El maestro de Caracas, Q. H. Fermín Vale Amesti, un escritor del sendero iniciático, de la línea de Rene Guenon, trata en su libro La manzana de la discordia, en el capítulo XIII, un tema muy interesante, profundo y que muchos escritores del sendero espiritual han tratado de definir desde sus puntos de vista filosóficos e iniciáticos: el hombre es un ser ternario.

En este artículo haré una sinopsis de este capítulo. El universo, el “macrocosmos” (lo que esta fuera de mí), fue creado por un ser superior al cual llamamos: Gran Arquitecto del Universo. Las leyes por las cuales se rige son inmutables, y todos los seres estamos sujetos a las mismas leyes. Nosotros, los seres humanos, somos parte de ese universo y sus leyes, por lo tanto nos denominamos: “Microcosmos” (lo que está dentro de mi). Por lo tanto, tal como es el universo es el ser humano.

El ser humano es un ser ternario o tripartito: 1)  Mundo espiritual,  2) Mundo psíquico y 3) Mundo material. “El cuerpo” (los sentidos). “El Alma” (Intelecto, Voluntad y Emociones), “El hombre interior” (Hombre Viejo y Hombre Nuevo) (renovación de la mente, renovación del entendimiento, nuevo nacimiento, corazón nuevo, entre otros términos relacionados). Ahora bien, en el hombre, el ternario o triada superior está formada por tres principios que forman su “individualidad”, espiritual, inmutable e indestructible: 1) “El yo superior o yo verdadero” –el ser– el alma o el reflejo del Espíritu Universal. 2)  “El intelecto o la razón pura”, la facultad o potencia cognoscitiva espiritual, el conocimiento intelectual puro, “trascendente y metafísico”, discursivo, deductivo e intuitivo.

La facultad que está por encima de la mente razonadora, donde el conocimiento supera las barreras del razonamiento, discernimiento espiritual. El principio mismo de la sabiduría superior que corresponde al espíritu. 3)  “El Manas”, deriva de la raíz sánscrita “han”, pensar,  es decir aquello que en nosotros piensa y nos permite el pensamiento discursivo y racional. “El teorema 47 de Pitágoras”, dice: ”en un triángulo rectángulo, el cuadrado de la hipotenusa es igual a la suma de los cuadrados de los otros lados del triángulo”. Dice el Q. H. Fermín Vale Amesti, que este teorema da la clave de la relación de las partes en el ternario del ser humano: Espíritu (3), Alma (5) y Cuerpo (4), y herméticamente está representado por: azufre, mercurio y sal.

“Son los tres principios que constituyen la substancia próxima de los seres y de las cosas”. *Son necesarias dos magnitudes para determinar la tercera*. La formación de la substancia en materia es el misterio del reflejo, es decir, el fenómeno que es reacción. La reacción es efecto de la dualidad. El proceso iniciático, íntimo, interior, si el ser humano es “cualificado”, puede unir o alinear los elementos del ser, para que se opere el descenso de la “influencia espiritual” y la Divina presencia habite en el “templo interior”.

En el Antiguo Testamento: Éxodo 25:8, nos dice: “Y hacerme han un santuario, y yo habitaré entre ellos”. Y en el Nuevo Testamento Mateo 18:20 dice: “Porque donde estén dos o tres congregados en mi nombre, alli estoy en medio de ellos”. Cuando el ser humano armoniza, afina y unifica, Cuerpo, Alma y Espíritu, que forman su individualidad, realiza la gran obra de unir o ligar su conciencia individual con lo Divino, es como un segundo nacimiento donde ratifica o conquista su condición de “hijo de Dios”. El nuevo nacimiento: cambia de conciencia carnal a conciencia espiritual, por medio de la palabra y conocimiento: abarca al ser humano ternario: Cuerpo, Alma y Espíritu, es un ser nuevo que renace de entre las cenizas como el ave Fénix y está en un nuevo ciclo de evolución trascendente, más allá de lo físico. Una vez que la conciencia humana trasciende o se identifica con el centro, la oposición de los contrarios desaparece, porque su centro es la armonía de los contrarios (la dualidad con sus contrastes). Lucas 17:21 dice: ”El Reino de los Cielos está dentro de vosotros”. Quien no está en el centro vive extraviado en las tinieblas de la Ilusión. El conócete a ti mismo, es el fin primordial del ser humano, y conocerá a su señor. Para que se perciba la propia Luz, debe trabajar en el silencio interior, “Aquiétate y conoce que yo soy Dios…”, está tu sol  eterno espiritual. Y no le temerá a la muerte, la trasciende con su luz interior. Cuando el yo falso esta diluido en el yo superior, el trabajo está concluido.


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