Para muchos latinoamericanos el nombre de Michael Kenneth Moore no dice mucho. Fui su amigo y me entristece su desaparición física en Nueva Zelanda. Siempre le decía que era el único amigo de ese país que había hecho. Le tenía aprecio y admiración.

Mike fue primer ministro de su país y director general de la OMC. Lo conocí precisamente cuando lanzó su candidatura para esa organización multilateral. No le era ajeno el mundo internacional, fue también canciller.

Nació en  Whakatane. Acababa de cumplir 71 años. Fue obrero en sus años mozos. Fue  líder sindicalista y dirigente gremial aun siendo menor de edad. Se sumó a las filas del Partido Laborista. Llegó a ser vicepresidente de la Unión Internacional de Juventudes Socialistas como miembro de las Juventudes Laboristas Neozelandesas (New Zealand Labour Youth). Era un socialdemócrata.

Con Mike coincidimos en Ginebra en plena campaña para la dirección general. Tuve el privilegio de trabajar para su elección. En muchos de nuestros encuentros siempre me indicaba su preocupación por el apoyo de nuestra región, que poco lo conocía. Venezuela lo apoyó para ser electo director general de la OMC, al igual que otros países de Latinoamérica. Fue una elección muy difícil. Otro candidato fuerte, Supashai de Tailandia, no cedía a sus pretensiones. La organización internacional estaba dividida entre dos buenos candidatos. Pensó en algunas oportunidades retirarse; sin embargo, varios lo convencimos de que siguiera la pelea. Al fin se encontró una fórmula y se dividieron el mandato. Fue electo en julio de 1999.

Teníamos razón en aquel momento cuando insistíamos en su candidatura, pues intuíamos que sería un gran director y lo fue. Durante su actuación se destacó como un hombre de pensamiento liberal, globalizador y profundamente creyente de los beneficios del libre comercio. Nos prometió, y así lo hizo, designar como director adjunto a un venezolano: nombró a Miguel Rodríguez Mendoza responsable del ingreso de Venezuela al GATT, quien actuó como su mano derecha en tan compleja organización.

Dejó huella, el tema del comercio no le era ajeno. Fue también ministro de Comercio en Nueva Zelanda y le correspondieron también negociaciones en el marco del GATT. Tenía pasión por el multilateralismo y sabía que los grandes ganadores de las reglas comerciales eran las economías más débiles. Lo vimos actuar con fuerza en Doha, en donde se lanza la cuarta ronda de negociaciones comerciales. Recuerdo que empujó mucho el tema agrícola y el del comercio electrónico. Es en esa reunión cuando precisamente ingresa oficialmente China; en mi memoria está la emoción de la delegación y los negociadores chinos, quienes durante 15 años intentaron ser admitidos como socios iguales en una organización clave para el equilibrio de los flujos comerciales en el marco de reglas transparentes y predecibles.

Lamento no haberlo visto por varios años, dejé en el pincel una promesa de visitarlo en su bella Nueva Zelanda, en donde pasó sus últimos días después de una larga enfermedad. Siempre recordaré el famoso encuentro que presencié en Ginebra entre él y Chávez. Lo trató de convencer de las bondades de la OMC y las ventajas para los países desarrollados. La verdadera naturaleza de la organización y la importancia del liderazgo de Latinoamérica como región clave para fortalecer las disciplinas multilaterales. Su invitado entendió la fuerza de sus palabras. Ya la visión prefabricada estaba en curso. La frase lapidaria “es que usted representa un club de los ricos” cerró la brecha de una tremenda oportunidad para entender en aquel momento que los países en desarrollo siempre estarán más protegidos bajo el imperio del multilateralismo y de reglas del comercio diáfanas.


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