Durante el encuarentenamiento impuesto por la ONU que alteró, con extrema severidad, nuestro razonamiento científico y filosófico, los venezolanos sometidos a una inaudita esclavitud fuimos informados que nuestros opresores son criminales equiparables a los nazis. Aparte, lo hicieron funcionarios enmascarillados como para someter al mundo a una larga intervención quirúrgica.

La ONU está integrada por exterminadores de la humanidad que se arrogan la atribución de convocatorias internacionales para practicarse unciones fecales, acicalar fundamentalistas, alcanzar orgasmos o eyacular mediante sus reality shows. Son tóxicas las flatulencias de esas bestias congregadas en un cenáculo donde sus motivaciones son harto conocidas y en el cual nutren sus morbos. Proceden de repúblicas donde azotes de barriada gobiernan. Lo hacen mediante inicuos «actos de jefaturales» [también descritos, en circunscripciones judiciales, como «de gobierno»]. En inútiles por fastuosos convites de excelentísimos, unos destacan más que otros: por sus expresiones picarescas, dramáticas, de comediantes, resentidos, narcisos, sabihondos, preclaros, belicosos o con poses de mesías.

Alguno frunce su entrecejo y propone un tribunal de justicia penal mundial para juzgar a quienes socavan la Tierra, olvidándose de la Corte Penal Internacional: en cuyo banquillo de acusados debería estar para ser condenado por violar, soberbio, los derechos humanos. Cada cierto tiempo, los distintos «humanófobos» se suceden en la toma de la palabra. Todos, enemigos de nuestra especie. Se reúnen para aplaudirse o simular que sancionan a quienes hayan destacado entre delincuentes, pero no sucederá algo extraordinario capaz de alterar lo establecido hace muchos años.

Se sabe que el «efecto placebo» comporta una sanación imaginaria. No causa enfermedades ni científicamente las cura. Pero: el «efecto exterminador» se siente en la piel, es caliente y produce dolores físicos o psíquicos.

Menos severa que el estupor, la Organización de Naciones Unidas fue creada como antídoto placebo a la incurable enfermedad de odio que nos afecta. Competimos por permanecer vivos y aventajados. Incluso entre parientes, el empuje y acomodo ventila que la amistad es aprendizaje en un tumulto llamado sociedad. Imposible ser fraternos cuando el instinto o la realidad [que irrumpe irrefrenable] nos impulsa forcejear para no morir todavía ni primero que el prójimo. Pudo ser una inmensa explosión hedónica lo que precedió a la aparición del ser pensante, cuyo centro de fuego fue dopamina y fusión de cuerpos ardorosos. Duró poco el acto de fecundación, que dio origen a un tabú llamado ser humano.

El hombre destaca enemigo de la inteligencia que pretende conferirle dignidad desde su aparición y posterior dominio sobre el planeta. La reina del conocimiento, apabullada, no quiere pasar a eso que llamamos historia como una dama incapaz de imponer la paz mediante la justa impartición de prosperidad sin que se le confunda con igualitarismo.

@jurescritor  

 


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