En Venezuela se demuestra con gran claridad que la política se ejerce con una dosis fundamentada en la mentira, y que en buena medida sus efectos han contribuido a la pérdida de la democracia. Además, la mentira ejercida como práctica política diaria del régimen pone en peligro los esfuerzos para la transición y socaba la base de la sociedad y del Estado de Derecho.

Los dirigentes del régimen son amos y señores del país, hacen lo que quieren, mienten descaradamente, comunican para confundir y desvían la atención de los grandes problemas del país, resumidos en: pobreza, desigualdad y exclusión. Ocultan la verdad usando técnicas para hacer creer falsedades, ridiculizan la verdad como bien público y la asumen como su propiedad privada, que no puede ser buscada y menos publicada, incluyendo los conocidos falsos positivos, atentados inventados, ocultando la impunidad de altos funcionarios del Estado y otros, cuyas acciones corruptas son traducidas en simples escándalos mediáticos, bloqueando la justicia y hacen creer que es preferible el irremediable y trágico presente al futuro incierto, todo ello para sostener su poder.

La más nueva y peligrosa mentira la vimos esta semana con declaraciones de un personaje siniestro, vestido con bata de médico, anunciando la más grande mentira de la historia, afirmando que el  sistema de salud oficial es perfecto, basado en que realizan 25.000 pruebas diarias del covid-19; es decir, por lo visto, examinan a 45 personas por minuto; que han hecho 181.335 pruebas a potenciales pacientes, disponen de 23.000 camas hospitalarias y anuncia sin rubor que su régimen ha llevado la más grande operación sanitaria de América Latina y que por supuesto ocupa el primer lugar en la historia para el cuidado de la salud de los venezolanos y de Latinoamérica.

Tremenda mentira, sin vergüenza lo divulga por todos los medios y ellos creen que las personas lo digieren o lo creen, cuando todo el mundo sabe que tenemos el peor sistema de salud de este continente. Esa alocución es uno de los mejores ejemplos de cómo personajes sin ética y fanatismo informan y proporcionan datos llenos de mentira, sin importar que lo que hacen es diversificar los temores de la población, y obviamente, no aclaran el cómo disminuir los temores a una potencial tragedia pública que no podrán remediarla o impedirla.

El sistema social de este régimen se ha forjado entre mentiras, y cebado con el clientelismo y la corrupción, y para cumplir con sus propósitos, aparta de la vida política a todos sus adversarios, especialmente a médicos y personal de la salud, e incluso encarcelan ante la denuncia, y después a aquellos de los suyos de quienes tengan alguna sospecha de que los contradicen. Deben saber que la mayor parte del país duda, no les creen y están cansados de odios y mentiras, y que más temprano que tarde llegará a poner su lógica de verdad por encima de la mentira y de los mentirosos, adalides de la manipulación y la falsedad, que serán los primeros derrotados.

Veamos algunos datos producto del análisis para desmentir lo que en cámara el inefable mentiroso dice desvergonzadamente cuando afirma que son “datos oficiales.” Frente al comportamiento estadístico del avance de la pandemia y de sus efectos, en el continente americano se interpreta de distinta forma, y es tal y tan contradictoria su apreciación, que un observador imparcial o de buena fe, jamás sacará una conclusión que los convenza de lo contrario.

La gran mentira es construida con las mejores técnicas cognitivas. Someten a los medios y los canalizan hacia objetivos apoyados en ficciones, logrando levantar un muro de contención hacia las expresiones de la verdad y de la real política, neutralizando el razonamiento, transformando la realidad dentro del marco de su propia fantasía ideológica y pretendiendo ocultar su incompetencia.

Es necesario que las personas tengan “el acceso al conocimiento, y sepan además manejar de forma crítica la información que reciben”; a pesar del poder que ejerce el régimen sobre los medios de comunicación y de sus redes digitales, la verdad es que, la realidad misma rebasa los efectos de la pandemia y se dan cuenta de la indecorosa e inmoral estrategia, incluyendo las “cortinas de humo” que intentan desviar la atención, inventando noticias alarmantes o difíciles de creer.

Llegó la pandemia; desde el principio la negaron hasta que la realidad hizo que no la pudiesen ocultar, e inmediatamente imponen medidas inducidas por sus estilos autoritarios de gobierno para sacar a la gente de las calles, no como es lógico para la protección de la población, sino para evitar el desastre de la explosión que se viene venir ante la falta de gasolina y de combustible, producto de su incompetencia en el manejo de la industria, de la ausencia de comida, de las quiebras empresariales grandes y pequeñas, la ausencia de ingresos, la pavorosa falta de agua y de energía eléctrica, cuyo manejo se les salió de las manos hace ya tiempo.

Después que la enfermedad causada por el nuevo tipo de virus empezó a manifestarse lentamente, se ha convertido en un torrente de infectados cuyo comportamiento sigue leyes exponenciales, es decir, que un paciente infectado triplica en pocas horas a otros y estos a su vez también los triplica. Todo indica que produce una mortalidad media sobre los contaminados, comprendida entre 1% y 5%, especialmente en personas en condición de pobreza, cuyos sistemas inmunológicos sean débiles, o que su salud esté deteriorada por otras enfermedades o simplemente, hayan rebasado una edad avanzada, lo cual los hace vulnerable al virus chino.

Tomando como referencia estudios cuya fuente es: Dashboard, by the Center for Systems Science and Engineering at Johns Hopkins University y la elaboración de estimaciones suficientemente confiables, observamos que tomando información sobre el tema de los principales países del continente americano, la pandemia a la fecha ha contaminado a un promedio ponderado de 0,008% de la población, variando de 0,2% en Estados Unidos a 0,09% en Panamá, dejando a Brasil, Colombia, Ecuador, Perú y Costa Rica en ese intervalo.

De la población enferma con coronavirus, han fallecido como consecuencia de su efecto, un promedio ponderado de 4,4% de los enfermos, variando por países en América entre 2% y 6%, que ha sido tomado como referencia mediante la data publicada y verificada por organismos locales de la salud, y su comprobado y competente sistema estadístico.

Venezuela de acuerdo con lo pregonado por la mentira, afirma solo que hay 204 enfermos y se han muerto 9 personas, debido al “mejor sistema de protección de la salud de América Latina”. Tremenda mentira, especialmente si hacemos una estimación estadística, tomando en cuenta lo experimentado en los países señalados y los particularmente semejantes a nuestro sistema de vida; de tal manera que, observamos que en Venezuela se estima que no hay menos de 19.077 enfermos y han muerto más de 800 personas, y que la cifra sigue subiendo de manera alarmante, poniendo en evidencia la gravedad de la situación.

En el año 2019, de acuerdo con información fiable, al menos “70% de los centros de salud no tenía –ni tiene actualmente– suministro suficiente de agua, y 63% reportó fallas en el servicio de energía eléctrica; servicios que por su importancia y ausencia han contribuido a la muerte de más de 164 personas, sin tomar en cuenta las que no son atendidas”. Es evidente que, por ausencia de medicamentos, atención médica y quiebra del sistema hospitalario, se producen cada vez más muertes que se ocultan hábilmente.

El sistema de salud en estas condiciones no podrá asumir la atención de la pandemia como la que se nos vino encima. Cínicamente, el régimen pregona que sus ductores cubanos solucionarán los efectos de la pandemia bajo el supuesto negado del “gran avance de la medicina” en ese pobre país.  Se lanza un estado de sitio con las fuerzas armadas y milicianos de la tercera edad a la calle, aísla al país como en un estado de sitio, e inmoviliza totalmente a la población. De paso les echa la culpa a otros, sin considerar siquiera que su incompetente e ilusa gobernanza no podrá hacerle frente a esta pandemia, y mucho menos a las fuerzas que los reclaman ante los tribunales internacionales.

El suministro ya escaso de medicinas, comida y elementos vitales, producto de la negativa dinámica productiva, del transporte limitado, y el inútil grito por ayuda humanitaria y de recursos imposibles de obtener por ser maulas, no podrá llegar, y como consecuencia inexorablemente el país da otro paso a su sistemática destrucción en un entorno ciertamente dramático, ante la cual, la población reaccionará de alguna manera ante la ausencia de atención sanitaria.

Un problema grave se cierne sobre Venezuela: la pandemia y la mentira política han puesto al país en aislamiento, las actuaciones del régimen son desconcertantes e inútiles, solo el pueblo paga estas consecuencias que una vez pasada la crisis, potenciarán la necesidad imperiosa de cobrarles su incompetencia y deseos de cambio radical.

 


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