Un fantasma recorre el mundo: es el fantasma del populismo.

(¿O es el fantasma del autoritarismo?)

La caída del muro de Berlín y el desprestigio del socialismo marxista han hecho que el mundo democrático representativo del planeta se encuentre perdido en la categorización de las múltiples formas de gobiernos no liberales (no plurales) que han surgido desde 1989 tanto en la Europa del Este como en la occidental, en América del Sur y en la del norte. Así, se habla de una autocracia liberal, pensando, por ejemplo, en un régimen como en el de la Rusia, de Putin, o de un autoritarismo híbrido o competitivo, como alguna vez fue el régimen de la Venezuela, de Chávez.

Las categorizaciones son necesarias para el análisis. En su momento, fue útil ver a Chávez, en Venezuela, como un populista de izquierda, más que como un simple gobernante comunista o socialista. Chávez fue un gobernante autoritario, carismático y ególatra, con un desdén absoluto por las instituciones, quien culpó por los males del “pueblo” a “la burguesía” aliada al imperialismo, para presentarse como el salvador de un paraíso perdido; fue típicamente un populista ubicado (y categorizamos de nuevo) en la izquierda. Ver a Chávez como comunista o socialista ni era esclarecedor ni invitaba a la mayoría de la población a la acción.

La caída del muro de Berlín acabó con el mito de la creación del hombre nuevo a través del socialismo; del socialismo marxista-leninista; del socialismo de economía centralizada, sin libertad para la propiedad privada de los medios de producción. A los países escandinavos, pluralistas en lo político y con economía de mercado también los llaman socialistas.

La caída del muro de Berlín en 1989 redujo a lo mínimo la reputación política del socialismo marxista. Al caer el muro y con él, la “cortina de hierro” europea, salieron en desbandada las necesidades de vivir bajo un régimen de libertades individuales (libertad de expresión y de asociación, libre iniciativa privada en lo económico). Y también afloraron las evidencias de que las economías nacionales crecen y evolucionan más rápidamente en sociedades donde se permite el afán de lucro para el desarrollo de iniciativas económicas, donde existe la propiedad privada de medios de producción.

Cuba, Corea del Norte, Vietnam y China quedaron como referencia de Estados de inspiración marxista. Pero la China socialista autoritaria de hoy es la segunda economía mundial por haber adoptado desde 1978 el pluralismo económico capitalista. Y Vietnam siguió el ejemplo chino. Desde 1986, emprendió reformas políticas y económicas que han transformado a ese país de ser uno de los más pobres del mundo al final de la guerra en 1975 a ser ahora una pujante nación de ingresos medios, gracias al giro de la economía centralmente planificada hacia una economía de mercado. Los indicadores económicos y sociales de Vietnam son hoy impresionantes (véase https://www.worldbank.org/en/country/vietnam/overview).

Corea del Norte y Cuba ni lavan ni prestan la batea. No se abren hacia el pluralismo político ni al económico. El caso cubano se conoce bien en Venezuela y América Latina. Del norcoreano, baste comparar el PNB de la brutal dictadura dinástica de ese país con el de la ahora (políticamente) pluralista (y de economía de mercado) sociedad surcorerana: 29 dólares. 6 millardos (billones en inglés) del PNB de Norcorea en 2018 (estimaciones norcoreanas) versus 1,61 billones de dólares (trillones en inglés) del PNB de Corea del Sur el mismo año.

El triunfo del capitalismo contra el socialismo marxista-leninista parece obnubilar a las élites dirigentes de las sociedades tradicionalmente capitalistas y pluralistas del planeta, distraídas por el desarrollo de las tecnologías informáticas y de comunicación, la globalización y la robotización. Dichas élites, influenciadas por la idea tradicional de que en la economía capitalista todos progresan cuando progresan las élites económicas, se sienten cómodas y desatienden a los menos favorecidos; desatienden precisamente la necesidad de que todos en la sociedad tengan igualdad de oportunidades, sin distinción de clase (antes, un obrero de General Motors ganaba suficiente para tener casa, vivir con las comodidades típicas de la clase media, con acceso a la salud y fondos suficientes de retiro y jubilación; hoy no necesariamente), raza o credo.

El liberalismo moderno, tomado como fundamento político para la acción, y mejor entendido si lo vemos como pluralismo, tiene como reto ver qué se hace con los desafíos que presentan hoy las nuevas realidades geopolíticas, económicas y tecnológicas, y cómo mantener vigente la idea de que todas las personas deben tener oportunidades similares para evolucionar y alcanzar un alto nivel de calidad de vida. El pluralismo económico no puede ser solo la libertad para que la iniciativa privada produzca riquezas, sino también que haya un mínimo de condiciones para que esa iniciativa pueda surgir desde los diferentes estratos sociales de la población. Es lo que ha defendido el liberalismo moderno (como doctrina política) desde comienzos del siglo XX.

La dicotomía de hoy, una vez que triunfó el pluralismo económico capitalista como palanca del desarrollo, con el aval de la China y el Vietnam comunistas, no es entre socialismo y capitalismo, sino entre pluralismo y autoritarismo. El desprestigio del socialismo marxista es tal que no tiene sentido pretender que al tildar al adversario de comunista se va a lograr algún éxito en la acción política y en la ganancia de adeptos. ¡El socialismo marxista de hoy es capitalista!

La dicotomía política de estos tiempos no es siquiera entre liberal y conservador. Un liberal clásico (ahora llamado libertario) considera al Estado como la principal amenaza para la libertad individual y, por tanto, aboga por que el Estado esté limitado a proteger los derechos individuales básicos contra la interferencia de otros. Si no quiero vacunar a mis hijos, estoy en libertad de no hacerlo. Si el país vecino tiene problemas, esos no son los míos. Ese liberal clásico puede desembocar fácilmente en ser un conservador. El liberal moderno sostiene que la libertad también puede estar amenazada por actores económicos privados, que expriman a los trabajadores y dominen gobiernos, por lo cual la acción del Estado es necesaria a través de regulaciones económicas y la provisión de servicios sociales que alivien ciertas condiciones que puedan impedir el ejercicio pleno de ciertos derechos básicos o atenten contra una real autonomía individual.

En otras palabras, a los más pobres o a quienes son desplazados por fenómenos como la automatización, la robotización, el desarrollo de las nuevas tecnologías, la globalización y el libre comercio no se les puede dejar al garete. Y entonces deben estar muy claras las razones por las que progreso general, el de uno y el de todos, no se produce, porque la incomprensión de ello por parte de la gran masa que va creciendo como desposeída sirve de buena carnada para atraer a quienes menos brindarán la solución de los problemas de uno y de todos. Es lo que ha ocurrido en Estados Unidos con una clase trabajadora mayoritariamente de raza blanca que se ha venido a menos, que creyó que su salvación está en el mesianismo de un populista de derecha; al igual que en Venezuela, donde antes de Chávez se fue deteriorando la calidad de vida de la mayoría hasta que “los cerros” decidieron bajar hipnotizados por el salvador de Sabaneta. Esto debería seguir estando claro con respecto al futuro, en caso de la salida definitiva del régimen usurpador. No vaya a pasar lo de Argentina, donde por la desatención hacia los descamisados el país puede volver a caer en octubre en manos del populismo.