El metanol es un alcohol altamente tóxico. Unos pocos tragos pueden causar la muerte u ocasionar daños irreversibles al organismo, especialmente en la vista, el sistema nervioso central, los pulmones y los riñones. No cura nada. Solo es un antiséptico. Su uso es externo. Destruye virus y microorganismos por contacto. No importa con qué se mezcle, sea jugo de lechosa, bebida de chocolate o cocacola es mortal. El primer trago nubla la vista, el segundo destruye el esófago y los pulmones. Con el tercero no vives para contarlo. El pánico aparece con la imposibilidad de respirar.

En algunos países se ha corrido la especie de que el metanol cura la COVID-19 y evita el contagio. Ocurre en Irán, donde está prohibido el consumo de licores, no solo vodka y gin, sino también la refrescante cerveza y el vino reconfortante que Jesucristo dijo que bebiéramos porque esa era su sangre. El islam en sus versiones más ortodoxas lo prohíbe absolutamente, pero los más occidentalizados saben que beber es más un asunto de responsabilidad individual que de mandatos divinos. Hay una infinita cantidad de páginas web sobre los daños que ocasiona el licor en las relaciones humanas, en el hogar y la salud, pero siempre aconsejan “beber con moderación”.

Las cifras de las muertes en accidentes de tránsito relacionados con la ingesta de bebidas alcohólicas son abrumadoras, pero nunca similares al número de víctimas en ataques terroristas y guerras santificadas o declaradas por los imanes, los sumo sacerdotes del islamismo. En Irán y en los países en los cuales las leyes de la religión tienen tanta o más fuerza que las leyes civiles no se bebe, aparentemente. Nada de cervecitas, vino o escocés en las rocas. Por supuesto, si no hay libertad para beberse un trago de ron, mucho menos la hay para no creer en Alá, para expresarse sin más restricciones que las que determine la razón y mucho menos para ejercer esa otra abstracción fundamental que es la libertad de pensamiento.

La ausencia de libertad de expresión conlleva la ausencia del libre flujo de información. Hay censura y el Estado controla milimétricamente los medios de comunicación. Un mismo mensaje en todos los medios. Si el alcohol está prohibido, si no hay bares ni parrandas, nadie tiene que estar nombrándolo. No existe. Si a los hospitales y centros de salud llegan hombres, mujeres y niños de todas las edades intoxicados con metanol, la alarma no es inmediata. La primera reacción en los órganos de gobierno es ocultarlo. Los burócratas no informan al jefe de distrito; si lo hacen, el jefe de distrito no informa al jefe de la región; si lo hace, el jefe de la región no informa a su superior. Todos temen que los responsabilicen por los hechos y los castiguen, les quiten prebendas o los destituyan. Pasó en Wuhan con el brote del coronavirus y ha pasado cientos de veces. Se ocuparon más de tapar el estropicio, que de resolverlo.

En Irán han muerto más de 700 personas por creer que el metanol los protegía o los curaba de la COVID-19, un número desconocido de personas quedó con daños irrecuperables. Por alguna razón, y a través de canales desconocidos, el bulo llegó a República Dominicana y no fueron pocos los que probaron la “receta” contra el coronavirus. Fallecieron 109 de los 130 intoxicados con clerén, una bebida artesanal originaria de Haití, a la que agregaron una alta proporción de metanol. Creían que se protegían del coronavirus.

Desde antes de que Donald Trump preguntara si se podría inyectar lejía y otros desinfectantes para destruir el SARS-CoV-2 en los pacientes, corrían muchas coñas, falsas recetas y todo tipo de remedios contra la COVID-19. En todos el alcohol estaba presente. Si no cura, alegra. En Rusia y en Cuba muy pronto se le echó mano al ron y al vodka como antiséptico ante la nada sorpresiva escasez del alcohol medicinal. Creían que con un trago y una frotada de manos con la bebida estaban a salvo del virus chino. El desmentido llegó pronto, ninguna de esas bebidas tiene más de 50% de alcohol y se necesita que tenga más de 80% para desintegrar la cadena de ARN que maltraba el virus.

Ahora a la “batalla” contra el coronavirus se le suma otro remedio de la “sabiduría ancestral”: la nicotina. Se ha expandido con la misma velocidad que la pandemia que fumar funciona como un blindaje, que las moléculas de nicotina actúan en la composición molecular del virus y lo inutilizan, le disuelven la “corona” que les sirve para penetrar en las células humanas. Mentira. Es todo lo contrario, los fumadores tienen menos posibilidades de salir bien librados de las unidades de cuidado intensivo. No solo sus pulmones están en peores condiciones y menos preparados, sino que también su sistema inmunológico es deficiente, más lento y desacertivo. Algunos científicos han intentado con parches de nicotina ablandar las durezas del virus con la misma fe que los guayaneses le ponen a los anillos de casco de burro para curar las hemorroides, pero han sido tan inútiles como los fusiles AKA-103 en las estaciones del Metro o a la entradas de los hospitales.

Rusia, que fanfarroneaba de haber creado un gel antiséptico que despaturraba microorganismos y actuaba como un blindaje de acero, empieza a vivir los peores momentos de la pandemia: más de 10.000 infectados diarios, en una competencia desgarradora con Estados Unidos y Brasil. Tampoco dicen nada de la vacuna que ya estaban probando en humanos, ni de las últimas aportaciones teóricas de los sobrevivientes de la Academia de Ciencias de Moscú, ni de alguna frase de Marx. Es un virus endemoniado que ataca a todo el planeta y con graves consecuencias, mortales muchas.

Una verdadera revolución planetaria, pero en Venezolana de Televisión y en la señal de RT, el canal moscovita en su casa, lo siguen tomando a broma, a chistecito de amanecido, aunque el virus no ha sido derrotado y no les ha mostrado todavía sus destrezas. Su velocidad de transmisión es alucinante; y lo peor, quien contagia no sabe que está contagiado.

El régimen declaró una cuarentena, pero salvo la mascarilla y las alcabalas que impiden la circulación a quienes no se bajan de la mula, no hay nada realmente efectivo. No hay equipos de protección para el personal médico, ni los hospitales están debidamente abastecidos. Una misma respuesta se escucha en el 23 de Enero, la Cota 905, Lomas de Urdaneta  y los barrios de Petare: ráfagas de metralleta, llantos y la recurrida mentada de madre.

Los científicos y los médicos saben que lo peor está por llegar. A unos les queda rezar y esperar el milagro, mientras que los otros sacrifican pájaros, gallinas y hasta becerros que traen de lejos en camionetas blindadas y debidamente desinfectadas. Vendo curitas por docenas y dos frasquitos de mercurocromo.

 


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