es como ser incesantemente niños. Hace 62 años la dictadura tampoco quería irse, a pesar del rechazo popular, y lucía con la fuerza represiva como para lograrlo. Pero el país y su dirigencia asumieron retarle. Y entendieron que no era un asunto de sentarse a esperar que las cosas ocurrieran, ni de pensar quiénes iban a ser los primeros en el nuevo gobierno, sino de organizarse para hacer que pasaran, y de privilegiar la eficacia política y la unidad por encima de la preocupación por los protagonismos estériles.

La historia está allí para aprender de ella. Otra vez, 62 años después.


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