1. Un punto de partida sano, aunque no bueno (¿puede ser malo lo sano?) es reconocer que la lucha por la democracia y la libertad ha sido derrotada varias veces. Amanece 2021 en medio de esa derrota. Como suelo decir en estas líneas, la situación actual no es una predicción sobre lo que viene; todo puede cambiar en un santiamén por hechos imprevistos y, aún más, imprevisibles; el caos en el que vive el mundo y Venezuela se especializa en sorpresas: lo que era imposible se vuelve posible; lo que era posible, ya va a ocurrir. Pese a todas estas eventualidades, la realidad hoy es que todas las estrategias han sido derrotadas por el régimen de Maduro. Este y no otro es el punto de partida, aunque haya habido a lo largo de 20 años momentos gloriosos que parecían acercar el objetivo; también momentos luctuosos, con sus dolores por los caídos.
  2. Desde cada posición se podría decir que se estuvo a punto de un logro; pero que falló algo fuera de nuestro control o que los que difieren de nuestra posición hicieron imposible lo que estuvo casi al alcance de la mano. Decir que todas las propuestas y que las fallas que las hicieron inviables eran equivalentes no le hace justicia a las convicciones que tengo sobre qué falló y por qué. Lo cierto es que ha habido victorias (movilizaciones, votaciones, abstenciones, insurrecciones, estratagemas cívico-militares) que, hasta la fecha y al final fueron tragadas por la bestia roja y hambrienta. No hubo acción civil o militar exitosa; los diálogos fueron un fiasco monumental; la acción internacional a veces concertada y a veces desconcertada ha terminado en una danza contradictoria entre gobiernos; la acción militar pacificadora no tuvo eco; la gestión para activar la Responsabilidad de Proteger se quedó en el aparato; el interinato se mantiene en coma y la falta de transparencia en el manejo de los recursos –al lado de serias acusaciones de corrupción– lo apolilla.
  3. Las causas de esta situación pueden ser variadas. Una central es la de no haber hecho diagnósticos correctos a tiempo. Esto se ha dicho hasta la saciedad; sin embargo, un diagnóstico correcto no es solo desentrañar la naturaleza del régimen sino la naturaleza de quienes se le enfrentan. Más aún, saber que a lo largo de 20 años se ha formado un sistema, un nuevo tejido social, del cual se forma parte por el solo hecho de estar física, intelectual o espiritualmente en Venezuela. Unos se han enredado en sus tramas voluntariamente, otros luchan por escapar de ellas; unos las disfrutan, otros las padecen. Es una realidad orgánica que constituye el sistema opresivo imperante.
  4. También ha habido terribles fallas estratégicas. Reflexiono sobre estas y la que me parece más notable es haber diseñado cursos de acción atemporales, cuando toda acción –para ser eficaz– debe darse en un tiempo determinado, sin el cual puede hacerse inocua o, incluso, contraproducente. Tal es el caso de muchas sanciones externas institucionales, diseñadas para torcerle el brazo al régimen y obligarlo a convenir en el protocolo para su salida. Sanciones que requerían acciones políticas y militares que no se dieron o que se dieron en forma equivocada; a partir de las cuales esas sanciones no solo han sido aproximadamente burladas sino que han afectado tanto al régimen como a los ciudadanos venezolanos, comunes y corrientes.
  5. Una acción es eficaz si se da en un espacio y un tiempo determinado, y si concurren otros factores necesarios para que aquella tenga sentido. Muchas protestas en su clímax fueron atravesadas por el diálogo; acciones militares sin recursos e infiltradas hasta los epiplones; diálogos en los que se contaba con “la buena fe” de Maduro; discursos solidarios y radicales por parte de gobiernos –especialmente el de Estados Unidos– que por debajo de la mesa apoyaban los diálogos a los que supuestamente su política se oponía; autorización al interinato para el manejo de recursos que, al final, han permitido una especie de cohabitación internacional en la cual unos cuantos que viven fuera han encontrado una zona de confort; lo cual no necesariamente implica corrupción, aunque la rendición de cuentas está pendiente dadas las acusaciones que se incrementan. Una acción colosal en un momento inadecuado es tan nociva como perder el momento por estar en la cafetería de al lado o estar sacando cuentas en la caja registradora.
  6. Una de las razones por las cuales estas derrotas han ocurrido es por la distorsión total de la política. Esta ha sido capturada en la mayor parte de los casos por amateurs sin proyecto alguno y con ambición desmedida. Una porción significativa de la oposición tiene dirigentes que aspiran a cargos; pero no configuran proyectos de país. La consecuencia de esta situación no es trivial; sino que todo objetivo y toda estrategia pasa, para esos falsos políticos, en ver cómo quedan en lo que viene; algunos son capaces de arruinar una salida si no se les garantiza la alfombra roja al entrar a Miraflores. La antipolítica no ha venido de los que critican a los partidos, sino de los dirigentes de los partidos que no calzan los puntos para esta etapa de la historia de Venezuela y que han contribuido a producir una especie de asco colectivo sobre su quehacer.
  7. Para mí que estamos en una etapa anterior a construir estrategias y es la de conocer errores –algunos extremadamente graves– para después reconocerlos y sacar las conclusiones apropiadas. A lo largo de estos años llego a la conclusión de que ninguna de las más afamadas autoridades de gobiernos amigos tiene los quilates para manejar la situación venezolana y que someterse a sus designios (“la comunidad internacional quiere esto o quiere aquello…”) es un yerro grotesco.
  8. Esto es lo que ha ocurrido. Mañana, a esta misma hora, el Vesubio puede hacer erupción; pero si no se sabe por qué se ha fallado hasta ahora, ese estallido puede caer sobre los venezolanos, intranquilos habitantes de Pompeya, Herculano y Estabia: con las banderas en alto y petrificados por la lava ardiente.

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