Nadie discute las grandes virtudes de un pensador de la talla de John Locke. Filósofo, médico y economista, uno de los más destacados representantes del empirismo inglés, padre del liberalismo clásico y autor de, quizá, las obras más influyentes y significativas del pensamiento filosófico moderno en habla inglesa: el Ensayo sobre el entendimiento humano, los Dos tratados sobre el gobierno civil y la Carta sobre la tolerancia. De manera que está fuera de lugar el pretender poner en duda la decisiva contribución hecha por un filósofo cuyo pensamiento inspirara, además, la redacción de la Declaración de Independencia de los Estados Unidos de América y la Declaración de los Derechos Humanos. La historia de la filosofía no es un museo de cera en la que cada una de las figuras del pensamiento constituya un punto de vista aislado y parcial respecto del resto. Por el contrario, las diferencias existentes son contribuciones en el desarrollo progresivo -y no necesariamente cronológico- que, en su conjunto, se propone como meta la búsqueda de la verdad. Para lo cual resulta indispensable la conquista de la libertad. No se puede producir lo uno sin lo otro. Todo tiene -como advertía Aristóteles- su medida. La filosofía no es ni una tolda política ni una secta religiosa. Más bien, las toldas y las sectas tendrían la necesidad de comprender que, con independencia de las diferencias o de los antagonismos existentes, al final de las cuentas, ni hay destino sin voluntad ni hay progreso sin diversidad.

En el caso de Locke, filósofo empirista, no cabe duda de que -como dice Hegel-, a pesar de tener el mérito de haber abandonado “las simples definiciones”, propias de los racionalistas, la experiencia -lo empírico- es, para él, el momento absoluto y “necesario de la totalidad”. Su propósito consiste en concebir la experiencia individual no como un momento de la verdad sino como su esencia misma. En él, lo particular, inmediato, finito e individual son erigidos como los principios supremos. Y de ahí se deriva, por cierto, el argumento según el cual la diversidad de opiniones, intereses y conflictos entre los individuos forme parte de la dinámica natural de la sociedad. Con lo cual Locke da satisfacción a una necesidad ya sentida y exigida por su propio tiempo. Claro que, al llegar a un cierto punto del conflicto, el Estado -según afirma- tiene la obligación de mediar, pues es al Estado a quien le corresponden las funciones decisorias para mantener la paz y la tolerancia, necesarias para la convivencia social. Porque, en Locke, así como en su teoría del conocimiento los postulados generales se derivan de la experiencia, en su filosofía política los fundamentos del Estado se derivan de los individuos. Es, de hecho, un gran contrato, una gran corporación de individuos.

La de Locke es la filosofía del sentido común por excelencia, el modo general de filosofar que ha orientado todas las rutas del mapa representativo que prevalece como “modelo” del conocimiento, tanto en las ciencias naturales como en las ciencias políticas y sociales, incluyendo buena parte de los estudios humanísticos. Se trata de formar novedades, aportes o argumentaciones “cognitivas” -que luego son convertidas en “normas” o “leyes”- a base de representaciones simples, obtenidas a través de la percepción, comparando y combinando “casos”. Como dice Hegel, en Locke el entendimiento –understanding– es interpretado como “la mera aprehensión de las sensaciones abstractas contenidas en los objetos”. Una manera de razonar que forma parte del espíritu de la modernidad y -hasta nuevo aviso- de la llamada posmodernidad, por más que esta última se niegue a reconocerse en él. Nihil sub sole novum.

Casi 200 años antes de Locke, Nicolás Maquiavelo, considerado por muchos como el fundador de la “ciencia política”, se anticipaba, de modo inmanente, al Spinoza del Tratado de la reforma del entendimiento. Sin necesidad de hacer declaraciones explícitas, relativas al “método” adecuado, la más humilde labor de Maquiavelo consiste –in der praktischen– en ir de lo específico, de lo empíricamente concreto y particular, hasta alcanzar lo general, tal como lo sugiere Locke. Solo que, una vez que se ha hecho este recorrido, le resulta necesario emprender el camino de vuelta, cabe decir, marchar desde lo general nuevamente a lo particular, con lo cual -y como afirma Kant- se llega a la comprensión de que el fundamento de las representaciones generales no es lo empírico sino el entendimiento mismo. Spinoza lo expone con la mayor claridad: del cocimiento de la experiencia es menester elevarse al conocimiento que va de las causas a los efectos. Pero, una vez alcanzado, es necesario reemprender el trayecto, el viaje de retorno, y marchar desde los efectos a las causas. Porque, a pesar de que -siguiendo a Locke- más de un agudísimo analista político del presente lo considere innecesario o insustancial, la trayectoria biunívoca, reconstructiva, del proceso de comprensión del objeto de estudio, hará posible que el hecho empírico, lo inmediato, sea traspasado y sorprendido, es decir, puesto en evidencia, no ya como la causa sino más bien como el efecto mediado por su propio recorrido. Era a esto a lo que Maquiavelo designaba bajo el concepto de “la realidad efectual de las cosas”.

El grave problema que presenta una importante y destacada parte de los muy respetables analistas de la actual situación de crisis orgánica, por la que atraviesa la sociedad venezolana en la actualidad es, justamente, la de su fervorosa y militante adhesión al esquema cognitivo y a la -¡oh, bendita expresión de moda!- “narrativa” características de esta forma de razonamiento, propia del sentido común. En nombre del “realismo” y de la “sensatez”, toda la “lógica” de las medianías, de los entendimientos, de los intentos por “arreglar las cosas” mediante un “diálogo constructivo”, que “destranque el juego” en unas elecciones, que permita equilibrar los platillos de la balanza -en sana paz constitucional- entre los intereses del régimen y los de la oposición, teniendo como norte la certera e irrefutable “ley” del “ganar-ganar”, seguida de toda una experimentada terminología “científica”, sacada de los laboratorios de la advertising y del marketing, y que va desde el ya remoto “color esperanza”, pasando por “la salida”, hasta llegar al “sí o sí”, padece de un empirismo que insiste en tropezar, una y otra vez, precisamente con la “realidad efectual de las cosas”. Empirismo que, por cierto, ha terminado por convertir a Locke en el autor de todos los ejemplares de “Mecánica popular”.

Mientras se insista en imaginar que lo que se considera como “los hechos” es más que suficiente para poder derrotar políticamente a una banda de criminales, un cartel de narcoterroristas, que no pueden percibir al otro como su adversario o su oponente sino como a su “enemigo de clase”, con el que no se proponen “convivir” ni “cohabitar” sino aplastar y someter, se podrán hacer todas las mediciones y cálculos probabilísticos que se quieran hacer, pero eso no bastará para poder conducir a  Venezuela hacia su inapelable reconstrucción. Se equivocan al considerar que los individuos son “buenos por naturaleza” y no que se hacen buenos en virtud de la civilidad, una vez que dejan de ser individuos abstractos. Los “buenos salvajes” no existen. Tal vez, un poco menos de Locke y un poco más de Maquiavelo contribuya a modificar, en alguna medida, el enfoque de los tan preciados “hechos”.


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