En la eterna guerra de las ideologías la mayor amenaza para la historia no es la frágil y posmoderna metáfora de su fin, en la que ya se va creyendo menos, sino el hecho de estar expuesta inevitablemente a un mar de falsificaciones, por diferentes motivos. De ahí que, hablando de José Martí y Fidel Castro, vale dejarlo claro una vez más: las ideas y acciones del dictador nada tienen que ver con las del poeta. Son totalmente opuestas.

Castro fue un despreciable comunista, campeón mundial en la violación de derechos humanos, capo de un régimen entroncado al terrorismo y el narcotráfico, cuya fortuna, según la revista Forbes, rondaba los 900 millones de dólares. Y Martí fue un extraordinario intelectual y un verdadero patriota, que luchó y murió -sin mayor fortuna que sus versos- convencido de darlo todo por la libertad de su nación. Mientras que Castro condenó a los cubanos a la moderna esclavitud del socialismo, que aún sufren.

La historia ha demostrado que el castrismo ha sido el mayor enemigo que haya encontrado a su paso el legado del apóstol cubano, muy a pesar de que Castro, con su famosa y reiterada demagogia, se autoproclamase fiel seguidor del ideario martiano y tantas veces lo usara como escudo, punta de lanza y hasta progenitor “intelectual” del proyecto castrista.

Es útil acotar que esta fue más o menos la misma estrategia que a partir de 1967 Castro emplearía -con éxito, hay que admitirlo- con el guerrillero y criminal comunista Ernesto “Che” Guevara, a quien, después de haberlo abandonado a una muerte segura en la selva boliviana, rápidamente lo convirtió en mártir de la revolución cubana y a su vez en símbolo de la internacionalización de la subversión izquierdista que durante todo el siglo lideró en América Latina y otras belicosas zonas del planeta. Lo mismo hizo con Camilo Cienfuegos y otros.

Pero sin lugar a dudas Martí fue su mayor obsesión. Y su mejor víctima también. Castro, sin jamás darle crédito públicamente al estruendoso fracaso del socialismo real, defendió hasta su muerte el macabro sistema. Mientras que Martí lo identificó como un grave peligro para las sociedades, en contraste con sus grandes elogios al sistema de libre mercado que experimentó en Estados Unidos. Por supuesto que en la Cuba de a partir de la segunda mitad del siglo XX, en los medios de prensa y las escuelas, hasta nuestros días se promulga justamente lo opuesto.

Castro fue un experto en la creación de falsos mitos fabricados para sí mismo. Un perverso manipulador enmascarado como el Robin Hood del siglo XX. Que inspiró y asesoró a su heredero ideológico, Hugo Chávez, a hacer lo mismo con Simón Bolívar. Mientras Castro -creador del método del socialismo del siglo XXI- se robó y desfiguró a Martí y presentó su revolución como martiana, por su parte Chávez se robó a Bolívar, lo desfiguró y presentó su revolución como bolivariana. Incluso llegó a deformar la imagen de Bolívar y la hizo colgar en el Parlamento. No se trata de coincidencias (a este asunto prometo regresar) sino la copia de un método que, aun con ambos dictadores muertos, sigue funcionando. Pues cuando los métodos son efectivos, no necesitan de sus creadores para ser ejecutados.

Una pequeña anécdota. Hace poco más de dos décadas, mientras estudiaba en la Facultad de Comunicación Audiovisual del Instituto Superior de Arte (la universidad de las artes de Cuba), en una clase de Historia de la Cultura Cubana, surgió un debate sobre la supuesta vinculación del pensamiento martiano con el socialismo.

Una parte del aula, saturados del discurso oficialista, tergiversador de Martí, no hizo caso al tema, aunque se quedó en silencio. Otros, como siempre, se tragaron el veneno. Y no faltamos -aunque muy pocos- quienes mostramos nuestro desacuerdo con tamaña falsedad. Mi amigo Ricardo Bacallao (cineasta que comparte las sombras y luces de su exilio entre Berlín y Nueva York) pidió la palabra para citar una carta de Martí a Fermín Valdés Domínguez, donde, por las propias palabras de su autor, la mala tesis del Martí pro socialista pierde todo sentido:

“Dos peligros tiene la idea socialista, como tantas otras: el de las lecturas extranjerizas, confusas e incompletas, y el de la soberbia y rabia disimulada de los ambiciosos, que para ir levantándose en el mundo empiezan por fingirse, para tener hombros en que alzarse, frenéticos defensores de los desamparados”, le escribe Martí a su amigo.

Es mayo de 1894 y el apóstol, desde Nueva York, deduciendo los evidentes riesgos del socialismo, llega a expresar en la misiva una teoría en la que se equivoca, como la historia luego nos confirmará: “Pero en nuestro pueblo no es tanto el riesgo, como en sociedades más iracundas, y de menos claridad natural: explicar será nuestro trabajo, y liso y hondo, como tú lo sabrás hacer: el caso es no comprometer la excelsa por los modos equivocados o excesivos de pedirla”. Consta en su epistolario, publicado por la editorial Ciencias Sociales en 1993.

No recuerdo si alguien más se levantó a apoyar a Bacallao. La profesora no le quitó la razón al díscolo estudiante, pues la carta es un hecho, pero tampoco reconoció que el supuesto “socialismo martiano” era una invención castrista. Que es la verdad.

“Demasiado explosivo para que la gente se metiera. Sin embargo está escrito y dicho por el mismísimo Martí. No fue la CIA, ni fue pagado por el gobierno americano. El miedo es del carajo. Aquí, desde donde estoy [Alemania] tienen experiencia. Por los nazis y por los comunistas. El miedo hizo que muchos franceses colaboraran con los nazis. Y los que tienen el poder en Cuba, practican la herramienta del miedo”, me ha escrito mi amigo por estos días.

Es innegable que el miedo es una de las herramientas más efectivas que existen. Y en el socialismo real lastimosamente es un arma cotidiana. Pero no sólo se trata del vil temor de siempre. La apatía y la resignación tienen gran peso en estas situaciones, desde hace mucho, y sus efectos lastiman profundamente a la sociedad. El propio Martí lo relata cuando en su poema “Los espacios” escribió: “Si me pedís un símbolo del mundo / En estos tiempos, vedlo: un ala rota. / Se labra mucho el oro. ¡EI alma apenas!”. Un texto del argentino Jorge Luis Borges corrobora este concepto: “le tocaron, como a todos los hombres, malos tiempos en que vivir“.

Definitivamente, con la permanencia del castrismo en el poder, la obra de Martí cayó en las más infames manos. Por suerte no han faltado -aunque aún pocas comparadas con la avalancha desinformadora- las luces sobre su persistente defensa de la libertad, es decir, su espíritu antisocialista, anticomunista.

“José Martí jamás fue o podía haber sido socialista, o mucho menos, comunista. Su crítica directa a las pretensiones socialistas está claramente expuesta“, afirma en un breve ensayo el politólogo cubanoamericano Julio Shiling, quien ha enumerado los 4 aspectos que “más le chocaban” a Martí de los “esquemas socialistas“: “(1) la demagogia enmascarada de su liderazgo, utilizando diatribas hipócritas para engatusar a los pobres y alcanzar el poder político; (2) el precio social y cultural de subordinar al individuo a un colectivo; (3) la fomentación de un Estado cíclope, burocrático e invasor; (4) y el atropello a la libertad para implantar esas ideas “confusas””.

En ese mismo texto, el director de la publicación y el foro político Patria de Martí, recuerda que el falso “antinorteamericanismo” del apóstol es “otra de las tergiversaciones del castrismo y su intelectualidad cortesana”, pues que Martí calificara a Estados Unidos como la “sociedad más libre y grande en la Tierra” es prueba de su entendimiento y valoración de las inspiradoras “escenas norteamericanas” que vivió, bebió y anheló para su isla. Martí, ferviente amante de la libertad, fue un admirador del libre mercado (o el capitalismo, como guste llamársele), cuya cúspide, con algunos defectos y muchísimas virtudes, sigue siendo la nación de George Washington y Abraham Lincoln.

No pierdo la oportunidad de volver a proponer la lectura del artículo “La futura esclavitud” (que he citado en la primera columna de esta serie), publicado por Martí en 1884 en Nueva York, a partir de un ensayo donde Herbert Spencer expone su crítica al socialismo. Y que el cubano comparte: “Spencer quiere enseñar cómo se va, por la excesiva protección a los pobres, a un Estado socialista que sería a poco un Estado corrompido, y luego un Estado tiránico”, asegura el autor de clásicos del modernismo como “Nuestra América”, “Abdala” y “El presidio político en Cuba”.

Martí, tal como Spencer, previno el pecaminoso estatismo socialista, las temeridades de convertir al individuo en masa amorfa, el despojo del hombre de sus libertades bajo la premisa de que el Estado debe ser su controlador, a cambio de cuidársela.

En su análisis sobre Spencer y el socialismo, Martí señala: “Todo el poder que iría adquiriendo la casta de funcionarios, ligados por la necesidad de mantenerse en una ocupación privilegiada y pingüe, lo iría perdiendo el pueblo, que no tiene las mismas razones de complicidad en esperanzas y provechos, para hacer frente a los funcionarios enlazados por intereses comunes. Como todas las necesidades públicas vendrían a ser satisfechas por el Estado, adquirirían los funcionarios entonces la influencia enorme que naturalmente viene a los que distribuyen algún derecho o beneficio”.

Basta con leer lo anterior para, sin aspavientos, entender perfectamente que Martí no solo no fue un intelectual socialista, sino que jamás podría ser un defensor de dicha ideología y sistema.

Martí sabía que el socialismo era un régimen desconocedor de la naturaleza humana, cuyo sentido y meta no es otro que la modernización de la esclavitud. Algo que por desgracia seguimos contemplando en la práctica y contra lo que se hubiera opuesto el poeta y apóstol de la libertad de los cubanos –en contraposición a lo que intentan retorcer los gendarmes seudointelectuales del castrocomunismo–.

Insisto: es una farsa, un horror, una total desfachatez querer hacer creer que Martí concordaba o comulgaría con el socialismo. El autor de los versos “¡La edad es esta de los labios secos! / ¡De las noches sin sueño! / ¡De la vida estrujada en agraz! / ¿Qué es lo que falta que la ventura falta?” no fue ni por asomo el socialista o el comunista que desde los círculos viciosos de La Habana han intentado hacerle creer a varias generaciones, no sólo de cubanos.

Pero ya sabemos que estas doctrinas nacen y se multiplican precisamente gracias a la legitimación de la farsa, el horror, la desfachatez. Solo veamos en lo que han convertido desde 1959 a nuestra Cuba, la patria de Martí.

Cortesía La Gaceta de la Iberosfera 

 

 


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