El éxodo inducido de venezolanos hacia el exterior es producto de la situación política implantada por el régimen, responsable de la crisis socioeconómica generalizada actual, e implica varias cosas degradantes: la pérdida de años de desarrollo educativo, laboral, económico y social.

La declinación del empleo geolaboral hace muy difícil el ejercicio de profesiones obtenidas en las universidades y tecnológicos del país, las cuales están generalmente prohibidas o restringidas en el exterior y se ejercen con ligeras excepciones, de tal manera que  solo se ofrece la alternativa laboral a dichos profesionales de desempeñar, si lo logran, cualquier oficio, aun los más elementales, para intentar percibir los ingresos que le permitan la condición de vida adecuada, la cual generalmente viene acompañada en su desempeño de un entorno geográfico hostil, y paulatinamente, son sujetos de xenofobia creciente, maltrato oficial en alcabalas, aduanas y servicios sociales.

En general, quienes han emigrado perciben que no pertenecen a ningún lado, somos trashumantes, y a los que permanecen en el país, se les hace cada vez más difícil sobrevivir adecuadamente. El venezolano ha estado demasiado tiempo en manos de un régimen cuyas actuaciones han provocado perder viviendas, negocios, empleos, familia, y derechos. Consecuencialmente, las personas creen que irse del país les permitirá mantener o mejorar su calidad de vida.

Millones de venezolanos se han desplegado por el mundo en un fenómeno inusitado, incluso la migración resultante excede a la de naciones en guerra. La avalancha de migrantes copa ciudades en los países de la región, provocando un impacto no controlado, lo cual determina que en los centros receptores afecten de manera directa las facilidades de permanencia, independientemente de su condición legal; las políticas públicas locales, especialmente en la dirección y disposición de la infraestructura de atención en materia de salud, educación y empleo, en franca competencia con los ciudadanos nacionales. Es evidente que la situación de los migrantes contrasta significativamente en países que catalogamos como hermanos, donde realmente nos ven como invasores o indeseables

El efecto de este fenómeno puede emparentarse con reacciones de rechazo y maltratos a los inmigrantes, incluso en aquellos países donde desde no hace muchos años migraron a Venezuela en cantidades apreciables, como es el caso de la millonaria migración colombiana que fue tratada como ciudadanos venezolanos, se les dio ciudadanía y facilidades para vivir en el país, igual ocurrió con peruanos, ecuatorianos, chilenos y en menor proporción argentinos y brasileños. Fue muy importante la migración europea italiana, portuguesa y española, incluyendo también la colonia china, siria, turca y libanesa. Todos fueron acogidos amistosamente, humanitariamente y con buena voluntad; el empleo fluyó, sus emprendimientos fueron acogidos y ellos contribuyeron al desarrollo nacional de manera evidente.

La composición demográfica fue extraordinaria y la combinación genética dio a luz una generación mejor preparada, emprendedora, que pasados los años, producto de la ruina inducida por el régimen, se fue. La mayoría regresó a los países de sus ancestros y reclamó la nacionalidad.

El efecto del virus chino ha hecho vulnerable a la población de todo el mundo. Ante la cuarentena obligatoria, el desempleo comenzó a ser un nuevo problema para el venezolano común. Ya se cuentan por millones los desempleados o desplazados de los habitantes nacionales en los países afectados, ello incide de manera directa y masiva en los inmigrantes, cuyos oficios en su mayoría no son indispensables. Muchos inmigrantes quedan fuera del sistema de empleo local, y extraordinariamente, los más preparados tienen el chance de mantener sus empleos. La merma en los ingresos es evidente por la imposibilidad de laborar y la pérdida del trabajo se generaliza como consecuencia de que la primera medida que toman los empleadores es la de reducir personal y drásticamente su nómina.

Este nuevo problema no es menor, por el contrario, la vulnerabilidad en ciernes implica: deportaciones, persecución pública, expulsión de sus residencias y ante la desesperación, comienzan el regreso y se encuentran con cierres de fronteras, restricciones legales y malos tratos. Frente a ello, crece la magnitud del riesgo de enfermedad y muerte, muchos intentan regresar a como dé lugar a su lugar de origen, pero muchos se quedan en los caminos del retorno obligado, abandonados por los controles sanitarios, de alimentación y de ingresos, incluso se encuentran con prohibiciones de acceso a locales, obstáculos que impiden su caminata, barricadas espontáneas y trato discriminatorio con frases despectivas, sujetos de cualquier cantidad de epítetos y  desprecios, más intensos cuando son señalados como sospechosos de tener covid-19,

Colombia es el principal destino de los venezolanos que han huido de la crisis nacional. Aproximadamente 1,8 millones de emigrantes llegaron a ese país en los últimos años. La ausencia de plazas de trabajo los hace desplazarse en busca de mejoras, pero el efecto real es que se ha diezmado la economía informal en la que trabajan muchos, sumiéndolos más profundamente en la pobreza, provocando un retroceso en los flujos migratorios. Los migrantes que regresan, incluidos niños, ancianos, pacientes de diabetes y mujeres embarazadas, declaran el impedimento de las autoridades al restringir el tránsito vehicular por carreteras y la opción que les queda es la marcha o caravanas de regreso, cuales caminantes a través de montañas y veredas, sin comida, agua y aseo. Cuando llegan a la frontera venezolana se consiguen con el feroz comando pretoriano que impide selectivamente el ingreso a su propio país.

Cientos de miles de personas retornan poco a poco, sin recursos, dejan cosas en la vía, incluyendo a personas que mueren. Ante este drama los gobiernos hacen muy poco, el de Venezuela los considera traidores por haberse ido del “país más feliz del mundo”, y regresan con humildad y frustración.

El panorama luce extremadamente complejo, el efecto de la pandemia implica una reducción drástica del producto bruto interno, restringe la capacidad de financiamiento y genera recortes en el empleo que ya suman millones. De ellos, los inmigrantes son los primeros en caer en cualquier parte del globo. No queremos ni pensar el sufrimiento de tanto venezolano que emigró en busca de mejor calidad de vida, que logró vivir decentemente, e incluso que pierdan el emprendimiento individual o familiar, su ingenio empresarial y artesanal. Todo acaba, y sin oportunidades, desesperado, entra en la disyuntiva de la supervivencia o el regreso, sin el dinero que se llevó de la venta de sus bienes para invertir en una mejor vida y, nuevamente, se va a encontrar con un país más destruido que cuando se marchó y con la desgracia de que ha sido tomado por el narcotráfico e invadido por países exfoliantes.

Ante ese panorama terrible, la causa no es solamente sobrevivir a la pandemia, y aferrarse a la supervivencia; la alternativa es la de enfrentar a un gobierno culpable de su condición de inanición. El régimen es responsable de la política de segregación humana, de acción contraria a sus derechos, dictatorial y corrompida. Es el origen del mal, reconociéndolo de esta manera, solo hay pocas alternativas, una de ellas es hacer lo que no se hizo, enfrentar a la dictadura, no esperar que alguien resuelva sus problemas, la alternativa contemplativa no es una opción, es de participación en la sociedad civil organizada, con lo que se tenga a mano, y de resistencia civil.

Para sobrevivir y rescatar nuestros derechos ciudadanos hay que involucrarse en la lucha, terminar con el régimen usurpador del poder público, única manera de reiniciarse en un mundo que cambió definitivamente. Es en nuestro país de origen donde podemos encontrar la manera de lograr en libertad la posibilidad de un nuevo emprendimiento y regresar a una condición de vida honorable y de calidad.


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