Terminando el año 2023, la inevitable reflexión sobre el tiempo humano o tiempo existencial. El tiempo como sucesión es una idea contenida en el Antiguo Testamento y se refiere a la historia humana como una temporalidad, generacional, con un origen, el Génesis y un fin humano, el Apocalipsis o consumación de los tiempos. Tradición que se asume y continúa en la tradición cristiana del Nuevo Testamento. Hay un tiempo de Dios y hay un tiempo humano. Esta visión evolutiva, de progresividad y progreso se consolida en la modernidad, con la idea de progreso y utopía, ideas que en los últimos tiempos empiezan a ser cuestionadas por el nihilismo triunfante y la visión distópica que la era tecnocrática en curso tienden a imponer, acentuado por el aparente caos de un nuevo orden en desarrollo. En función de todo esto es que la Iglesia Católica en su último Concilio, Vaticano II, se define y asume como historia en la historia. En paralelo con esta tradición que define la llamada Cultura Occidental, capitalismo, liberalismo y marxismo incluido, existen otras tradiciones más en la línea del pensamiento oriental, africano y de los llamados pueblos indígenas que tiene mucho que ver con la idea del Eterno Retorno. Idea muy presente en el pensamiento y práctica religiosa, como liturgias y rituales que se repiten cada año, de manera casi inalterable. Es el tiempo antropológico de los ritos y procesos de identidad y socialización comunitaria y cultural: nacimiento, adultez, matrimonio, hijos, cumpleaños, defunción y el ciclo vida-muerte-vida, recomienza y sigue.

Es el tiempo de los humanos y así, cada año, lo celebramos colectivamente como un fin y un comienzo. Hay variantes culturales en la celebración y cronologías diferentes, pero en esencia todo se reduce al año que termina (2023) y al año nuevo (2024). Una continuidad en la discontinuidad, de un día para otro, 31 de diciembre/1 de enero, nada cambia realmente, pero psicológicamente todos nos asumimos «en tránsito» al futuro, con propósitos nuevos o renovados, con planes y proyectos y expectativas, en general positivas.

Somos tiempo y somos la medida del tiempo. A nivel personal, es inevitable la angustia del tiempo, a medida que avanzamos en edad, aparece el fantasma de que “somos tiempo, que se agota y acaba» aunque a nivel familiar, pensamos en nuestra descendencia y a nivel colectivo en nuestra específica pertenencia a un grupo, pueblo, nación, humanidad.

La síntesis de todo lo expresado hasta aquí, empieza a formularse en la tradición filosófica griega partiendo del mismo concepto de hombre o humano: Antrophos nacidos para morir y lo más importante con consciencia de ello, a diferencia de todos los otros seres y elementos de la tierra. Sólo los seres humanos sabemos que vamos a morir y por consiguiente hay que plantearse las preguntas inevitables de identidad, pertenencia y sentido de la vida, individual y colectiva: Qué soy, qué quiero, qué busco, qué hago, quién soy y con quién me relaciono, cómo me relaciono, a quién daño, a quién beneficio, a quién hago feliz. Mis deseos pueden ser absolutos. Cuáles son mis oportunidades, mis límites, mis valores, mi libertad, en qué creo. El combate más difícil es con mi propio ego, con mi egoísmo, codicia, ambición. ¿Cuál es mi relación con mi pasado y, lo más importante, con el futuro? Mis errores y mis aciertos, y así se multiplican las preguntas y los interrogantes.

Aprender a convivir con la incertidumbre y nuestros muchos miedos y tantas y tantas cosas que no comprendemos, que no compartimos, que nos desconciertan. Vivir exige coraje y fortaleza espiritual y aprendizaje permanente.

Mucha humildad y silencio para no incumplir con el ritual.

Les deseo propicio y venturoso 2024.

 


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