El desesperado es el poseído por la desesperación. Tal estado anímico conlleva irremediablemente a la búsqueda de remedios extremos para conseguir lo que obviamente no es factible de otra manera. La seguidilla de venezolanos que últimamente han dejado la vida en sus intentos por escapar de los terribles males derivados de las ejecutorias de la “revolución bonita” venezolana, han hecho sonar las campanas con particular intensidad. Nuestros periodistas, así como los de otros países, se han ocupado de investigar a fondo los pormenores del terrible drama y han puesto los puntos sobre las íes.

La respuesta de esos profesionales de la comunicación no ha sido, en modo alguno, orquestada para inculpar torcidamente a Nicolás Maduro ni a Diosdado Cabello. Al contrario, todos los artículos que he leído no hacen más que dejar constancia de los hechos con absoluto rigor e imparcialidad, lo que no obsta a que se llame al pan, pan, y al vino, vino. De lo anterior deriva la imposibilidad de dejar pasar, como si nada, el drama tan singular. Y la verdad es que lo sentimos por Cabello, el enfant terrible de la dictadura, ese personaje rebelde y transgresor que todos conocemos muy bien, cuyos puntos de vista y desabrimiento se apartan de los comportamientos y prácticas generalmente aceptados.

Es verdad que el Darién ha devenido en lugar de acontecimientos desgarradores. No dudo que para algunos se trata, sin más ni más, de El Infierno que el mismo Dante Alighieri describió con minuciosidad en La Divina Comedia: “A la mitad del camino de nuestra vida me encontré en una selva oscura, porque había perdido la buena senda. Y ¡qué penoso es decir cómo era aquella selva tupida, áspera y salvaje, cuyo recuerdo renueva el pavor! Pavor tan amargo, que dista poco de la muerte…”. Pero tampoco dudamos que un número importante de los que han fallecido allí han sido personas de bien que simplemente no tenían las condiciones físicas para llevar a cabo su soñada odisea, o que vivieron el infortunio de ser conducidos por algún bribón de siete suelas. Lo que se tiene que racionalizar es que el Darién es un paso peligroso; un tránsito aventurado en el que la vida se pone en juego.

A pesar de lo anterior, cubanos, haitianos y venezolanos están dispuestos a jugarse su salud y hasta la vida misma con tal de librarse de sus oprobiosos gobiernos. Para tristeza nuestra, el número de compatriotas con ánimo favorable para enfrentar en este momento la contingencia antes indicada es significativo. Informes de fuentes serias indican que, durante el primer semestre de este año, más de 28.000 venezolanos cruzaron la selva del Darién.

Así como lo estás leyendo, Diosdado, aunque eso no alarme en absoluto a tu jefe ni a ti. Por ahora, sólo queda resignarse, pero puedes estar seguro de que tarde o temprano el régimen del cual eres parte será aventado y otro llenará el vacío. Mientras tanto, no nos queda más alternativa que dejar constancia para las nuevas y futuras generaciones y el resto del mundo, de toda la perversidad que acumula tu revolución desquiciante.

Que no nos quepa ninguna duda, la revolución que hoy nos acogota es como el plástico que se lanza al mar: una acción destructora llevada a cabo por humanidades frustradas que han hecho del odio y el resentimiento vil moneda de pago.

@EddyReyesT

 


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