Argentina ha adoptado malas costumbres con el paso de los años. Una es armar selecciones de fútbol sin mucha gente de calidad alrededor de Messi (garantizando con esto que han desperdiciado su talento y no conseguirán ningún título importante), otra es seguir pensando que los peronistas pueden manejar la economía del país de manera decente y eficiente (en pocas semanas, lamentablemente, parece que lo harán otra vez), y una tercera: hacer default de su deuda externa. Se mal acostumbraron a no pagar, aprendieron que si no lo hacían poco o nada les pasaba. No importa lo ético, se han convertido en unos adictos al default.

En vista de ese extraordinario precedente, del enorme ejemplo de «moral hazard”, es que algunos en Venezuela están convencidos de que no hay que pagar la deuda externa (incluyendo bonos, China, Rusia, etc.). Insisto, qué importa la ética, es bueno que un país trate de recuperarse y lo haga partiendo de no hacer frente a sus obligaciones. ¿Las razones de tal recomendación? Cuestión de gustos. Lo importante es el mensaje: no se pague ninguna deuda.

La deuda externa venezolana tiene un cuento muy “cuchi” y al mismo tiempo corto: casi toda la deuda en bonos que tienen la república y Pdvsa fue adquirida por Hugo Chávez. El único bono contratado por Nicolás Maduro es el famoso (por la garantía de Citgo) Pdv2020 que nació por una operación de swap (ese título no está en default aún). Chávez recibió en 1999 una deuda pública externa por 28.705 millones de dólares, mientras que para el último trimestre de 2018 esa deuda se situaba en 131.320 millones de dólares, un meteórico incremento de 362% en medio de la bonanza petrolera más larga de nuestra historia. No solo dilapidaron el boom petrolero, también nos endeudaron.

En 2006, Pdvsa llegó a tener una deuda financiera de cerca de 2.600 millones de dólares, 10 años después esa deuda superaba los 40.000 millones de dólares, donde ni un solo dólar de ese incremento en la deuda fue a planes para incrementar la producción petrolera. Increíblemente, nadie en el PSUV o en Pdvsa o Giordani o el mismo Chávez se dieron cuenta de la importancia de invertir en la fuente de repago de esos créditos.

Desde que Maduro decretó default de la deuda soberana, Venezuela (entre república y Pdvsa) ha dejado de cancelar cerca de 13.000 millones de dólares entre intereses y capital. Esa cantidad representaría aproximadamente 18% del actual PIB venezolano, más de 160% de las reservas internacionales; pero tal vez los números más difíciles de asimilar aparecen cuando hacemos la comparación de esa deuda con la necesaria producción petrolera para pagarla. Una medida conservadora apuntaría a cerca de 650.000 bd por todo un año. Esa cifra es más que lo que está produciendo Venezuela en la actualidad.

La renegociación o reestructuración (dependiendo de lo que se vaya a hacer) de la deuda externa es un tema muy importante y complicado como para dejárselo a personas sin ningún conocimiento en la materia, personas con problemas personales profundos hacia los bondholders (uno ha dicho: “Cuando lleguemos al poder nos encargaremos de que nunca les paguen”), hacia los mercados financieros internacionales porque le prestaron a Hugo Chávez (en un momento en que Venezuela producía cerca de 3.000.000 bd y a precios del petróleo superiores a 80 dólares) o a China para castigarla porque hizo negocios con nuestro país (se les olvida que es la segunda potencia del mundo). Un equipo profesional que se forme para tal menester no puede tener personajes radicales ni colegas que no hayan entendido cómo funcionan los mercados internacionales.

Es difícil imaginarse una recuperación de la industria petrolera venezolana en medio de un default de deuda soberana y de la principal empresa petrolera nacional. También cuesta ver cómo mientras se negocian créditos con multilaterales, no se llegan a acuerdos con los fondos buitres que tengan posición venezolana y estos se queden con los brazos abiertos.

Sin sanciones no es posible renegociar la deuda. Maduro no puede, no quiere y tampoco tiene el personal ni mucho menos el plan económico para hacerlo. Juan Guaidó, reconocido por la comunidad financiera internacional, es el único que puede hacerlo.