“¡El matrimonio es la base sobre la cual se asienta el infierno!”, exclamaba el mismísimo Satanás en El ojo del Diablo, una descacharrante comedia sueca dirigida por el maestro Ingmar Bergman en 1960.

Esta historia de un matrimonio podría hacer suya esta afirmación, aderezándola con unos cuantos ingredientes muy americanos. El primero de ellos es que, por tratarse de una historia, está forzosamente remitiendo a un pasado, pero ante todo a una narrativa de ese pasado.

La película comienza entonces con una definición del marido por la mujer y viceversa, acentuando los rasgos positivos de uno y otro y sus complementariedades como pareja. Luego, en un giro de inteligencia de la trama, nos damos cuenta de que esos comentarios no son más que el ejercicio inicial propuesto por un terapista de parejas para gerenciar la separación de ambos.

A partir de allí, ese conjunto tan ordenado y armónico se despedaza y la película adopta alternativa y dialécticamente dos relatos radicalmente diferentes. Según uno ella es una ambiciosa actriz, capaz de abandonar la troupe teatral que dirige el esposo para volver a su zona de confort, Los Ángeles donde la espera una frívola vida de estrella en ciernes.

Según el otro punto de vista, él es un controlador y un egocéntrico, que con base en pequeños chantajes, trampas y demoras, ha logrado hasta ahora someter a su esposa, cortarle las alas y mantenerla sojuzgada en la jaula de su compañía teatral.

Un paréntesis para hablar del director Noah Baumbach. A lo largo de una sólida carrera, ha presentado una larga lista de caracteres típicamente neoyorkinos cuyos pequeños o medianos dramas van invadiendo el relato. Sus personajes son invariablemente artistas o escritores que se ven frente a disyuntivas creativas y vitales.

En Historias de familia era la crónica de una separación; Margot y la boda, un reencuentro entre hermanas que se paseaba por las frustraciones de ambas; en Greenberg, Ben Stiller era un depresivo en recuperación; Frances Ha intentaba dar cuerpo a sus sueños, más bien imposibles y Las historias de Meyerovitz era la crónica de un reencuentro familiar para celebrar la gloria creativa de un padre neurótico y dominador.

La virtud del director es doble, por un lado expande dramas muy íntimos, a veces de una crueldad indecible, que solo aparece en espasmos de violencia verbal. Por el otro lado, el esquivar estas aristas dolorosas le da a sus películas un falso aire de ligereza y una genuina empatía con sus protagonistas.

Esta historia no es una excepción. Lo que empieza como una separación amigable se transforma muy pronto en una incompatibilidad funcional y geográfica, un enfrentamiento cultural entre la cinematográfica Los Ángeles y la teatral Nueva York, y prontamente, una pelea en la cual se entrometen colegas, familiares y abogados en lo que termina siendo una carnicería personal y financiera. Esto no pasaría de ser una historia más de cualquier divorcio, si no fuera porque la inteligencia de Baumbach es capaz de sincoparla con imágenes de una ternura infinita: el abrazo involuntario al inclinarse para colocar el asiento de niño en el carro, la forma en la cual una puerta corrediza se cierra manualmente devolviendo a cada cual a su mundo, o el cariñoso y fugaz gesto de cortar el pelo o atar los cordones de los zapatos como muestra de las cenizas que aún quedan.

Uno podría pensar que el universo de Baumbach es pesimista. En realidad el director atraviesa, como un equilibrista una mágica línea  bajo la cual ángeles y demonios miran expectantes a sus protagonistas. Por supuesto que esta inteligencia del libreto y la sensibilidad visual de todo el asunto no llegarían a buen puerto si no se apoyaran en actuaciones sobresalientes. Porque todo tiene un aire de naturalidad que hace que el descenso hacia los infiernos y la confrontación verbal que inevitablemente llega, lleve una pendiente larga, regada por pequeños gestos, desencuentros aparentemente menores que eluden un abismo.

El drama, además, es oportunamente comentado por los miembros de la troupe, unos actores de personalidades apenas esbozadas que hacen las veces de coro griego, porque uno de los trasfondos es una puesta en escena de Electra. Como siempre Baumbach no decepciona y la película es un tanto más para Netflix, esa nueva forma de acceder, nadando entre mucha basura, al buen cine.

Historia de un matrimonio. (Marriage story). Estados Unidos.2019. Director Noah Baumbach. Con Adam Driver, Scarlet Johansson, Alan Alda, Ray Liotta.