Rendirse es someterse, dejar de resistir, entregarse. Mucha gente se ha rendido en estos tiempos de mengua. No pocos forzados por la necesidad de la supervivencia diaria. Si no me rindo no como, podría ser el concepto. Otros se han rendido sin ningún problema, porque la onerosa complicidad con el poder, disimulada y todo, es la verdadera causa de la rendición. Y no faltan quienes se han rendido sin darse cuenta, porque seguir el juego de la hegemonía roja, incluso de buena fe, es una manera candorosa de rendirse.

La catástrofe humanitaria que asola a Venezuela desde hace años, ahora agravada por la pandemia de coronavirus y sus secuelas, es una realidad trágica que debilita a los mandoneros que controlan el poder. Sin embargo, al estos no tener de frente una alternativa política creíble, el referido debilitamiento se compensa, y con todas sus hábiles maromas y crasas mentiras, logran continuar donde están. La rendición encubierta de voceros llamados a enfrentar la hegemonía, tiene mucho que ver con todo ello.

En verdad, los primeros que han entregado al país y todos sus recursos, al mando de gobiernos e instancias foráneas son esos mandoneros. Se decía que la llamada Venezuela bolivariana era una colonia del castrismo cubano. Pero es que también es un refugio para las más diversas expresiones de la criminalidad organizada, desde el narcotráfico caribeño hasta el terrorismo fundamentalista. Una rendición deliberada, lo que jurídica y políticamente se denomina traición a la patria.

Se comprende que para la abrumadora mayoría de los venezolanos, la catástrofe humanitaria no deja tiempo sino para tratar de encontrar comida, en medio de la escasez o falta de agua, de luz, de gasolina, de transporte, de medicamentos, de comunicaciones y hasta de televisión. Un caos avasallante en el que el Estado formal ha sido desmontado y en su lugar campean colectivos armados de variada índole, sin faltar los que se visten de uniforme oficial.

El de Venezuela no es solo un «Estado fallido o frágil», como señalaría la nomenclatura respectiva. Es un Estado en colapsamiento, cuyos «poderes» han venido siendo asumidos o usurpados por un tinglado de logias y carteles, que se sostienen por el despotismo, la depredación y también el enchufe, vale decir, la rendición corrupta. ¿Exagera quien compare a Venezuela con Somalia? No necesariamente, si se toman en cuenta los niveles de desarrollo nacional que han sido abajados hasta el subsuelo.

La pregunta más importante no es cómo salir de esta tragedia. La más importante es por qué salir de esta tragedia. La respuesta a esta puede conducir a una respuesta eficaz a aquella. Sobre todo por la amplitud de la Constitución formalmente vigente en materia de defensa de los principios democráticos. Eso sí, la rendición es fatal porque colabora con el continuismo. En especial la rendición de los que deben luchar por el cambio. Por eso, al igual que millones más, no me rindo: ¿y tú?


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