La elección de Javier Milei como presidente de Argentina se vivió como un hecho divisorio, tanto dentro como fuera del país. La mayoría de las opiniones se situaron en ambos extremos, sin conocer un término medio. Tampoco se hizo ningún esfuerzo por introducir matices y grises allí donde solo estaban instalados el blanco y el negro, de modo que lo que para unos era una gran oportunidad, para otros un absoluto desastre.

Entre los primeros, los críticos acérrimos del Foro de Sao Paulo y del Grupo de Puebla, el triunfo de Milei también era el triunfo de la libertad y una derrota absoluta del comunismo latinoamericano y el inicio de una senda triunfal.

Para los segundos, más preocupados por el avance neofascista o neonazi, fue un duro golpe contra la democracia (argentina y latinoamericana), recordando el precedente Bolsonaro. Por eso, hay que estar pendientes de los riesgos inminentes, que solo pueden aportar calamidades adicionales.

De ambos lados de la grieta se encuentran aguerridos cruzados de la “guerra cultural”, la renovada herramienta política e ideológica que sirve para descalificar al otro y obturar cualquier diálogo posible.

Una guerra que convierte al adversario político en enemigo. Y, ya se sabe, al enemigo ni agua, solo combatirlo y eliminarlo. A partir de tal premisa, el valor tradicional de la política en tanto solución negociada de los conflictos queda relegada a un lugar imposible. Si abundan las descalificaciones, sobran las palabras y los argumentos.

Más allá de las opiniones absolutas, la presencia de Milei provocará cambios en el equilibrio de fuerzas regional, comenzando por Mercosur y la Celac, e incluso en la OEA. Hay dos cuestiones sobre Mercosur que merecen ser consideradas, como la relación con Brasil, esencialmente con el presidente Lula y el Tratado de Asociación con la Unión Europea (UE).

El encuentro de Diana Mondino, ministra de Exteriores in péctore, en Brasilia con su par brasileño evidencia la voluntad de ambas partes de reconducir una relación que empezó con mal pie. La invitación a Jair Bolsonaro para acudir a la toma de posesión de Milei solo sirvió para crispar aún más un clima de por sí bastante enrarecido.

Es de esperar que las declaraciones de Mondino de comienzos de octubre se hagan realidad y que Argentina sea “un país con sentido común”. Será importante que Daniel Scioli, con buen acceso al gobierno y al establishment brasileño, continúe como embajador.

De todos modos, el presidente electo deberá elegir entre el cariño a sus amistades particulares y la defensa del interés nacional, ya que una vez en la Casa Rosada será más difícil cruzar determinadas líneas rojas.

Otra cuestión importante es el cierre del Acuerdo de Asociación Mercosur – UE. Si se confirmaran los avances recientes y se dejaran definitivamente atrás la mayoría de las pulsiones proteccionistas que impedían concluir con más de 20 años de negociaciones interminables, la firma del Tratado sería un logro para todas las partes.

Para el nuevo gobierno argentino comenzar su mandato bajo el signo del Acuerdo sería un importante espaldarazo, y para ello valdría la pena que aquí también primaran las palabras de Mondino sobre el sentido común.

En la Celac y en la OEA, todo indica un mayor alineamiento con Estados Unidos y una condena más firme de las violaciones de los derechos humanos por parte de los regímenes dictatoriales de Cuba, Nicaragua y Venezuela.

Sin embargo, es posible que en lo relativo a otros gobiernos progresistas, como los limítrofes de Chile y Bolivia, la relación sea más compleja pero más beneficiosa para ambas partes.

Tanto Gabriel Boric como Luis Arce felicitaron a Milei, le desearon éxitos en su gestión y es probable, aunque todavía no está confirmado en el caso de Arce, que viajen a Buenos Aires el 10 de diciembre.

Más allá de los floridos intercambios retóricos, que hablan de un claro alineamiento de unos contra otros, de buenos contra malos, el futuro pinta más monótono, más propenso a buscar ciertos acuerdos, pero también algunas contradicciones.

América Latina es una región fragmentada y la fragmentación cruza la región en varias direcciones, sin establecer bloques políticos o ideológicos bien definidos. Esto afecta, por supuesto, las relaciones intrarregionales, atravesadas por intereses contrapuestas y contradictorios.

Milei podría tener buenas relaciones con el presidente A y pésimas con el B, ambos próximos al Grupo de Puebla o, incluso, al bolivarianismo, pero esto no significa que comulgue con los puntos de vista de A y rechace los de B.

Por el contrario, solo supondría que a partir de tal decisión habría puesto los intereses nacionales por encima de la confluencia ideológica. Obviamente, de ganar Donald Trump el próximo noviembre, el acercamiento a Washington podría desarrollarse desde una dimensión mucho más desconocida.


Carlos Malamud es Catedrático de Historia de América de la UNED, investigador principal para América Latina del Real Instituto Elcano, España.

Artículo publicado en el diario Clarín de Argentina


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