En estos días, por ese provechoso imán que también pueden excitar los natalicios, algunos reabren las puertas de la memoria, y aún hay hasta quienes leen y releen –que siempre será lo vital– al intelectual cubano José Martí, nacido en la España peninsular hace poco más de un siglo y medio, el 28 de enero de 1853. 

Martí no solo fue un impresionante escritor, precursor del movimiento literario modernista, sino también uno de los más conocidos mártires de las guerras independentistas en la isla, a las que, es preciso señalar, se les puso punto final el 20 de mayo de 1902, con la fundación de la República. Más de medio siglo antes de que Fidel Castro secuestrara la inexperta nación y –ayudado en gran medida por su obstinada adulteración de la imagen y la obra martiana– la enterrase viva. Y así permanece. Violada, apuñaleada, insegura, engañada en todo y por todos, pero sin haberse convencido de la trampa que siempre será la eutanasia.

Y es que con Martí quizás sucede algo similar a lo ocurrido con la Cuba republicana: el castrismo la hirió de muerte. La lanzó a la fosa atada de pies y manos, casi enmudecida, inmóvil, zombi; pero no significa que no podrá zafarse y escapar del ataúd marxista-leninista, al que sus arquitectos y gendarmes se empeñan en mantenerle incrustada una falsa etiqueta martiana.

Por suerte la llamada “revolución cubana” no ha decapitado al Martí real. Ojo: por una parte porque no le ha convenido hacerlo y por otra porque no ha podido. Pero aunque quisiera creo que no podría, no sólo porque se trata –con distorsiones y olvidos y hasta rechazos– de una fortísima personalidad enraizada al surgimiento de la nacionalidad, sino también porque el castrismo ha utilizado a Martí como su más magnánimo andamio. Y si de pronto lo eliminan caerá la estructura, por demás ya bastante deteriorada.

Martí ha sobrevivido a Castro y, tal parece, sobrevivirá al castrismo. 

Todavía se le sigue llamando “el apóstol”. Muy a pesar de que Castro, con su perversa pericia, tratara de arrebatarle o al menos distanciarle de este título legítimo y trastocarlo simplemente en “héroe nacional” (noción parcializada para su conveniencia) de las “guerras liberadoras” que –según la mitología castrista– culminaron en enero de 1959, cuando el caudillo revolucionario finalmente se hizo del poder, poniendo fin a su insurrección armada y dando inicio a la más miserable y sostenida guerra (62 años) contra los cubanos y contra la República que precisamente anhelaba edificar Martí y que Castro, incluso en el nombre del propio apóstol, de un zarpazo abolió.

Así de retorcido fue el peor y más habilidoso de los Castro, y así sigue siendo su mayor legado: el castrismo que arrastra el archipiélago. Dentro y fuera. Como una especie de condena. Parafraseando a Virgilio Piñera y su “isla en peso”: la maldita circunstancia de la revolución, del socialismo, del castrismo por todas partes.

Los cubanos desde muy pequeños han escuchado hablar y hablar de Martí. Sus bustos y sus frases –no pocas veces sacadas de contexto– están desperdigadas por toda la Isla, casi compitiendo (por así decirlo, aunque en el socialismo ya sabemos que la competencia es pecado capital) con las del difunto dictador, hoy canonizado como el espectro ideológico de ese fallido sistema que desde 1959 impera en la Isla, y en cuyo panfleto carcelario, que tienen el descaro de llamar “Constitución”, maniobran con la imagen de Martí y vulgarmente lo enredan con el proyecto castrista (no olvidemos que la izquierda, sobre todo la más radical, esa que abiertamente defiende o busca implantar el Socialismo real: ostenta más de un doctorado en corromper la historia e imponer como verdades sus telarañas, sus delirios).

De ahí que, más que información histórica sobre y del apóstol de nuestra nación, lo que allá en la Isla los cubanos de a pie reciben de Martí, cuando más, es solo la porción manoseada que al régimen le conviene divulgar, siempre combinada con una serie de falacias que, a falta de otras visiones, han contribuido a construir una imagen desfigurada e incompleta del creador de los Versos sencillos.

Por ejemplo, según Castro, Martí fue “el autor intelectual” de su fracasado ataque al cuartel Moncada. Poniendo al poeta por delante, en el juicio por este acto terrorista, Castro se defendió arguyendo: “Parecía que el apóstol iba a morir en el año de su centenario, que su memoria se extinguiría para siempre, ¡tanta era la afrenta! Pero vive, no ha muerto, su pueblo es rebelde”.

Una artimaña de corte nazi que el entonces joven revolucionario y gánster bananero (aún no había alcanzado el título de terrorista internacional) empleó para justificar y adulterar el acto terrorista que en realidad constituyó a todas luces dicha acción. La realidad es que necesitaba legitimar no sólo aquella malévola acción fallida sino a la par establecer un falso escenario y un precedente para las otras acciones similares que luego le permitieron transformar el país en una hacienda particular.

Su alegato, muestra de un excelso dominio de la retórica y el embuste, fue publicado bajo el título de “La historia me absolverá“, curiosamente una frase muy parecida a la empleada por Adolf Hitler, también en su defensa, “cuando fue arrestado en Alemania en los años veinte con el famoso Putsch de Múnich, que fracasó también”, recuerda el embajador cubanoamericano Otto Juan Reich, descendiente de una familia judía que llegó a Cuba huyendo del nazismo.

Martí ha sido constantemente vapuleado por el aparato de propaganda y la desinformación del régimen de La Habana. Fíjense en lo que enarbola eso que han dado en mal-llamar “Constitución de La República de Cuba” del 2019: “El Partido Comunista de Cuba, único, martiano, fidelista, marxista y leninista, vanguardia organizada de la nación cubana, sustentado en su carácter democrático y la permanente vinculación con el pueblo, es la fuerza política dirigente superior de la sociedad y del Estado. Organiza y orienta los esfuerzos comunes en la construcción del socialismo y el avance hacia la sociedad comunista”.

Ante esto vale preguntarse: ¿De verdad puede creerse que Martí, el apóstol, el poeta, el líder político, el humanista, hubiera suscrito semejante asesinato de la libertad por la que luchó, y de la República que tanto ansió y por la que murió

Pues, al parecer, sí es posible creerlo. Y no una persona o un grupo sino casi todo un país. Y por muchos años. Desgraciadamente es posible cuando se ha instaurado el poder totalitario para hacer y deshacer todo esto y mucho más. Tal es la farsa del socialismo real. No lo olvidemos.

Llama la atención que en 1884, un siglo antes de que desapareciera el bloque comunista de Europa del Este, Martí escribiera un artículo para la revista La América, de Nueva York, conocido como “La futura esclavitud“, a propósito del famoso ensayo del filósofo inglés Herbert Spencer. La claridad del apóstol cubano, avizorando lo que sería la sociedad socialista, es trascendente:

“El hombre que quiere ahora que el Estado cuide de él para no tener que cuidar él de sí, tendría que trabajar entonces en la medida, por el tiempo y en la labor que pluguiese al Estado asignarle, puesto que, a éste, sobre quien caerían todos los deberes, se darían naturalmente todas las facultades necesarias para recabar los medios de cumplir aquéllos. De ser siervo de sí mismo, pasaría el hombre a ser siervo del Estado. Esclavo es todo aquel que trabaja para otro que tiene dominio sobre él; y en ese sistema socialista dominaría la comunidad al hombre, que a la comunidad entregaría todo su trabajo”. Imbatible Martí. Y por cierto, a su relación con el socialismo (ese virus letal en boga otra vez por el mundo) regresaré. Es interesante. Necesario.

Recordar al buen Martí por estos días es cosa fácil. Casi una obligación del calendario. Y aunque más importante que el mero recuerdo es su exégesis, de cualquier modo siempre valdrá la pena la evocación de un gran poeta. Como es el caso del autor de He vivido: me he muerto, donde advierte: “y en mi andante / Fosa sigo viviendo”. Con toda razón, o sin razón, y por tanto tiempo.


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